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Los adolescentes y la violencia

8 de mayo de 2011 - 00:00

 

por Lic. Andrea J. Carpaneto*

 

La adolescencia es la etapa en la cual se deja de ser niño pero aún no se es adulto. Es una etapa de transición caracterizada por la búsqueda de modelos, de un lugar en el grupo de pares, en lo social. Búsqueda de ideologías, creencias, de la sexualidad, de la identidad. Es un momento de crecimiento donde se cuestionan todos los modelos establecidos y, en especial, los que intentan transmitir los padres. El desafío para los padres es grande: comprender, acompañar, intentar entender, son parte de las tareas que tendrá cada uno de ellos. Tal vez repasar las características de la etapa de la adolescencia sea un elemento útil para el análisis.

Una definición de Aberastury, A. es muy clara al respecto: “Entrar en el mundo de los adultos -deseado y temido- significa para el adolescente la pérdida definitiva de su condición de niño/a. Es un momento crucial en la vida del hombre y constituye la etapa decisiva de un proceso de desprendimiento que comenzó con el nacimiento. Los cambios psicológicos que se producen en este período y que son el correlato de cambios corporales, llevan a una nueva relación con los padres y con el mundo”.

En este párrafo se va delineando la difícil tarea de atravesar la adolescencia. Continuando con Aberastury, A.: “(La adolescencia) es un período de contradicciones, confuso, ambivalente, doloroso, caracterizado por fricciones con el medio familiar y social”.

Los adolescentes necesitan quien escuche sus necesidades e inquietudes. Buscan respuestas a innumerables interrogantes que se les presentan cotidianamente. Preguntan sobre lo que es justo y lo que no. Quieren saber qué es la política, la sociedad, los valores, la economía; en síntesis: quieren saber cómo es que el mundo social llegó a ser lo que es.

Cuando ellos no encuentran un hogar facilitador para volcar las incertidumbres, para hablar sobre lo que les pasa, para enojarse con lo que aún no pueden, y reclamar lo que quieren, los jóvenes buscan afuera las respuestas, en la escuela o en el grupo de pares.

Si logran encontrarse con modelos positivos, todo irá bien. De lo contrario, se sentirán desolados, y con sus inquietudes sin responder. Las consecuencias pueden ser muy variadas.

Algunos (sin entenderlo) manifestarán transgresiones de los límites establecidos por las normas sociales. Es un estilo que toman algunos jóvenes para hacerse oír en sus necesidades e incertidumbres. Estas transgresiones van desde tomar alcohol en exceso, pequeños robos, mentiras, vandalismo, conductas violentas, ausencia de reconocimiento de la autoridad -tanto en el hogar y en el colegio cuanto en la calle-. Buscarán que alguien les pongan un límite: los padres, la policía o un juez.

Cuando esto sucede, somos los adultos quienes debemos preguntarnos qué pasa que no encuentran referentes para dialogar, quienes debemos escuchar los enojos y la desolación que ellos sienten cuando van creciendo.

La responsabilidad sobre los adolescentes es, siempre, de los adultos. Sean estos padres, cuidadores o responsables de ellos. Cuando no hay red social ni familiar, es el Estado el que se hará cargo de ellos, por medio de los servicios sociales existentes.

La incumbencia en todos los casos es de los grandes, no de los propios chicos, ya que ellos están creciendo, y si bien parecen “grandes”, aún no lo son. No poseen la capacidad de discernimiento, comprensión, anticipación y pensamiento reflexivo que poseen los adultos.

Creo que es interesante abrir este debate cuando se habla de la responsabilidad sobre los actos violentos de púberes y adolescentes comprendiendo esta etapa hasta los 18 años de edad en nuestro país, para la Ley Civil y 16 años para el fuero Penal.

 

*Psicóloga-U.B.A. andreajcarpaneto@gmail.com

 

 

 

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