Opinión: Dictadura y prensa cómplice
a.lafourcade@pilaradiario.com
“Mesurado, educado pero sin remilgos, no utiliza ni la grita ni el desdén para dirigirse a sus subordinados, sea cual fuera su grado militar. Es siempre igual: serio, preciso, pulcro, ordenado, correcto, estudioso, respetuoso y firme. El ‘cadete’ perfecto”, expresaba Bernardo Neustadt en la revista Extra, en enero de 1978. El destinatario de la catarata de adjetivos calificativos no era otro que Jorge Rafael Videla.
Se cumple un nuevo aniversario del último golpe militar ocurrido en el país, y una vez más es necesario revisar lo acontecido para jamás olvidar. Sin embargo, entre los múltiples enfoques se encuentra uno del que aún hoy se habla: el de la labor de la prensa antes, durante y después de ese período trágico para el país.
Aquí hay que hacer una justa división: los que temieron y los que colaboraron. El miedo es humano y legítimo. Nadie puede afirmar que seguiría ejerciendo su profesión bajo amenaza de muerte. Eso está reservado para los valientes de verdad, que son muy pocos. Pero, claro está, los textos de la época permiten identificar al grupo de periodistas que directamente funcionó como vocero del Proceso, exaltando sus “virtudes”.
“Cuando se habla del nuevo Presidente se habla de un moralista, de un hombre de otro tiempo (...) de una corrección personal, de una honestidad y de una pureza llevadas al límite del renunciamiento”, comentaba Alfredo Serra en la revista Gente, convertida por esos años en un efectivo órgano de propaganda.
En esa misma publicación, ya con Roberto Viola en el poder, Reneé Sallas despedía al dictador saliente con una frase cargada de nostalgia: “Me gustó Ud., Videla. Me gustó como persona, quiero decir, me gustó como compatriota”.
En 1978, la revista La Semana negaba con énfasis la existencia de campos de detención clandestinos: “(...) Y, por favor, no nos vengan a hablar de campos de concentración, de matanzas clandestinas o de terror nocturno. Todavía nos damos el gusto de salir de noche y volver a casa a la madrugada.” (‘Carta abierta a un periodista europeo’, mayo de 1978).
No obstante, en enero de 1979 su director, Jorge Fontevecchia, fue secuestrado por una semana en el campo de concentración clandestino El Olimpo, luego de que la revista publicara en un mismo número reportajes a tres artistas prohibidos: Mercedes Sosa, Leonardo Favio y Víctor Heredia.
Los mensajes a los jóvenes tampoco escaseaban: “Los profesores no están atemorizados ni perseguidos. Los alumnos saben que estudiar sin hacer política ya no es un ‘pecado’. Hay garantías para los que enseñan y para los que aprenden. Y todos muestran la cara. Sin miedo, sin vergüenza. Como fue y como debió haber sido siempre”, celebraba Gente en su nota “La facultad hoy”, de mayo de 1976, con el golpe aún fresco.
Sin dudas, a más de tres décadas del golpe de Estado aún se espera una autocrítica, un pedido de perdón a la sociedad, por parte de directores, editores y periodistas que funcionaron como cómplices de la dictadura.
Sin embargo, hubo afortunadamente excepciones, gente que no claudicó en su tarea por combatir al poder desde una máquina de escribir. Algunos lo pagaron con sus vidas, como Rodolfo Walsh y Haroldo Conti; otros lucharon y lograron atravesar la oscuridad, como Andrés Cascioli y su staff en la revista Humor, o el periódico The Buenos Aires Herald, medios siempre críticos a la dictadura, entre tantos otros destacables por su valentía. A ellos les corresponde un homenaje y la obligación de quienes ejercemos el periodismo de tomar su ejemplo.
Al resto, le queda la memoria popular –a veces aletargada, por eso es bueno sacudirla de vez en cuando- y el retumbar de su propia conciencia.
*Autor de “Los irresponsables. La revista Humor como medio opositor a la dictadura”.