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Mitos y leyendas: Los garitos

por Manuel Vázquez  
19 de marzo de 2011 - 00:00

 

La abuela Carmen me esperaba bajo la frescura del parral en su casa de La Lonja, junto a una jarra de té de menta helado. “No lo tome de golpe porque está frío y puede darle un pasmo”, me aconsejó antes de iniciar su relato y que yo encendiera mi grabador.

“Yo no sé si ahora se estila, porque creo que con tanto bingo y tanta cosa ya no debe haber quien vaya, pero hace unos cincuenta años había muchos garitos en Pilar y por todas las ciudades y pueblos. Llamaban así a las casas, los clubes y los bares en los que se jugaba por plata en forma clandestina porque, supuestamente, el juego estaba prohibido. Le digo a usted “supuestamente” ya que, aunque todo el mundo sabía que había más casas de juego que panaderías, rara vez la policía hacía algo para que la ley se cumpliese.

Mi marido, a quien Dios haya perdonado, decía que muy de vez en cuando un juez recibía una denuncia formal de alguno que había quedado resentido porque lo habían desplumado en una de esas casas de juego, ya que en muchas de ellas había tahúres de primer nivel capaces de dejar pelada a un avestruz en plena carrera.

El juez se veía entonces en la obligación de actuar – generalmente en contra de su propia voluntad -  y ordenaba hacer un operativo con una brigada policial para pescar a jugadores y organizadores con las manos en la masa. Claro está que, para que esto fuese efectivo, era preciso actuar con mucho sigilo y evitar a toda costa que alguien pasase el aviso a la zona en que iba a caer la racia.  Como usted se imaginará, esto era casi imposible porque, como quien dice, entre gitanos nadie se tira las cartas.

En la oportunidad que le cuento, no se sabe por qué milagro, nadie avisó a la comisaría de Pilar que iba a caerle desde San Fernando o Tigre una brigada especial  con carros de asalto y toda la parafernalia, dispuesta a levantar cuanto encontrase en los garitos de la zona.

Según mi marido, que en gloria esté, esa noche de invierno, mientras los agentes de guardia dormían a pierna suelta en la comisaría de Pilar, que estaba entonces en la calle Lorenzo López, la brigada que le cuento entró por la calle Rivadavia en dos micros y varias estancieras, y fue derechito al bar Apolo, que estaba a pocos metros del Banco Provincia. Alguien había pasado el dato de que esa noche se jugaría fuerte y que les podían echar el guante a unos cuantos.

Hacía un frío de mil demonios y las calles estaban desiertas porque era cerca de la medianoche. El mozo del bar, que hacía de campana secando copas en el salón vacío, cuando vio a tantos policías juntos descendiendo de los vehículos, corrió a dar a viso a los parroquianos que estaban jugando sus miles en una pieza del fondo del establecimiento.

Todos entraron en pánico y como dice el Martín Fierro “juyeron los más matreros”, pero como la única salida estaba ocupada por la autoridad, debieron saltar los tapiales hacia las casas linderas. 

Un vecino, al oír que alguien se le había metido en el gallinero, tiró un escopetazo al aire para espantarlo. ¡Imagínese usted el alborotó que se armó ni bien se oyó el disparo! El oficial a cargo del operativo, creyendo que los jugadores sorprendidos se resistían a los tiros, ordenó a sus hombres parapetarse detrás de las estancieras y, a modo de advertencia, abrir fuego graneado hacia los techos del bar.

Contaba mi marido que, al oír semejante metralla, uno de los encerrados, antiguo combatiente por la República durante la guerra civil de España, hizo armar una bandera blanca con un mantel que allí había. Llevando al frente el improvisado estandarte, el ex soldado salió hacia la calle seguido, con las manos en alto, por quienes, junto a él, se entregaban aterrorizados a la autoridad policial.

Ya se habrá imaginado usted que, con semejante batifondo, varios vecinos abandonaron sus camas y, vistiendo sólo sacos o sobretodos encima de los pijamas, se acercaron al bar para ver de qué se trataba. Le juro que de por vida han de haber maldecido los pobres su ocurrencia porque fueron allí mismo alzados como testigos de la operación, y por más que protestaron, los obligaron a formar fila para subir a los micros junto a los  jugadores detenidos.

El problema mayor que se le presentó al oficial a cargo fue que, cuando ordenó a los jugadores formar una fila sobre la vereda, se encontró con que entre ellos había importantísimos personajes de la ciudad. Altos funcionarios políticos, destacados comerciantes, profesionales de intachable trayectoria y – según algunos -  hasta un sacerdote, constituían la larga hilera que tiritaba bajo la helada del amanecer.

El colmo fue que, cuando dos agentes de la brigada lograron sacar del gallinero vecino a quien allí se había refugiado, comprobaron que se trataba del mismísimo señor comisario de Pilar, con su traje de civil manchado por los excrementos de las gallinas.

Como usted imaginará, ante tan copetuda concurrencia, el aterrorizado oficial a cargo del operativo se vio obligado a pedir instrucciones telefónicas a sus superiores y, como también deducirá, todos los implicados fueron liberados allí mismo; llevándose a la sede de la brigada, en calidad de detenidos por práctica de juego clandestino, sólo a los pobres Cristos que habían sido capturados como testigos.

Al día siguiente, la leva en el bar Apolo fue la comidilla del pueblo, pero nadie podía creer que tales personajones hubiesen estado implicados en aquel asunto. Tampoco nadie se animó a comentarlo demasiado porque, por aquellos años, esos tíos eran caso señores de horca y cuchillo, como decían en mi tierra.”

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