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Mitos y leyendas: Los marqueses de Pilar

por Manuel Vázquez
25 de junio de 2011 - 00:00

 

 

Ella se llamaba María Inés Fernández y Anchorena, aunque los niños del barrio la conocían por doña Inesita y así la llamaban cuando se presentaban ante el portón de la quinta a pedir que les regalase frutas, a sabiendas de que con los duraznos y las ciruelas iría también una barra de chocolate o un paquete con caramelos.

Él se llamaba don Isidro Pedro de Lara y ostentaba el título de marqués de Ronda, pero los niños del barrio lo llamaban “el viejo” y nunca se hubiesen atrevido a pedirle un higo.

Gorda, morocha y bonachona ella; delgado, de tez muy blanca y carácter áspero él; ambos llevaban una vida casi de reclusión en su propiedad de Del Viso. Allí habían llegado siendo muy jóvenes y allí habían envejecido sin hijos, ni visitas, ni grandes salidas.

La casa era de una sencillez exquisita, pero sus habitaciones atesoraban varias obras de arte que desde hacía añares habían pertenecido a la familia del marqués y que, cuando decidió establecerse en nuestro país, había hecho traer desde España. Inés, según cuentan, no llevó a su nueva casa ni una toalla que hubiese pertenecido al afrancesado palacio que los Fernández Anchorena tenían en la ciudad de Buenos Aires.

Cuentan que cuando el marqués, entonces joven, presentó su tarjeta de visita en el portal de la acaudalada familia criolla, las puertas se le abrieron de par en par. No era para menos. Los Anchorena tenían estancias, casas, edificios enteros de departamentos, grandes fortunas en la banca y sus mujeres lucían las joyas más caras que podían adquirirse; pero carecían de sangre azul. Los antepasados de la familia habían llegado a las pampas como comerciantes repletos de ambición y faltos de límites éticos para satisfacerla. Con estas condiciones, pronto hicieron dinero y con él, como tantas otras progenies de similar origen, intentaron fabricar una aristocracia en un país sin aristócratas. Consiguieron elevarse sobre el resto de sus coterráneos, pero ansiaban el título de hidalguía obtenido en pasadas generaciones; muy distinto al que ellos podían comprar en Europa a nobles en banca rota o al título pontificio, que otorgaban cardenales codiciosos a cambio de asombrosas donaciones a la iglesia.

Que un noble auténtico llegase a pedir la mano de Inesita era un motivo de orgullo para los Anchorena, y así lo demostraron. El  apuesto marqués de Ronda fue homenajeado y agasajado como la familia creyó conveniente. Se lo paseó por las estancias heredadas desde la época de la colonia, se lo llevó a fiestas, se lo convidó al palco del Colón y los hombres lo invitaron al Jockey Club y a la Sociedad Rural, presentándolo a la flor y nata de la oligarquía ganadera.

Al fin, una noche de diciembre, pocos días antes de Navidad, se oficializó el compromiso durante una recepción digna de Versalles, como la calificó el cronista social del diario de los Mitre.

Pero Inesita no se mostraba feliz. ¿Qué tendría esa chica? Era una de las herederas más ricas del país, poseía un guardarropas que envidiaría cualquier novia de la aristocracia europea, iba a casarse con un marqués joven y elegante, convirtiéndose ella misma en la marquesa de Ronda… ¿Qué más podía apetecer?

Durante la Nochebuena, cuando su madre la sorprendió llorando junto al exquisito nacimiento de porcelana de italiana, Inés confesó la causa de su angustia: estaba embarazada.

A toda costa había que evitar el escándalo social aunque, claro está, la sangre azul del transgresor disminuía, para los Anchorena, la magnitud de tragedia.

El padre de la novia habló con el marqués y de inmediato se apresuró la fecha de la boda. Iba a celebrarse en septiembre, pero se realizó en mayo y en una de las tantas estancias de la familia, pero sólo concurrieron los familiares más íntimos de la novia. Para desilusión de muchos, la blasonada parentela del noble hispano no se hizo presente.

Los recién casados partieron hacia Brasil para iniciar una extensa luna de miel que se prolongó por distintos países latinoamericanos, destino bastante extraño para un viaje de bodas de aquel entonces. En el transcurso de la dilatada gira, Inesita sufrió un aborto y perdió a la criatura.

Al regresar, para sorpresa de todos, adquirieron la casaquinta en un Del Viso casi despoblado y allí se establecieron en forma permanente.

La familia y las relaciones habían esperado que encargasen la construcción de un nuevo palacete cerca de las mansiones de los Anchorena, de los Álzaga, de los Lavalle; o que el marqués hubiese hecho edificar, en una de las estancias de su mujer, la réplica de algún castillo europeo, como acostumbraba entonces la alta burguesía criolla. Nadie imaginó que una pareja con tantos pergaminos y dinero se recluyese durante más de cincuenta años en la relativamente humilde vivienda pilarense.

A la muerte de don Isidro, cumpliendo los deseos del difunto, la ya septuagenaria marquesa de Ronda viajó a España para depositar la urna con las cenizas de su marido en la cripta familiar.

Satisfecho el anhelo del marqués, Inesita decidió establecerse en Madrid. Allí, en un costoso geriátrico, falleció en 1972 atendida por Matilde, la mucama pilarense que la acompañó por más de treinta años.

Fue precisamente Matilde quien, al regresar al país,  reveló el gran secreto de los marqueses: el hijo que Inés perdió durante su viaje de bodas no era de su esposo. Ella se lo confesó antes de casarse y le dijo también quién hubiese sido el padre de la criatura.

Para evitarle la pública vergüenza, como un caballero de los que incluso entonces ya no existían, don Isidro Pedro no rompió el compromiso. El noble permitió que incluso sus suegros lo considerasen el responsable de la falta de Inesita; pero pactó con su prometida alejarse para siempre de la vida social donde, inevitablemente, deberían cruzarse con el seductor de Inés, un hombre casado y familiar cercano.

También reveló Matilde otro gran secreto de los marqueses de Ronda: jamás vivieron como marido y mujer ni consumaron su matrimonio. Sólo fueron dos amigos entrañables que, por más de medio siglo, habitaron bajo el mismo techo y, tomados de la mano, pasearon conversando largamente por el hermoso parque de su quinta de Del Viso.

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