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Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Vino y sandía

por Manuel Vázquez
31 de marzo de 2012 - 00:00

 

 

No hay pilarense que peine canas que no recuerde a Giuseppe recorriendo de arriba a abajo la Avenida Tomás Márquez, riendo a carcajadas, hablando a gritos en su jerga casi incomprensible o buscando refugio, aterrado, cuando algún idiota lo asustaba anunciándole la proximidad de una tormenta.

Aunque las causas se pierden en decenas de versiones, lo cierto es que el pobre le tenía terror a los truenos y temblaba como una hoja ante el resplandor de un relámpago. La mayoría asegura que el temor serval a las tormentas lo adquirió siendo muy chico, cuando un fuerte temporal voló el techo de chapas de su casa mientras él se refugiaba entre las faldas de su madre, pero, vaya a saber si ha sido así.

Una de las muchas anécdotas que lo tienen como protagonista es la que hoy reproduciré gracias a la memoria de don Pancho. Él me contó que, aquel verano, Giuseppe había cometido la terrible abominación consistente en comer sandía después de tomar vino.

La creencia popular afirmaba (y algunos aún hoy lo sostienen) que el vino convierte a la sandía en una especie de corcho imposible de digerir y que esto, atascado en el estómago o en los intestinos, puede llegar a causar la muerte.

El bueno de Giuseppe había pasado aquel mediodía por la casa de unos vecinos de Villa Buide. Desde la vereda podía verse que estaban preparando un asado en una parrilla abundantemente provista y, cosa nada extraña en aquellos años, al ver que el muchacho miraba los manjares desde el cerco, lo invitaron a almorzar. Aceptó el convite de buen grado y, con el mejor humor, se metió entre pecho y espalda, además de los chorizos y costillas, los dos jarros de aluminio desbordantes de hielo y vino Nino tinto que le ofrecieron.

Tras la abundante comida, agradeció y siguió rumbo a la casa de su hermano, donde vivía y donde lo esperaban con el almuerzo.

Para no desairar a su cuñada, el bonachón comió un platazo de tallarines caseros con su buena porción de carne estofada y, aunque ya no le cabía en el estómago ni una lenteja, no se resistió a la enorme tajada de sandía escarlata que le pusieron delante.

Una hora después, la casa se había silenciado en la habitual siesta veraniega, pero los gritos de Giuseppe despertaron al barrio entero. Corrieron todos en su auxilio y lo encontraron retorciéndose de dolor y apretándose el vientre con ambas manos.

Asustados, cargaron al muchacho en el coche de un vecino y partieron en busca de auxilio médico. Mientras lo hacían, el pobre explicó en su jerigonza que había tomado vino antes de comer la refrescante sandía.

La sabiduría popular parecía que acababa de dar una nueva prueba de su infalibilidad. Con temor, mientras el automóvil partía con el enfermo, una vieja señora del barrio sentenció: “El que mezcla sandía y vino, se muere”. Un silencio sepulcral se apoderó de los presentes y, más de uno, enjugó una lágrima porque era imposible no sentir afecto por Giuseppe.

En la guardia del hospital conocían de sobra al aullante enfermo. Varias veces, asustado por alguna tormenta repentina, se había refugiado en los consultorios y, como en todos lados, allí también le tenían simpatía. Por esa razón trataron de tranquilizarlo cuando, a los gritos, pedía por un médico.

-¿Qué te anda pasando, che?- le preguntó el doctor mientras lo auscultaba.

-¡Sandía y vino!- aullaba. -¡Me muero!-

-¡Pero qué te vas a morir! No seas tonto. Decime, qué más comiste, además de la sandía.

-¡Vino, doctor! ¡Me muero!

-Ya sé que tomaste vino, pero de comida te hablo. ¿Contáme qué comiste en toda la mañana?

-En casa, pan y leche… después, en Sportivo regalaron sangüiche y en Samatán también, sangüiche…de salame. comenzó a enumerar mientras el médico preparaba una jeringa. – Después, en la estación, regalaron masitas… Lincoln.

-¿Todo eso te comiste?

-Antes del mediodía. Después comí chorizo, pan, chinchulín, morcilla… costillitas, vacío… ¡No quiero inyección doctor!

-Vamos, no tengas miedo que va a ser como un mosquito. ¡Qué más comiste?

-Ensalada con papa y huevo.

-Aflojá la nalga, vamos. ¿Así que todo eso almorzaste en tu casa?- preguntó el doctor mientras pasaba un algodón con alcohol sobre el glúteo.

-En casa, no. Comí en lo del colorado. En casa comí fideos. ¡Ricos! Amasó mi cuñada. ¡Ay, doctor! ¡Duele!

-¿Encima del asado te mandaste un plato de fideos?

-No… Dos y estofado. Si no como mi hermano se enoja.

La carcajada del médico se escuchó desde la sala de espera en que aguardaban los familiares de Giusseppe.

-¿Y, doctor? ¿Ya está mejor?

-Va a estar mejor, pero van a tener que ponerlo a dieta por unos días.

-¿Fue la mezcla de sandía y vino, no?

El médico, poniendo la mano paternalmente sobre el hombro del indigestado paciente, explicó – No, amigo… La sandía fue sólo la frutilla del postre.

Entonces, Giusseppe, terminando de acomodarse la ropa, miró a todos y expresó con toda dignidad: “No, el doctor miente. Yo no comí frutillas. Pero si hay, como.” 

 

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