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Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: El viejo cementerio

por Manuel Vázquez
10 de noviembre de 2012 - 00:00

Esos son huesos de pollo- dijo el cura despectivamente,  señalando con la punta del índice las pequeñas piezas que el arqueólogo le mostraba dentro de una pequeña de caja de acrílico.

-No, padre. Son restos humanos. Posiblemente son falanges que corresponden a los dedos de una mano. Los acabo de desenterrar.

- Mira, yo sé bien lo que es una falange, las de los dedos y la que hemos soportado en España; por eso te puedo asegurar que esos huesos no lo son. Esos son de pollo o de cualquier otro bicho, pero no son humanos.

El arqueólogo, tapando la caja, volvió a insistir. – Son viejísimos restos de una persona, padre. Los saqué de allí mismo – dijo señalando el hoyo prolijo, cavado en una de las cuadrículas en que había dividido el terreno detrás del ábside del templo de Pilar.

-¿Pero tú eres tonto o crees que el tonto soy yo? Has hecho un pozo de cuarenta centímetros de profundidad, cincuenta cuando mucho, y me dices que allí encontraste parte de un esqueleto. Pongamos que sea cierto que aquí estuvo en un tiempo el cementerio del pueblo, ¿crees posible que hayan sepultado a sus muertos a menos de medio metro de la superficie? ¡No seas bobo, hombre! Además, donde estuviste escarbando hubo un garaje y tenía un contrapiso como de veinte centímetros. Ten la seguridad de que, si hubiese habido restos, ya los hubieran descubierto los albañiles hace años.- Y el cura terminó la discusión ordenándole al arqueólogo que cerrase el hoyo para evitar que los niños que concurrían a la catequesis pudiesen caer en él.

Desde hacía décadas, muchos pilarenses afirmaban que el primer cementerio del pueblo estuvo ubicado detrás de la iglesia, e incluso que ocupó toda la manzana. Esto dio origen a decenas de historias según las cuales antiguos vecinos, abriendo las zanjas para los cimientos de sus casas, se toparon con huesos humanos. También narran que, al hacerse las excavaciones para instalar los caños de las cloacas, los obreros encontraron y se adueñaron furtivamente de anillos y pulseras de oro que rodeaban cuellos y manos de esqueletos  apenas conservados. Tampoco falta quien jure haber descubierto los herrajes de los viejísimos ataúdes; pero lo cierto es que nada de todo esto pudo probarse jamás.

Tal vez por eso, cuando el arqueólogo se presentó ante el párroco solicitando permiso para iniciar su investigación, el cura accedió de buen grado y con la sola intención de “desmentir esas historias fantásticas”.

Sin embargo cuando, cumpliendo la orden inapelable, el estudioso había cegado el pozo y el sacerdote había hecho  desaparecer los supuestos huesos de pollo, uno de los vecinos del templo, que había seguido con singular interés el avance de la excavación, citó al arqueólogo en el galpón de su casa y, abriendo una gran bolsa de lona escondida entre las vigas del techo,  expuso ante sus ojos varios huesos grandes y totalmente limpios.

-Son fémures, tibias, costillas, sacros, cráneos… No hace falta analizarlos para darse cuenta de que son humanos. ¿Y usted dice que los encontraron al cavar los pozos para las cloacas?- preguntó el científico.

-Sí. Los cavadores se llevaron las piezas de bronces y algunas alhajas, es cierto, pero me dejaron las osamentas. Todas las que encontraron. Yo estaba un poco a cargo de vigilarlos, así que le aseguro que no se llevaron ningún hueso. – explicó mientras permitía que el arqueólogo los estudiase minuciosamente con una lupa. – Lo hice porque mi familia vive en Pilar desde antes de 1830, así que algunos de esos restos deben pertenecer a mis tatarabuelas o a mis bisabuelas, porque yo los hice ver hace tiempo sin decir de dónde provenían y me aseguraron que son todos huesos de mujeres.

Recién entonces el arqueólogo reparó en el tamaño de las piezas. En efecto, eran más pequeños que los de un hombre adulto.

-¿Y estaban todos enterrados en el mismo lugar?

-Sí. A lo largo de las zanjas que hicieron en las veredas de la calle Rivadavia. Lo raro es que después, cuando zanjearon para entrar las cloacas, no apareció nada en los terrenos. Yo supongo que allí ya habrían cavado antes, cuando edificaron.

El vecino manifestó su intención de sepultar secretamente los huesos en el cementerio nuevo, para lo cual ya contaba con la ayuda de un vigilador.  El profesional logró sin embargo que le permitiese llevarse una sola pieza, un fémur.

A partir de ese único hueso pudo confirmar que, efectivamente, los esqueletos llevaban enterrados casi dos siglos y que, al menos el fémur analizado, correspondía al cuerpo de una mujer.

Seguramente alguien logrará descubrir que no había restos de hombres. El arqueólogo consideró que la disposición de los enterramientos, aparentemente fuera de los límites del camposanto, podría deberse a que las fallecidas habrían sido suicidas o no cristianas, hecho que impedía “sepultarlas en tierra sagrada” según  las disposiciones de la época.

Un documento no oficial que se conserva en el Museo de Luján, fechado a fines del siglo XVIII, habla de mujeres ajusticiadas por el Santo Oficio acusadas de brujería. Eso  podría ser también una causa para sepultarlas fuera de los límites del camposanto, pero no coincidiría la fecha de los decesos, aunque tal vez esto sea motivo para otra investigación.

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