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Mitos y leyendas: Advertencias que no fueron oídas

por Manuel Vázquez
28 de mayo de 2011 - 00:00

 

 Don Andrés Silva vendía propiedades. No tenía instalada una oficina inmobiliaria, pero conocía a medio mundo y a todo Pilar, que era lo que a él más le interesaba. Esto le permitía recorrer, ofrecer, solicitar, tentar con una “oportunidad”… en fin, armar buenos negocios de los cuales él sacaba su tajada.

Don Andrés pesaba más de ciento veinte kilos pero, a pesar de las recomendaciones del doctor Lombardo y los cuidados de su esposa, que le cocinaba porciones chicas y llenaba el plato con verduras, seguía engullendo como Gargantúa en las precarias parrillas al borde de la ruta 8 o en los restaurantes donde descubría estacionados varios camiones. “Si quieren comer bien, hay que parar donde paran los camioneros”, repetía como si la frase encerrase una revelación bíblica.

Una mañana de septiembre, cuando ya habían florecido los ciruelos en la casa de los Silva, doña Enriqueta fue hasta el dormitorio para despertar a su marido con el consabido mate amargo y las galletitas de agua que el médico había prescripto. Don Andrés, al estirar el brazo para tomar la calabacita humeante, exhaló un profundo suspiro y tomándose el pecho pronunció con un hilo de voz: “¡Me muero!”

Afortunadamente el médico pudo concurrir de inmediato y con una pastilla sublingual y algunos masajes logró mantenerlo en este mundo, pero la advertencia fue seria, palmaria y campechana: “O usted sigue mis instrucciones y se cuida, o en cualquier momento se va a mirar crecer los rabanitos desde abajo”.

Pasado el susto en unos dos meses, don Andrés olvidó la dieta indicada y volvió a las andadas comiendo cada vez más.

Los ciento veinte kilos se transformaron en ciento treinta y ya rondaban los ciento cuarenta cuando sufrió el segundo y fatal ataque. Estaba en una parrilla cercana al cruce de la ruta 8 y la ruta 6 cuando se desplomó sobre la mesa con la boca aún repleta de lechón asado. No dio tiempo ni para llamar a un médico. También balbuceó “Me muero”, pero esta vez se murió.

Los Silva eran muy conocidos en Pilar, y por eso el velatorio fue de lo más concurrido.

Mientras la señora Enriqueta lloraba y recriminaba al muerto por no haber seguido las recomendaciones del facultativo de la familia; algunos concurrentes calculaban si el enorme vientre de don Andrés permitiría colocar la tapa al féretro o si sería necesario, como dijo un gracioso, conseguir una tapa con cúpula.

Al día siguiente, tras la noche en vela y aunque estaban en agosto, los esforzados deudos sudaron la gota gorda para ingresar a pulso el pesadísimo ataúd en la iglesia donde se rezó una misa de cuerpo presente. Allí, entre los humeantes cirios, un pequeño monaguillo muy asustado llamó la atención del padre Poceiro tironeándolo por el roquete. “¡Padre, salen ruiditos de adentro del cajón!”

El sacerdote juzgó que el niño alucinaba a causa de ser ese su primer enfrentamiento con el misterio de la muerte y, ya en la sacristía, lo tranquilizó hablándole del Paraíso y de los premios que recibirían los justos el día del gran juicio. Mientras, el extendido cortejo se dirigió al cementerio para depositar el féretro en la bóveda familiar.

Cuando se despedían de los familiares más cercanos, los más leídos pensaban como Manrique “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar, / que es el morir” o “¡Qué tristes y solos se quedan los muertos!” tal como lo plasmó Bécquer. Los de menos lecturas también reflexionaban: “...y  aunque lleno esté de plata / también estira las patas”. Culminadas las oraciones póstumas y las remembranzas líricas, todos abandonaron la necrópolis.

A la mañana siguiente, sin avisar a sus hijos, doña Enriqueta marchó a visitar a su difunto marido, y cuál sería su sorpresa al ver que el cajón aparecía corrido en el estante donde lo habían ubicado.

Corriendo y a los gritos la mujer llegó a la administración y logró que el personal del cementerio la acompañase hasta la bóveda y, ante sus súplicas, quitasen la dos tapas que cerraban el ataúd.

Allí, entre las puntillas de la mortaja, observaron atónitos que una de las piernas de don Andrés, aunque extendida, aparecía cruzada sobre la otra y a través del pantalón desgarrado podía entreverse una gran peladura en la rodilla, como si hubiese intentado forzar con ella la tapa del sarcófago. Sus brazos, que habían sido acomodados en cruz sobre el pecho, estaban a los lados del cuerpo y un rictus de terror se había fijado en el rostro ahora definitivamente sin vida.

- Sí - dijo el forense. – A este hombre lo han sepultado vivo.-

Los parientes más cercanos quedaron pasmados. Ningún facultativo había revisado el cuerpo tras el deceso. En ausencia del médico de la familia y para apurar los trámites, los hijos del finado lograron que un galeno amigo, sin trasladarse al lugar del fallecimiento, extendiera el certificado de defunción. Él, los hijos que fueron a buscarlo, los camilleros que lo cargaron, los empleados de la funeraria, el mismísimo juez de paz y todos los que, como él, asistieron al velorio, estaban o  creerían estar comprometidos si la noticia trascendía y, por lo tanto, decidieron que el suceso no se comentase.

El ataúd fue sellado, las manos de los empleados del cementerio debidamente “enmantecadas” para que guardasen silencio y el médico firmante, además de haber tranquilizado sus nervios asegurándole que nadie iba a denunciarlo, recibió una jugosa suma de dinero en efectivo.

Hasta la señora Enriqueta, después de comprender que la catalepsia no convertía a su marido en un nuevo Lázaro, selló sus labios. La pobre sólo tocaba el tema cuando, una vez por semana, visitaba el sepulcro y le recriminaba al finado que, por tanta desmesura en el comer y beber, en lugar de morir una vez como todo el mundo, había merecido morir dos veces.

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