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Mitos y leyendas de Pilar: Una de gitanos en Pilar

por Manuel Vázquez
5 de febrero de 2011 - 00:00

 

Hubo una época en que era generalizado el temor a los gitanos, esa misteriosa comunidad que, como pocas, vive aún aferrada a sus tradiciones. Precisamente, para no perderlas, evitaban escolarizar a sus hijos, intuyendo que una de las funciones fundamentales de la escuela argentina fue (y en cierta forma sigue siendo) lograr la “uniformidad cultural” y extirpar  todo lo que no acordase con la “cultura oficial”.

A principios de la década de 1930, la mayoría de las familias gitanas continuaba su vida trashumante, habiendo cambiado por casas rodantes y camiones sus antiguos carromatos, pero aún pernoctaban bajo grandes carpas de lona amuebladas tan sólo con alfombras y edredones forrados en seda y brocatel.

Aunque aún comerciaban caballos, muchos se dedicaban a la compra y venta de automóviles usados y sus mujeres seguían ejerciendo el ancestral oficio de timar a los desprevenidos mediante la adivinación del futuro tirando las cartas o leyendo la palma de las manos.

Con sus largas faldas de gasas colorinches, las sandalias con tacones y las sartas de monedas de oro sembradas entre las trenzas, las “húngaras” – como también se las llamaba - se desparramaban por las poblaciones, cerca de las cuales levantaban sus campamentos,  provocando el terror de los niños; a quienes los padres acostumbraban amenazar con un  secuestro gitano si no tomaban la sopa o no dormían la siesta.

Cuentan que por aquellos años, una familia de gitanos había levantado su carpa en un terreno baldío entre Pilar y Villa Rosa. Los vecinos, como lo hacían siempre que integrantes de esta etnia se instalaba en la zona, encerraron a sus gallinas, aseguraron las puertas de los chiqueros y descolgaban por la noche la ropa de los tendederos, ya que la fama de amigos de lo ajeno perseguía a los trashumantes desde el viejo mundo.

El recelo de la población aumentó cuando observaron que, con el correr de los días, más carpas y más familias ocupaban el terreno convirtiéndolo en un gigantesco campamento. Las autoridades municipales, puestas a investigar, lograron saber que la desusada  reunión se debía a la celebración de un casamiento en que se unirían, bajo un ancestral rito, dos príncipes de la comunidad.

Con mucho dinero en efectivo y sin regatear, representantes de ambas familias salieron a recorrer las chacras vecinas comprando lechones, pavos, pollos, corderos y todo lo necesario para los distintos banquetes que se ofrecerían durante la semana que duraría la fiesta de bodas. Dicen que también hicieron su agosto los comerciantes vendiendo vinos, licores, cerveza y dulces de todo tipo. Algunos vecinos importantes fueron invitados a la celebración, como así también las autoridades municipales y el cura párroco, quien declinó el convite.

No lo hizo así el intendente Pedro Lagrave quien, acompañado por algunos funcionarios varones, concurrió a la boda atraído con curiosidad por el exotismo de los anfitriones.

Los festejos comenzaron al atardecer con copiosos brindis mientras en los asadores y parrillas se doraban las apetitosas carnes y poco a poco se encendían los soles de noche y las antorchas de brea para iluminar el campamento. Los invitados de honor, recibidos a cuerpo de rey, fueron ubicados en la mesa principal donde, bajo un dosel de seda y gasas, se sentarían también los contrayentes y sus padres.

Ignorantes de las tradiciones,  los pilarenses asistentes observaban extrañados que, mientras el novio brindaba con todo el mundo, las gitanas rodeaban una carpa herméticamente cerrada. Dentro de la misma, entre nubes de incienso y a la luz de las velas, se estaba llevando a cabo un rito muy importante: la comprobación de la castidad de la futura esposa.

De pronto, se oyó un grito femenino y en la entrada de la carpa apareció una vieja desdentada arrastrando por los cabellos a una hermosa adolescente profusamente enjoyada y con un velo blanco sobre la cabeza.

De inmediato el campamento se convirtió en un pandemonio. Maldiciones en la antiquísima lengua hablada por los gitanos centroeuropeos poblaron la noche. Se voltearon las parrillas y asadores con cuanta delicia soportaban, se derribaron las mesas con sus vajillas, y a hasta brillaron los filos de las navajas.

Sorprendidos y recelosos, el intendente y sus acompañantes abandonaron el campo de batalla sin saber qué había sucedido. Recién al día siguiente, por medio de un enviado al campamento deshecho, conocieron que la vieja curandera de la tribu había detectado la pérdida de virginidad de la novia antes de la boda, sin que el novio hubiese tenido algo que ver en ello.

Según la tradición, esto era causa suficiente para romper el compromiso, devolver el dinero entregado por el pretendiente al padre de la prometida e iniciar una permanente enemistad entre las familias de los fracasados contrayentes.

Quince días más tarde, cuando ya no quedaba del campamento en Villa Rosa más que las huellas de los fogones, una escueta nota en un diario capitalino daba cuenta del cadáver de una joven gitana que había aparecido cocido a navajazos en un campo cercano a la ciudad de Luján, vestido con sus mejores galas y cubiertas las trenzas por un blanco velo de novia.

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