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Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: La misteriosa habitación número 3

por Manuel Vázquez.
7 de abril de 2012 - 00:00

La Clínica Modelo, el primer sanatorio privado que funcionó en la ciudad de Pilar, estaba ubicada a media cuadra de la plaza principal, sobre la calle Bolívar. Los médicos más conocidos y prestigiosos de la comunidad estaban relacionados con esa firma, en cuya sala de operaciones  actuaba un verdadero maestro del bisturí.

Al atardecer, tras terminar las intervenciones quirúrgicas e informar a los familiares respecto a la evolución de los pacientes, sólo se permitía en las escasas habitaciones la presencia de un acompañante por enfermo. Siendo tan pocos los internados, si no había urgencias, todo el edificio se sumergía en un profundo silencio.

Esa paz de veladores mortecinos y pasillos en penumbras era perturbada apenas por la radio a transistores de Esther, la sempiterna enfermera del turno noche quien, cómodamente instalada en la cocina, tejía bufandas y medias sin dejar de estar atenta al posible llamado de los pacientes. Estos, o sus acompañantes, requerían los servicios de Esther apretando el pulsador de los timbres instalados sobre la cabecera de cada cama. La chicharra sonaba en la cocina y marcaba sobre un tablero luminoso el número de la habitación desde la cual se había efectuado el llamado.

Por aquellos años, tras dos largas semanas de padecimiento a causa de una enfermedad terminal, había fallecido una anciana señora pilarense cuya fortuna era tan grande como su avaricia.  Por no gastar, y pese a tener una abultada cuenta bancaria y una lata repleta de billetes enterrada bajo la cama de su casa campesina, la mujer se negaba a que la internasen en un sanatorio privado. Sus hijos, aunque de buenas ganas la hubiesen llevado a un hospital público, no se animaron a desafiar las críticas de la sociedad pilarense; razón por la cual ingresaron a la enferma en la habitación número 3 de la Clínica Modelo.

Cuentan que la anciana, sintiéndose obligada a pagar por su internación, decidió hacer valer sus pesos pretendiendo que se la atendiese como en un hotel de cinco estrellas. A cada rato oprimía el pulsador llamando a enfermeras y mucamas para pedir té, agua, compotas, perfume, pañuelos y mil cosas más. Durante el día, sus familiares intentaban limitar sus demandas, pero cuando llegaba la noche y la dejaban sola, el timbre no dejaba de sonar taladrando los oídos de la pobre Esther que apenas le bastaba para atender a los otros enfermos y satisfacer los caprichos de la rica señora.

Una noche, un joven médico contratado en forma temporaria, cumplía con la recorrida nocturna antes de retirarse a su domicilio. La chacarera se puso entonces tan insistente que el exasperado facultativo murmuró: “¡Por qué no se morirá de una vez esta vieja cargosa!” 

-¡Doctor! ¡Esas cosas no se dicen ni en broma! –le recriminó Esther mientras llevaba su mano a la infinidad de medallas de santos que pendían de su cuello merced a una gruesa cadena de plata.

Como si desde arriba (o desde abajo) hubiesen oído al doctorcito, la anciana falleció durante la mañana siguiente, cuando ya la enfermera había terminado su jornada; pero esa noche, cuando ingresó a cumplir su turno y se enteró de la triste nueva, no dejó de experimentar cierta aprensión al recordar el deseo manifestado por el médico en su recorrida.

Pasó Esther por la habitación N° 3, abrió la puerta y comprobó que la cama ya estaba deshecha y con el colchón doblado sobre ella. Una suave brisa se filtraba por la ventana entreabierta. Apagó la luz y, dejando la puerta entornada,  marchó a cumplir sus tareas que, sin la molesta chacarera, serían mucho más descansadas.

Eran las diez de la noche. En la radio acababa de comenzar el programa de tangos que la enfermera escuchaba diariamente, cuando sonó el timbre requiriéndola. Resignada, dejó el tejido y, al mirar el tablero luminoso, quedó paralizada. El círculo de luz marcaba el número 3.

No puede ser, se dijo. Era imposible que alguien estuviese llamando desde la habitación vacía. Pero el timbre volvió a sonar.

Con verdadero temor, pese a no ser miedosa, la enfermera avanzó lentamente por el oscurecido pasillo hacia la habitación N°3. Desde la puerta entreabierta, a la blanquecina luz de luna que entraba por la ventana, comprobó que el cuarto seguía vació.

Confundida, regresó a su puesto en la cocina pensando que, tal vez, habría mirado mal el tablero; pero a los cinco minutos el timbre volvió a sonar. No hacía falta mirar el indicador. Ya sabía que el número 3 estaría encendido.

Esta vez, Esther tomó sus precauciones. Retiró de otra habitación un crucifijo y, poniéndolo delante como un escudo, avanzó nuevamente hacia el misterioso dormitorio. Mascullando oraciones, empujó la puerta con un pie y encendió las luces. No había persona alguna en el cuarto.

Volvía la asustada enfermera hacia la cocina cuando el timbre volvió a sonar. Voló entonces por el pasillo y, sin pensarlo dos veces, levantó el teléfono requiriendo la presencia del director del sanatorio.

-¿Pero qué te pasa, che? ¿Estuviste tomando?- preguntó el campechano médico que había llegado poniéndose el sobretodo sobre el pijama.

-¡No, doctor!- aseguró Esther y se lanzó a dar la misma explicación que acababa de darle por teléfono.

-Dejáte de jorobar, mujer. Vení. Vamos a la pieza 3 y te voy a demostrar que no hay ni espíritus ni fantasmas sueltos por ningún lado.

Con paso decidido, el médico, seguido por Esther, llegó hasta la habitación en cuestión y encendió las luces.

-¿Y? ¿Ves que no hay nada? Vamos, tranquilízate y prepárarme un café, ya que me hiciste levantar.

Más aliviada, Esther batía en una taza una mezcla de azúcar Nescafé y soda cuando el timbre sobresaltó a ambos. El círculo con el número 3 resaltaba en el tablero.

-¿Y? ¿Vio que no estoy loca, doctor?- musitó la enfermera empuñando el crucifijo que había dejado sobre la mesada de la cocina.

Con menos seguridad en la marcha, el médico volvió a la misteriosa habitación y nuevamente la encontró vacía.

Algunos memoriosos me han comentado que, al día siguiente, Esther reclamó la asistencia de un sacerdote quien, con sus ensalmos, espantó para siempre al molesto fantasma.

Otros me aseguraron que el director de la clínica, mucho más práctico, alejó al espíritu de la avara señora amenazándolo con facturar a sus hijos un día de internación cada vez que sonase el timbre llamando desde la habitación número 3. 

 

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