Mitos y leyendas de Pilar: El loro peronista
Tras la autodenominada “Revolución Libertadora”, que muchos rebautizaron luego como “Revolución Fusiladora”, se prohibió hacer cualquier mención al presidente depuesto, Juan Domingo Perón, a su ya fallecida esposa, María Eva Duarte, o a cualquier funcionario que hubiese actuado durante ese período gubernamental.
Los medios de difusión, que muchas veces y mayoritariamente batallan para que la tortilla se cocine de un solo lado y tratan de impedir “que se vuelva”, se referían al ex presidente llamándolo “el tirano prófugo”, “el ex dictador” y cosas por el estilo.
El gobierno de facto también había prohibido nombrar al Justicialismo o al Peronismo, haciendo retirar y destruir su iconografía de los lugares públicos; aunque en el interior de los roperos y en los cajones de las cómodas populares se atesoraron en secreto y durante años los venerados retratos de Evita.
La difusión o simple entonación de la marcha “Los muchachos peronistas”, sobre cuyos verdaderos autores (letra y música) aún existen dudas, también había sido prohibida. Más de un simple obrero que, concentrado en su labor, tarareó distraído la pegadiza melodía, debió pasar flor de disgusto al ser denunciado por capataces o encargados cegados por un feroz antiperonismo. Por prudencia, grandes y chicos debieron aprender a acallar sus inclinaciones políticas, o simplemente musicales, eliminando del repertorio cantado, tarareado o silbado la marchita inmortalizada en el disco por Hugo del Carril.
Pero la prudencia es propia de los seres humanos. Los animales domésticos no se acostumbran a ocultar de un día para otro lo que lograron aprender a fuerza de premios y caricias. Tal es así que, una conocida familia pilarense, poseía un gran loro quien, a la sombra de un sauce y asomándose sobre el tapial que daba a un terreno baldío en lo que hoy es pleno centro de Pilar, lanzaba al aire, y bien entonadas, las archiconocidas estrofas de la marcha prohibida.
No era está la única habilidad de emplumado parlanchín. También sabía llamar por su nombre a algunos vecinos, sabía chistar a las bellas señoritas que pasaban por la vereda e incluso había aprendido a dar voces de alarma gritando “¡Fuego, fuego!” o “¡Socorro, policía! ¡Ladrones!”
Los dueños del loro, encariñados con él, no deseaban deshacerse del animal, pero tampoco buscaban verse envueltos en problemas a causa de la marcha que el bicho cantaba cada vez que se le daba su real y avícola voluntad.
Fue inútil intentar disuadirlo poniéndolo en penitencia encerrado en un galpón a oscuras, o amarrándole el pico con una bandita elástica. Ni bien el loro se sentía en libertad, inflaba sus pulmones y, para desesperación de sus dueños, lanzaba el combativo estribillo: “Perón, Perón, que grande sos. Mi general, cuanto valés…”
Cuentan que en varias oportunidades, algunos guardianes del orden se acercaron a solicitar amablemente a la familia que hiciese callar al loro; y digo amablemente porque, en aquel Pilar en que todos se conocían y se daban los buenos días, la sangre no llegaba al río por cuestiones partidarias. Pero todo era imposible. El plumífero seguía demostrando a los cuatro vientos su adhesión incondicional al General refugiado en el extranjero.
Una noche, un grupo de jóvenes pseudo-intelectuales, identificados con el accionar del gobierno militar, juzgó oportuno que en el distrito se cumpliesen a rajatabla las disposiciones de él emanadas y, en su fanatismo, resolvió que ni ser humano, ni bestia alguna se atreviese a desoírlas.
Siendo así, tras planearlo cuidadosamente y amparados en la poca y mala iluminación callejera, los “libertadores” se llegaron hasta el terreno baldío vecino a la casa del rebelde loro dispuestos a secuestrarlo.
El emplumado dormía sobre su aro pendiente en la copa del sauce. Un ruido lo despertó y vio, espantado, que un encapuchado intentaba llegar hacia él trepando por las ramas, mientras sus compañeros lo alentaban parados sobre la alta tapia que separaba el baldío del patio de la casa.
Tal vez conociendo instintivamente los nefastos objetivos de los atacantes, el loro comenzó a efectuar una de las últimas habilidades aprendidas, que consistía en imitar una voz ronca y profunda gritando. “¡Socorro, policía!”.
Se asustaron los valientes “revolucionarios” y se dieron a la fuga antes de que se levantasen los dueños de casa o llegase la policía, pero uno de ellos, el que trepaba por las ramas, perdió pie y se precipitó a tierra en pleno gallinero enemigo fracturándose una pierna en varias partes.
Cuentan que sus compañeros, a pesar de haberse conjurado para entregar juntos la vida si fuese necesario, huyeron con el rabo entre las piernas haciendo caso omiso del herido, a quien allí, entre gallinas y pollos, encontró el dueño de casa cuando salió, escopeta en mano, a cuidar su propiedad.
Dicen también que, además del dolor de sus fracturas, el secuestrador frustrado debió sufrir la humillación de ser socorrido por el dueño del loro quien, tras reconocerlo, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta su casa entregándolo en manos de sus asombrados padres.
Por su parte, el emplumado, hasta el fin de sus días, siguió cantando la popular marcha sin que nadie volviese a molestarlo.