Mitos y leyendas: Amparo, la degollada
A mediados de la década de 1940, una tragedia sacudió a la Fábrica de Materiales Pirotécnicos que el ejército tenía en Pilar.
Como parte de un ejercicio de instrucción se había doblado la guardia en todo el perímetro del cuartel y por esa razón los conscriptos Pedro Giménez y Benjamín Antúnez fueron destinados a custodiar juntos uno de los depósitos de explosivos que, rodeado por altos terraplenes, estaba ubicado en los fondos del terreno.
Pedro era un despreocupado “nene de mamá” cuya familia vivía en General Rodríguez. Por una especial recomendación, fue destinado al cuartel de Pilar, donde – tras el período de instrucción- sólo pernoctaba los días en que estaba de guardia. Benjamín había trabajado toda su vida como boyero en un campo cercano. Era analfabeto y su abuelo, con quien vivía desde la muerte de sus padres en un incendio, lo había iniciado en el arte de dar vuelta la pisada de los animales para curarles las gusaneras, desempastarlos clavándoles un largo cuchillo en el abdomen, curar el mal de ojo, el empacho, la culebrilla y la insolación con antiguos ensalmos.
Durante la cena, consistente en un espeso locro casi frío, el muchacho campesino narró la historia de Amparo, la mujer cuyo marido había degollado hacía muchos años al descubrir que le era infiel, escondiendo posteriormente el cuerpo en un palomar cercano a la Fábrica Militar. Según Benjamín había escuchado de su abuelo, el fantasma de la infeliz habitaba aún en el palomar cilíndrico y se aparecía de vez en vez por las inmediaciones del cuartel, suplicando oraciones para lavar su culpa y ascender al Paraíso.
Pedro Giménez, que jamás había oído historias de fantasmas y aparecidos, quedó impresionado por el relato.
En medio de la noche, ambos muchachos fueron conducidos a sus puestos. Corría el mes de agosto y el frío era insoportable. Intentando lograr un poco de calor, decidieron caminar en torno al polvorín pisando fuerte contra el piso de tierra helada. Marchaba uno en sentido contrario al otro y cada vez que se cruzaban se gastaban una broma o hacían un comentario.
El paisanito Benjamín tenía espíritu burlón y, al ver la intranquilidad que despertó en su camarada la historia de Amparo, la degollada; pretendió divertirse asustándolo.
Durante una de las vueltas en torno al polvorín, se calzó el oscuro poncho del uniforme y, quitándose el casco, cubrió su cabeza y rostro con un pañuelo blanco, enroscándose al cuello la gruesa cinta roja en la que siempre llevaba el escapulario de Ceferino Namuncurá. Así ataviado se apareció de golpe, en la negrura de la noche sin luna, ante el pobre Pedro Giménez que venía con paso cansino circunvalando el terraplén.
El muchacho se paralizó negándose a creer que era real la imagen terrorífica que avanzaba hacia él emitiendo un lúgubre lamento; pero cuando la aparición comenzó a tenderle sus brazos aparentemente informes, Pedro, obedeciendo a la inmediatez del instinto de conservación, accionó el mecanismo de la carabina Mauser y disparó certeramente sobre la figura fantasmal sin que el terror le permitiese escuchar los gritos con que Benjamín, previendo en el último instante lo que iba a suceder, se daba a conocer inútilmente.
Cuando la patrulla despachada desde el puesto central para averiguar la causa del disparo llegó hasta el polvorín, encontró a Pedro retorciéndose enloquecido por el terror sobre el pasto escarchado. A pocos metros yacía sin vida Benjamín Antúnez, cuyos ojos desmesuradamente abiertos una vez que había logrado arrancarse el pañuelo que le ocultaba el rostro, revelaban el pavor que había experimentado ante el inminente disparo de la carabina.
Cuentan los vecinos que desde aquel día las figuras de Amparo y Benjamín vagan por el campo, tomados de la mano, en las noches sin luna.