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Mitos y leyendas: La marca de Juan Moreira

por Manuel Vázquez
4 de junio de 2011 - 00:00

 

 En el patio del edificio que los vecinos llamamos pomposamente Palacio Municipal, aún se encuentran, aunque bastante transformados, los antiguos calabozos de la alcaldía de Pilar. No sabemos por qué afortunado motivo, la antigua edificación cuadrangular que contuvo las dos celdas se salvó de la piqueta que ha echado al piso muchos edificios que constituyeron el patrimonio histórico o arquitectónico de Pilar (aunque algunos sostengan que esas construcciones carecían de valor estético).

Hacia fines del siglo XIX, esos calabozos se utilizaban con bastante asiduidad y hasta se llegaron a aplicar allí tormentos tales como el cepo y los azotes.

La tradición señala que el gaucho Juan Moreira, perseguido por un sistema judicial perverso, permaneció una noche encerrado en uno de esos calabozos mientras la partida que lo conducía hacia Buenos Aires montaba guardia en torno al edificio para evitar que sus amigos intentasen liberarlo.

Esta versión asegura que Moreira pasó por el pago de Pilar cumpliendo un encargo hecho por Adolfo Alsina, a quien servía como guardaespaldas. Una vez en el pueblo y de incógnito, conoció a la viuda Erlinda Quiñones, hermosa y brava mujer que atendía la cocina en una pulpería sobre el Camino Real, muy cerca al actual emplazamiento del cementerio municipal.

Aunque estaba bien y felizmente casado con Vicenta – involuntaria causa inicial de sus males- hacía meses que el gaucho, convertido en delincuente por obra y gracia de la autoridad, se veía imposibilitado de llegar hasta su nido para no caer en las garras de quienes lo perseguían. Esta larga soledad lo empujó a los brazos de Erlinda, cuyos bastiones de luto cedieron ante la labia y buena prestancia del fugitivo.

Tres o cuatro días de fogosa pasión vivió la pareja a campo raso, ya que Moreira, por temor a ser capturado, jamás dormía bajo techo y sólo se entregaba a los arrobamientos del amor cuando sabía que su perro Cacique montaba guardia. Después, se despidieron a sabiendas de que tal vez nunca volverían a cruzarse.

Un año después, todo el pueblo salió a ver cómo la partida traía a un Juan Moreira convertido en un Ecce Homo, atado por las muñecas y obligado a caminar a los tropezones detrás del caballo de un sargento de la policía. Erlinda también estaba allí y, a pesar de la sangre seca y la tierra que le cubrían el rostro, lo reconoció y sus miradas se cruzaron un instante.

Esa noche, embozada en su negro mantón, la viuda llegó con una canasta hasta la alcaldía, en cuyos calabozos habían encerrado a Moreira, ofreciendo, de parte de la población, comida y vino a “los valientes que habían sabido capturar a tan peligroso delincuente.”

Famélicos, los agentes se lanzaron sobre las vituallas y hasta permitieron a Erlinda que se acercase al ventanuco que se abría en la puerta de la celda y le alcanzase un poco de pan y un jarro de agua al reo.

Rápida para robar a los parroquianos con la balanza, cuando les pesaba yerba, harina o porotos en la pulpería; a la viuda no le fue difícil pasarle furtivamente a Moreira la pistola y el cuchillo que llevaba ocultos bajo sus faldas. No se hablaron, pero el gaucho rozó sus dedos en señal de agradecimiento justo cuando uno de los agentes le gritaba que era “demasiado buena para alimentar a semejante alimaña”.

A la mañana siguiente, ensillados ya los caballos, el sargento en persona abrió el calabozo para sacar al prisionero. Nunca imaginó que iba a recibir una feroz cuchillada en el vientre, como tampoco pudo presagiar, el agente que tenía por las riendas el alazán del suboficial agonizante, que una tromba humana iba a surgir de la prisión abriendo fuego y montando con un salto la cabalgadura en que se alejó a todo galope por la pampa desierta.

Cuentan que los tres agentes que quedaron vivos, sospechando la intervención de Erlinda en la fuga del preso, fueron a buscarla a la pulpería, pero que el patrón, un vasco enorme y mal llevado, no permitió que se le acercasen. Dicen que él mismo les propuso la versión que debían contar a sus superiores para no salir mal parados en ese trance y que, desde entonces, la historia registra que Juan Moreira fue liberado en la alcaldía de Pilar por un numeroso grupo de forajidos, cuyo número no bajaba de veinte, que atacó a la partida policial dando muerte a un agente y al sargento que estaba a cargo de la misma.

Si alguno quiere llegarse hasta los viejos calabozos, hoy transformados en oficinas, podrá comprobar que en las paredes de uno de ellos aún se mantienen la iniciales JM que Juan Moreira grabó esa noche con la punta del facón que le había alcanzado Erlinda.

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