Mitos y leyendas: La redada en el telo
Si bien por aquel entonces yo ya usaba la máquina de afeitar que luego abandoné definitivamente, no quise que sólo mis recuerdos aflorasen en este relato; así que, grabador en ristre, me fui a conversar con Pedro Armas quien, por aquellos años, se desempeñaba como camarero en el hotel alojamiento más antiguo de Pilar.
Pedro está jubilado. Desde que falleció su esposa pasa los días acompañado sólo por sus perros. No tiene hijos ni familiares y, según me contó, apenas le quedan algunos amigos vivos; así que se alegró con mi visita y aceptó que grabase su charla mientras me cebaba unos mates amargos.
“Todos saben que aquella noche cayó la policía en el hotel e hizo una arriada general, pero pocos saben por qué llegó la cana.
El asunto es que desde hacía varios meses venía al hotel, una noche por semana, un coche con chapa oficial. El Mercedes -porque era un Mercedes Benz del re carajo- tenía chapa diplomática o algo así. Los compañeros jodían con que, como debería ser el auto de un embajador, era lógico que viniese a ese hotel.
Todos éramos muy discretos y nadie se ponía a ver quién entraba o salía de las habitaciones, pero este cochazo nos llamaba la atención. Sobre todo nos extrañaba que llegasen hasta Pilar, ya que seguramente el auto venía desde la Capital. Tanta era la curiosidad que un día salí del chalé y medio me escondí en el jardín, porque en aquella época el hotel tenía un jardín con rosales. Precisamente, cuando la pareja bajó del coche, el hombre se acercó a una de las plantas y arrancó un pimpollo para regalárselo a la chica que lo estaba esperando en la puerta de la habitación.
No te voy a decir quiénes eran la pareja porque yo sé cumplir una promesa, pero te juro que si te lo digo, te caés de culo. Eran muy conocidos los dos. Te voy a decir no más que él era una persona de esas a las que respeta todo el mundo; con mujer, hijos y la mar en coche. Ella era casi más famosa que él. Trabajaba en la televisión y salía en las tapas de las revistas.
Nosotros estábamos re orgullosos de tener una pareja así como clientes, aunque no podíamos decírselo a nadie, claro está. Además, cuando se iban, siempre dejaban unos buenos billetes sobre la almohada y la mucama los repartía entre todos. Así se trabajaba entonces.
El asunto fue que el hombre tenía enemigos poderosos que querían perjudicarlo, y de allí que le mandaron a la policía para hacer una racia en el hotel pero, para disimular, venían con la orden de alzar a todos los que encontrasen en las habitaciones y llevarlos hasta la comisaría de Pilar para investigarles la identidad y esas cosas.
Imaginate el despelote que se habría armado si lo encuentran a este tipo con la mina en el telo; pero cuando ellos deberían estar en lo mejor del asunto, alguien llamó por teléfono al hotel para alertarlos. El que estaba de turno en la recepción enseguida llamó por el interno a la habitación, pero ya era tarde. Los coches de la cana llegaron haciendo un batifondo bárbaro y bloquearon las salidas.
La mina se había puesto como loca y salió de la pieza medio en bolas buscando donde esconderse, pero el hombre la hizo entrar de nuevo porque los tiras ya iban golpeando y haciendo abrir las habitaciones.
Te voy a aclarar que es mentira eso de que se metían sin llamar y los pescaban in fraganti. No señor. Golpeaban la puerta y les avisaban que se vistiesen. Recién después entraban.
Bueno, el tema es que el tipo del Mercedes, antes de que llegase la cana a la habitación donde estaban ellos, llamó a la Rosa, una de las mucamas, le dio un toco de guita y le pidió que se sacase el uniforme y se lo diese a la mujer. También le pidió que le consiguiese algo para él.
La Rosa agarró viaje enseguida. Le dio el guardapolvo y las zapatillas y ella se puso la ropa de la mina. Me contaba después que nunca en su vida se había puesto tan buena pilcha. Al del Mercedes le buscó un mameluco de los de mantenimiento y él se lo puso arriba del traje.
Por medio de la Rosa, que repartió la guita entre todos, nos pidieron que nunca contásemos quienes eran ellos, por eso no te doy los nombres.
Cuando la policía llegó a la habitación, la Rosa les abrió y les dijo que el tipo que estaba con ella se las había tomado saltando por el tapial del fondo y los canas, como la Rosa tenía pinta de ligerona, se tragaron que ella había estado laburando con un cliente que se había rajado.
Lo bueno es que, como los tiras no conocían al diplomático ese, el hombre les pasó por al lado con el mameluco puesto y una escoba en la mano y ellos ni se dieron cuenta. A la mujer, sin pestañas postizas, a cara lavada y vestida de camuca no pudieron reconocerla.
A los otros, a todos los que estaban en las habitaciones, por más que chillasen como marranos, los fueron subiendo a un colectivo que tenían parado en la puerta.
En la vereda de la comisaría, que entonces estaba en la calle Lorenzo López, ya estaban esperando fotógrafos de los diarios, a los que les habían avisado para que pescasen el momento justo en que la pareja famosa que te cuento se bajara del colectivo.
Se pelaron la frente todos. Me contó un cana de los de acá, que los fotógrafos no sabían qué hacer cuando vieron que los dos famosos no estaban en el bondi.
De todas maneras, en Pilar se armó un quilombo padre, porque enseguida se corrió la bolilla de que estaban levantando a los que encontraron en el telo y que los traían a la comisaría. Como era verano y no muy tarde, se juntó un montón de gente para chusmear a ver quiénes estaban, y más de uno de los que hacían cebo en la Alhambra o dando vueltas a la plaza tomando helado se llevó flor de chasco al ver que del micro bajaba la novia, el novio o algún pariente.
Me contaban que uno de los vagos que fue con su barra a reírse de los detenidos, cuando reconoció a su novia bajando del micro, se sintió tan herido en su amor propio que desde allí se fue a su casa, armó la valija y no volvió al pueblo ni para visitar a la familia.
Me dijeron que se rompieron varios noviazgos y hasta hubo separaciones de los que ya estaban casados, pero el asunto es que nosotros nos hicimos unos buenos mangos y la Rosa, hasta no hace mucho, todavía tenía la blusa que esa noche le había dado la artista.”