Mitos y leyendas: Magia negra
“Todos en Rosario le conocían por La Albañila porque su marido había sido el único albañil de su barrio” me dijo la abuela de La Lonja, con su gracejo castizo, mientras su vista se perdía entre los rayos de luz que atravesaban el tupido parral.
“Yo le conocí en el Hospital Italiano, donde fui para echarle una mano a la señora Anita, que llevaba más de un mes cuidando a su marido, don Vicente. A él le internaron porque de un día para otro había dejado de comer y por más que se esforzase en tragar, no había alimento que le quedase en el estómago más de cinco minutos.
Doña Anita y Juancho, el hijo mayor, decidieron llevarlo al Italiano porque decían que allí había muy buenos doctores; pero por más estudios que le hicieron, no lograban dar pie con bola, como se dice comúnmente.
Fue entonces que una amiga de la señora vino a hablarle de La Albañila, una famosa curandera que vivía cerca del río, en Rosario. Ni doña Anita ni don Vicente creían en brujerías y curanderismo (aunque cuando yo trabajaba en su casa y Juancho y Martina eran chicos, me permitían que les curase el empacho o el mal de ojo), pero el señor estaba tan mal que la señora le pidió a Juancho que viajase hasta Rosario para ver a la sanadora.
La mujer vivía en una casita muy modesta y no cobraba nada a quienes iban a consultarle. Algunos le dejaban por propia voluntad algunos pesos, pero la mayoría de los que se llegaban a la casita formaban parte del pobrerío y, según me contó Juancho, en vez de dejar algo, salían de allí con un paquete de fideos, o un kilo de azúcar o de yerba bajo el brazo.
La cuestión es que Juancho había llevado una foto de su padre y se la dio a la curandera. Ella comenzó a pasarle las manos por encima hasta que le dijo que al pobre le habían hecho un daño y le indicó que volviese a Pilar y buscase en la casa alguna cosa rara armada con dinero y alguna foto de don Vicente.
Juancho llegó, le dijo a su madre lo que le había indicado La Albañila y juntos pusieron la casa patas para arriba buscando inútilmente la brujería. Cuando ya estaban por abandonar, a doña Anita se le ocurrió revisar en el parque y allí, debajo de una planta de mandarinas, encontraron una latita de esas de conserva de tomates, con un rollo de billetes de poco valor y, dentro del rollo, una foto carné de don Vicente.
Llamaron por teléfono a la curandera. En realidad llamaron a un almacén que estaba cerca de su casa, porque la mujer no tenía teléfono, y ella les indicó que quemasen los billetes y la foto, que pusiesen todo dentro de la latita de conserva, y lo arrojasen en el río más cercano; así que Juancho fue a tirar todo al río Luján.
Usted no me va a querer creer, pero esa misma noche, cuando fueron a reemplazar a Martina, que se había quedado cuidando al padre, lo encontraron a Don Vicente sentado en la cama, conversando con la hija y cenando con muy buen apetito.
En menos de una semana ya le habían dado de alta sin explicarle qué fue lo que le había pasado. A los quince días el hombre ya estaba nuevamente frente a su negocio, pero no sería por mucho tiempo.
No habrían pasado ni dos meses cuando el pobre se desvaneció al salir del Banco Provincia. Al volver en sí, había perdido el habla y estaba ciego. Lo trasladaron de inmediato al Hospital Italiano y, como ya estaban al tanto de por donde venía su mal, Juancho llamó por teléfono a Rosario.
La Albañila le indicó que buscase en la casa o en alguna propiedad del padre alguna cosa hecha con flores y velas. Me vino a buscar para que le ayudase y, con mi marido, revolvimos el chalé, la oficina, el depósito del negocio de don Vicente y hasta la quinta que tenían cerca de Del Viso sin encontrar absolutamente nada raro. Fue entonces cuando Juancho recordó que, yendo hacía lo de Freixas, por el camino que iba también al castillo Carabassa, el padre había comprado hacía poco un terreno grande con una casita medio destruida.
Hacia allá fuimos. Lo primero que notamos fue que una de las ventanas estaba abierta, forzada la tranca. Desde allí vimos que adentro, sobre el piso, había una gran cruz hecha con calas ya marchitas y rodeadas con velas apagadas y derretidas.
Como había dicho la curandera, juntamos todo y le prendimos fuego; pero cuando Juancho la llamó para contarle lo que habíamos encontrado, la mujer le pidió que fuera a buscarla a Rosario porque se trataba de algo serio y tenía que atenderlo personalmente. Mi marido, que en Gloria esté, lo acompañó en el viaje.
Don Vicente estaba cada vez peor. No hablaba ni veía y ni siquiera nos escuchaba. En dos días se había consumido el pobre. Las venas se le reventaban cuando los médicos querían inyectarle suero para alimentarlo.
Yo estaba haciéndole compañía a la señora Anita en el hospital Italiano cuando Juancho y mi marido volvieron con la curandera. Recuerdo que de pronto don Vicente abrió los ojos y cerró los puños, y que en ese preciso momento se abrió la puerta y apareció la Albañila, vestida de negro y con un rosario blanco, de nácar, pendiéndole del cuello. ¡No se imagina usted la cara de terror que puso esa mujer al mirar a Don Vicente en su cama!
“¡Yo me quiero ir! ¡Déjeme salir de aquí!” le gritó a Juancho que estaba detrás de ella y, dándole un empujón, salió corriendo hacia la salida del hospital. El muchacho y mi marido corrieron tras de ella y no lograron detenerle hasta que llegó a la calle.
Mi esposo me contó que la Albañila se negaba darle cualquier explicación a Juancho sobre lo que había visto. Sólo le dijo que algo muy grande y malo se había apoderado del padre, que ella no podía ni quería pelear contra eso porque era mucho más fuerte que ella, y que la dejase volver a Rosario enseguida.
Después de calmarla y de intentar darle unos pesos que no quiso aceptar, la subieron a un coche de alquiler para que le llevasen hasta su casa; pero cuando Juancho y mi marido volvieron a la habitación, don Vicente ya había fallecido.
Después vino lo peor, porque parece ser que la curandera había asegurado que el daño que a don Vicente le habían hecho era magia negra, y que habían actuado por encargo de algún familiar cercano.
Como se imaginará, enseguida empezaron a desconfiar unos de otros porque, tanto su mujer como sus hijos resultaban beneficiados con la muerte del pobre. Doña Anita, porque al fin podría darse los lujos que siempre quiso y hacer el viaje a Europa con el que soñaba desde hacía años. Juancho, porque con lo que le tocó de la venta del negocio del padre se pudo comprar el viñedo en Salta, para lo que Don Vicente nunca había querido prestarle plata. Y Martina porque al fin pudo casarse con el chico de los Montero, un vago que don Vicente siempre le había espantado, y que terminó comiéndole la herencia que le cupo en suerte.
De todas maneras, yo creo que ninguno de los tres tuvo algo que ver con lo que le sucedió al pobre hombre, pero siempre quedó la duda en el pueblo.