Mitos y leyendas: Don Benjamín, el organista ciego
Siempre sonriente, con una cancioncita eternamente tarareada por lo bajo, don Benjamín era el organista ciego de la iglesia de Pilar. Como no podía trasladarse solo, acostumbraba “pasear” durante horas sin moverse de su sitio, pivoteando sobre su pierna derecha fija en un punto mientras que la izquierda iba girando en torno paso a paso, como si fuesen las dos patas de un compás.
Benjamín ejercía su profesión en el enorme armonio alemán instalado sobre el coro del templo; un magnífico instrumento que monseñor De la Villa, tras mucho tiempo de abandono, hizo reparar a nuevo hace unos siete años y que se reestrenó con un concierto brindado por el organista titular de la Catedral de Buenos Aires.
Nadie necesitaba guiar al bueno de Benjamín para llegar hasta el coro. Él tenía contado cada escalón y cada paso. Además, por indicación especial de los párrocos de aquella época, estaba totalmente prohibido cambiar la ubicación de cualquier mueble en la zona por donde el ciego transitaba. Como un autómata, el organista llegaba al pie de la angosta escalera de madera, contaba los peldaños hasta el primer descanso, daba los pasos necesarios hasta llegar a la segunda escalera (esta vez de mampostería) y subía por ella hasta el lugar en que, entronizado sobre una tarima, se encontraba el armonio de doble teclado.
A Benjamín ya comenzaba a iluminársele el rostro al abrir con manos seguras la pesada tapa de madera, y una inmensa sonrisa se prendía a sus labios cuando deslizaba sus hábiles dedos sobre el teclado aún silencioso. Luego, siempre me llamó la atención, colocaba una partitura en el atril del instrumento. Era cualquier partitura, la primera que encontrase entre las muchas que había sobre el armonio. Él no la leía, no podía hacerlo, pero, como si se tratase de un ritual, las páginas pentagramadas ocupaban inútilmente su lugar antes de comenzar la ejecución.
Hace unos cincuenta años, la música del órgano acompañaba casi todas las ceremonias de la iglesia católica, y Benjamín era citado para tocar en bodas, responsos, misas de cuerpo presente, misas solemnes, primeras comuniones, confirmaciones y cuanta liturgia se celebrase; por eso el organista guardaba en su memoria un amplio repertorio de antiguas composiciones sacras que, sin errar en una nota, renacían por él conjuradas entre sus dedos largos y delgados.
Toda la habilidad que el músico ciego demostraba con el teclado o transitando los vericuetos del templo, se esfumaba ni bien ponía un pie en la calle. Yo siempre pensé que era capaz de manejarse sólo por aquel Pilar de escaso y respetuoso tránsito, pero su hermana, que lo cuidó amorosamente hasta sus últimos días, no quería correr el riesgo de que sufriese un accidente. Por eso lo acompañaba personalmente o lo hacía conducir por sus hijas. Cuando la familia no podía asistirlo en su traslado hasta al tempo, el párroco comisionaba a alguno de los monaguillos para que cumpliese el papel de Lazarillo (aunque con menos mañas y para mejor amo).
Por aquel entonces, no era habitual que se celebrasen casamientos por la mañana, pero los novios lo habían solicitado y el cura aceptó, aunque se olvidó de avisar a Benjamín para que fuese a embellecer la ceremonia con su música. A último momento envió por él a dos sabandijas que ni vestidos con los hábitos blancos de los acólitos podían representar inocencia.
El ciego acudió de inmediato al llamado creyendo que, por la hora, se trataba de un responso y, para confirmarlo, preguntó a sus guías - “¿Quién es el difunto?”.
Los muchachitos, disimulando apenas su risa, inventaron un apellido y lo acompañaron hasta el pie de la escalera del coro, donde don Benjamín ya se sentía en su mundo.
Como el organista no podía ver cuando ingresaba al altar el celebrante, o cuando una novia llegaba a la puerta del templo y así iniciar su música, se había establecido un código especial. Cuando la melodía debía comenzar, un monaguillo hacía sonar una campanilla desde el altar y, de inmediato, los dedos del ciego empezaban a extraer las notas plañideras o vibrantes mientras sus pies, en movimiento continuo, inflaban el fuelle del armonio. Benjamín no se limitaba al rol de instrumentista. Con su profunda voz de bajo, muchas veces cantaba. En especial le gustaba cantar el Requiem en latín durante las exequias, esa canción lúgubre, triste y solemne que pide a Dios el descanso eterno de las almas.
Aquel día, cuando la inmaculada novia pisó el umbral del templo y la campanilla pidió el inicio de la música, el ciego, convencido de que iba a celebrarse un oficio mortuorio, en lugar de tocar la Marcha Nupcial de Mendelssohn, arrancó con el Requiem.
“Requiem aeternam, dona eis Domine. Et lux perpetua, luceat eis…”* cantaba Benjamín a toda voz mientras la novia, con los ojos desorbitados, se había clavado sobre la alfombra roja sin avanzar un paso. La madrina, supersticiosa a más no poder, se hacía cruces prendida al brazo del novio y el cura, intentando acallar el vozarrón, sacudía sin éxito la campanilla porque, cuando Benjamín se lanzaba a cantar, no sólo era ciego, sino que hasta se volvía sordo. Se transportaba el organista cantor a los altos cielos del goce y la felicidad y no bajaba de allí hasta no haber dado la última nota.
Al fin, con un vibrante “amén”, culminó la canción para difuntos y un monaguillo, enviado por el celebrante hasta el coro, aclaró al músico la confusión. De inmediato, las notas de la Marcha Nupcial surgieron del armonio y la novia continuó su camino hacia el altar y hacia la unión que esperaba fuese hasta que la muerte los separase, como rezaba la fórmula de consagración; pero entre los asistentes hubo unos cuantos que consideraron de mal agüero su entrada en el templo al son de un Requiem.
Pasaron casi cincuenta años y, pese a los aciagos vaticinios, la pareja aún se encuentra amorosamente unida, rodeada de hijos y nietos, y recordando risueñamente aquella accidentada boda y al buen organista ciego de la iglesia de Pilar.
*Dales Señor el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua.