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Tribuna del lector: Marita Verón

por Luis Guzmán Domínguez*

19 de febrero de 2012 - 00:00


Un nombre que no podés olvidar, un nombre por sobre muchos nombres, un nombre que designa un destino. El juicio que se lleva a cabo en Tucumán por la desaparición de Marita Verón desnuda lo peor de las sociedades feudales, de sus aparatos y de su sistema de complicidades. La madre, Susana Trimarco, una de esas mujeres que de vez en cuando en la Argentina encabeza la epopeya de “Sol de noche”, denuncia, busca, insiste, apuesta y no se queda callada.

Ella es una insolente que aprendió del dolor, aprendió a desconfiar de las mafias sentadas en órganos de gobierno y abrió la caja de Pandora de la corrupción que sostiene uno de los peores crímenes que acecha la existencia nacional.

De fe inquebrantable, sencilla y audaz, con firmeza de carácter, luchadora, valiente, profética. “Esa mujer” nos muestra las deudas sociales gigantescas que existen ante los derechos de menores y mujeres, empujadas a la trata, en condiciones de esclavitud insoportables y viajando como por un embudo hacia la “nada” o hacia la muerte.

Desenmascara grandes negocios donde se anotan dirigentes de clubes, policías, señores de la sociedad, políticos, jueces, una telaraña imposible de entender sino  desde el “vicio” del poder y su lógica de abuso interminable. La hija de Marita de 13 años lidera otra batalla crucial, hacer escuchar la voz de las víctimas y de aquellos más desheredados, la voz de los vencidos; esta otra Quijote pelea por hacerse sentir entre los insensibles, entre los soldados de la ley que prescriben que un niño no tiene derecho a querellar.

“No tiene derecho a hacerlo” gritoneó un cruzado cuando legítimamente la nena se dispuso a reclamar al sistema la verdad de la desaparición de la madre.

“Hemos pasado todos los infiernos, pero no tengo ni tenemos miedo” respondió ella con una sensatez que pocos adultos tienen.

El sistema judicial merece un capítulo aparte. Es realmente impresionante cómo queda atrapado en la lógica de los feudos y de las mafias. Cómo da el puntapié, por silencio o complicidad, a que haya una gran “zona liberada” donde algunos delitos se vean como propios de los miserables, por lo tanto, pontifica, no hay que hacer tanto barullo por estas nimiedades.

Estos funcionarios que dejaron sus principios en la puerta de la facultad de derecho se transforman en una maquinaria más de la impunidad.

Si querés darte cuenta, pasate un día, un par de horas nomás, por la fiscalía de Pilar, observá cómo se trata a los pobres, escuchá lo que les dicen, prestá atención a las palabras inentendibles y las actitudes soberbias, escuchá el “vuelva el próximo mes”, total a algunas personas se les puede decir cualquier cosa porque no tienen una vida.

“El poder no es, se ejerce” nos enseñó el genial Foucault, y al ejercerlo evidentemente nos muestra las sombras de una sociedad perversa.

No se entendería la trata de personas si la sociedad no sólo no le aportara los clientes sino también tuviera sistemas listos para defender la Vida por encima de todo. Ahí está tu trabajo, ahí está nuestro lugar.

 

* Cura, médico, ex titular de la Casa de Derechos Humanos de Pilar.

 

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