Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: La frustrada reina de la primavera

por Manuel Vázquez.
sábado, 28 de abril de 2012 · 00:00

En realidad, la costumbre no duró mucho y tal vez haya desaparecido por factores económicos, pero durante unos pocos años Pilar tuvo su desfile de carrozas el primer día de primavera.

Los clubes, los pocos colegios secundarios existentes y alguna que otra institución, montaban sobre un acoplado la florida escenografía surgida de la mente de un aficionado decorador y, al anochecer del 21 de septiembre, cuando ya todos había vuelto de los picnics, las carrozas salían a recorrer la calle Rivadavia, tiradas generalmente por un tractor que, para la ocasión, también se camuflaba bajo ramas verdes y flores de papel crepé.

Los vecinos de aquel Pilar tranquilo, cuyas únicas oportunidades de espectáculos masivos en las calles se limitaban al corso de carnaval y las procesiones del Corpus y de la Santa Patrona, se amontonaban en las veredas para ver pasar las carrozas que, a decir de varios testigos, eran bastante previsibles y pobretonas.

Como era de esperar, entre tanto clavel, rosa y gladiolo natural o artificial, iban saludando al público y arrojando flores las más bonitas niñas pilarenses enfundadas en sus vestidos recién estrenados y luciendo peinados de alto que las peluqueras de barrio confeccionaban “batiendo” el cabello y sosteniéndolo con litros de laca en “spray”.

Tras el desfile, las jóvenes beldades participaban del certamen en que un “jurado de notables” (el intendente, el director del semanario, el presidente del Consejo Escolar y, algunas veces, el párroco) consagraba a la Reina de la Primavera, sus princesas, miss elegancia y miss simpatía.

Guadalupe no era bonita, no era elegante y distaba mucho de ser simpática. Tal vez por carecer de este último atributo sus compañeros de curso no dudaron en hacerle una broma de pésimo gusto eligiéndola como Reina del colegio para participar en el esperado certamen.

Quienes idearon la chanza sólo esperaban que, al salir de la urna en que depositaron los votos, varios papelitos con el nombre de Guadalupe (el voto minoritario de los varones del curso), todos se riesen a carcajadas provocando el enojo de la antipática compañera; pero jamás imaginaron que las mujeres se plegarían a la broma sufragando también a favor de Guadalupe quien, de esa manera, ganó por unanimidad. Justo es decir que ella también se había votado porque, aunque parezca mentira, se consideraba hermosa.

Los directivos no podían dar crédito a la nota que les acercara el jefe de preceptores anunciando que Guadalupe N…; una de las chicas más feas y antipáticas del colegio, por elección de sus compañeros representaría a la institución en el desfile de primavera.

-¡Hay que impugnar la elección! – gemía una vicedirectora enjugándose las fáciles lágrimas. - ¡No podemos permitir que todo el pueblo se ría de la pobre Guadalupe cuando suba al escenario en la plaza!-

-Sí.- terciaba el director. – ¿Pero cómo hacemos? La chica está entusiasmadísima con participar del certamen. Y no sólo ella. La madre acaba de enviar una torta enorme como agradecimiento a los compañeros que la votaron, y pasó a decirme que ya le mandó a coser, con la señora de López, un vestido de fiesta para la ocasión.

Entretanto, Guadalupe se paseaba orgullosa por el patio del colegio llevando la cabeza erguida, como le había enseñado la profesora de gimnasia, para disimular el esbozo de joroba que ya asomaba en su espalda y que, entre tantos otros apodos, le había ganado el de Quasimodo.

Los alumnos culpables del mal momento fueron convocados a la dirección y, bajo amenaza de amonestaciones colectivas,  se los conminó para que comunicasen a Guadalupe que todo había sido una broma y se disculpasen con ella. Se negaron.

Una nota anónima dirigida a las autoridades de la escuela  afirmaba: “Guadalupe N… es una mala compañera, orgullosa y engreída, razón por la cual es justo que reciba las burlas y los silbidos en la plaza”.

El director quiso descubrir al autor de la misiva pero, como los habitantes de Fuenteovejuna, cuando los alumnos eran interrogados en forma individual, respondían que todo el curso la había escrito.

Se acercaba el 21 de septiembre y los directivos, como último recurso, rezaban para que una copiosa lluvia obligase a suspender el desfile y la posterior elección de la reina; pero eran mucho más numerosas las plegarias que elevaba la juventud de todo el distrito y del país entero implorando por un día tibio y soleado para que los picnics fuesen exitosos.

Enterada del asunto, una antigua y pragmática profesora, cuya principal característica, además de su poco agraciado rostro, era su falta e pelos en la lengua, solicitó permiso para entrevistarse con Guadalupe N… y lograr que “abdicase a la corona” del establecimiento.

Con mil recomendaciones de prudencia, el director autorizó la entrevista y, mientras la misma se desarrollaba en su despacho, se quedó tomando un té de tilo en el buffet.

Cuentan que la profesora, con tono inapelable, hizo sentar a Guadalupe ante el escritorio y colocó frente a ella un espejo. La orgullosa muchacha aprovechó para acomodarse un mechón de pelo que había escapado de su vincha y quitarse con disimulo el exceso de rubor en las mejillas ya que, por aquel entonces, no estaba permitido a las alumnas concurrir a clases con el más mínimo maquillaje. Mientras, la docente, con toda parsimonia y un trozo de algodón, eliminó de su propio rostro las capas de base que ocultaban las cicatrices del antiguo acné. Luego, quitándose los enormes anteojos, borró las cejas delineadas y el rímel que disimulaba la marcada diferencia de tamaño entre un ojo y el otro. Así, sin afeite alguno que atenuase su fealdad enfrentó a su alumna.

-Miráme bien- cuentan que le dijo – ¿Te parezco bonita?-

La pobre chica evaluaba el rostro irregular de su profesora pero no se atrevía a responder.

-¡Dale! Sin miedo. ¿Te parece que yo soy bonita?

-Nnn… no – alcanzó a decir Guadalupe.

-Bueno, ahora miráte en ese espejo, querida.- La alumna contempló su cara en el cristal como si fuese la primera vez que la veía. – Vos sos igual a mí, criatura. Dedicate a estudiar, apantallate los humos y dejá las coronitas y esas estupideces para otras.

Ese 21 de septiembre Guadalupe no saludó al público desde la carroza primaveral, pero a fin de año llevó con medido y justo orgullo la Bandera Nacional durante el acto de colación de grado.

 

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