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Mitos y leyendas: La fiesta inolvidable

por Manuel Vázquez
6 de agosto de 2011 - 00:00

 

“Yo te lo puedo contar porque, por suerte, ya me animé a blanquear que soy gay, pero no te voy a decir los nombres de los otros que también estuvieron en la joda famosa porque, como te imaginás, algunos tienen mujer, hijos y hasta nietos. Hay otros que son simples viejos chotos, pero no vale la pena quemarlos a estas alturas, pobres”, me dijo Alberto mientras tomábamos un café en la Bom que Bom y yo dejaba correr la cinta del grabador.

“Lo que no me acuerdo es de quién fue la idea de hacer la fiesta, pero enseguida se prendieron unos cuantos. Algunos ya nos conocíamos porque íbamos habitualmente a los boliches gays de Buenos Aires, o porque nos habíamos encontrado en jodas que se organizaban en casaquintas alquiladas para eso. También había otros, más que nada los que estaban casados, que llevaban una segunda vida muy en secreto. Se conseguían algún noviecito y de vez en cuando se hacían alguna escapada para verlo. Tenés que tener en cuenta que, por aquellos años, muchos trabajábamos en la Capital y, los que tenían comercios, viajaban por lo menos una vez por semana para ver proveedores, así que les era bastante fácil rajarse.

Al dueño de la quinta donde decidimos hacer la fiesta no le gustó mucho la idea, al principio. Imaginate vos que, por más que todo Pilar sospechaba que él pateaba para el otro lado, nunca se había confirmado el asunto; así que el tipo prefería mantener las apariencias y la jugaba de  hombre muy educado y fino.

Al final, J… lo convenció cuando le dijo que se podía cobrar una buena entrada y que con eso le pagaríamos el alquiler de la quinta; porque, te digo, aunque está podrido en guita, ve un mango y se tira de cabeza para manotearlo.

A mí me llamaron para participar en la organización. Me acuerdo que consultamos a un tal Bachemberg o algo así, un alemán que organizaba reuniones gays en un caserón de Villa Ballester. Él nos aconsejó que, por ser la primera vez en Pilar, el que quería podría asistir con antifaz o disfraz completo y que hiciésemos la fiesta en diciembre porque, con la excusa de las reuniones y cenas que se organizan en las oficinas y lugares de laburo para despedir el año, les iba a ser más fácil rajarse a los que estaban casados.

Los primeros invitados empezaron a llegar a eso de las ocho, cuando todavía no había anochecido, y se reunían en grupos cerca de la pileta que estaba toda iluminada.

Uno que es decorador había creado un ambiente fabuloso con velas y jarrones enormes con esos penachos que parecen de plumas blancas y unas esculturas que nos habían prestado. También habíamos instalado una barra con dos barmans fisicoculturistas que atendían en slip.

Para la música habíamos contratado un DJ que estaba de última moda y le preparaba toda la musicalización al boliche Regine.

Te digo que, dejando de lado que casi todos éramos gays o la mirábamos con cariño, nunca se había hecho en Pilar  una reunión tan bacana como esa. Recién muchos años después, cuando las chicas de Estilo Pilar empezaron a hacer sus inauguraciones, se vieron fiestas tan glamorosas por estos lados.

Pero bueno, esta joda se hizo famosa porque, a eso de las doce y media o una, cuando ya los tragos les habían sacado la loca de adentro a más de uno y algunos se habían metido a la pileta en traje de Adán (¿o de Eva?), cayó la cana y cercó toda la quinta.

Te juro que al principio nos pegamos un julepe bárbaro, porque llegaron con perros que, de sólo verlos, te hacen c… de miedo. Los canas tiraban todo al carajo mientras revisaban entre los sillones, en las macetas, por todos lados.

El tema fue que, para conseguir que viniese la policía, una h. de p. que estaba casada con uno de los invitados y se había enterado por casualidad de las correrías del marido, hizo la denuncia de que se iba a armar una joda y que iba a correr droga a lo loco. Por eso nos cayeron encima los de narcóticos. Por suerte no encontraron nada. Te juro que si alguien había traído alguna falopa, se la debe haber comido, porque por más que los perros te metían el hocico hasta donde no te pega el sol, no encontraron ni un gramo de nada en absoluto.

Después la gente inventó que la cana nos había llevado a todos detenidos y no sé cuántas cosas, pero la posta es que, como no había falopa, pidieron disculpas y se fueron sin llevarse a nadie; pero la fiesta ya se había arruinado.

La mayoría se fue despidiendo y al final quedamos unos siete u ocho para terminar todo el champagne y amanecer en curda al borde de la pileta.

El dueño de la quinta, que no estaba tan en curda como nosotros, nos hizo pasar a dormir la mona en las habitaciones antes que llegasen los empleados y nos encontrasen así.”

Después de asegurarme que la mayoría de las cosas que se cuentan sobre aquella famosa fiesta son mentiras, y de darme el nombre de algunos de los asistentes bajo promesa de no revelarlos en mi relato; me despedí de Alberto y volví a casa para transcribir esta historia que había escuchado muchas veces, pero nunca por boca de uno de sus protagonistas.

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