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Mitos y leyendas: Y todo se hizo humo

por Manuel Vázquez
12 de febrero de 2011 - 00:00

 

Si bien la familia había iniciado su fortuna trabajando la tierra, nadie ignoraba que el capital fue multiplicado infinitamente tras la instalación del almacén de ramos generales en el centro de Pilar y las famosísimas “libretas” en las que se apuntaban las deudas que los chacareros pobres iban contrayendo entre cosecha y cosecha. Algunos aseguran que, como muchos de los clientes eran analfabetos, en las citadas libretas se registraban mercaderías que nunca se habían retirado, pero que el pobre chacarero sujeto al crédito debía pagar religiosamente.

Tras varios años de excelente y poco ética administración, el sr. X… construyó el edificio más grande del pueblo, exceptuando la iglesia, e instaló en la planta baja su emporio comercial y, en los altos, la vivienda de la familia en salas casi palaciegas.

Profusión de mármoles y bronces de dudosa procedencia, pesados muebles de roble y de caoba, gruesas cortinas de pana y brocatel, cientos de adornos de porcelana y gruesas alfombras tejidas a mano constituían el ambiente en que, aislados del resto de los vecinos, vivían la enfermiza esposa y los hijos del próspero comerciante que, en una inusitada demostración de riqueza, llegó a adquirir un piano de cola que aporreaba su única hija sin poder extraer más que algún asmático y casi irreconocible vals de Chopin.

Una noche de invierno, cuando la minúscula población dormía envuelta en la niebla, el estrépito del incendio reventando latas y botellas despertó a los vecinos. Las llamas, surgiendo incontenibles desde las vidrieras estalladas por el calor, iluminaron a giorno a la multitud asombrada que contemplaba el espectáculo dantesco en el que desaparecía el próspero comercio y la rica vivienda, cuyos habitantes, curiosamente, pernoctaban en la Capital después de haber asistido a la ópera.

Inútiles fueron los esfuerzos de todos por intentar sofocar el fuego con baldes de agua y de arena. En pocos minutos nada quedaba de aquella cueva de Alí Babá repleta de mercaderías de todo tipo, y una acre humareda ascendía desde los rescoldos hacia el pálido cielo del amanecer.

A la mañana siguiente, cuando el sr. X… llegó en tren con su familia, los notables del pueblo lo esperaban sobre el andén para ofrecerle sus condolencias como si se tratase de saludos de pésame por la muerte de un ser querido, pero el rico comerciante les informó escuetamente que no debían preocuparse, que su fortuna no corría riesgo porque todo estaba asegurado en una importantísima compañía internacional.

Los empleados del almacén -algunos luciendo con orgullo las cicatrices recientes recibidas en su lucha por defender los bienes del patrón contra el atropello del fuego- colocaron rápidamente una cerca para que nada se moviese en el solar incendiado hasta que llegasen los inspectores de la aseguradora, quienes arribaron tres días después de la tragedia.

A la vista de un nutrido público de curiosos, cuatro hombres de trajes grises peinaron minuciosamente los tiznados restos cotejando todo con las listas de existencias que el sr. X… les había proporcionado y, tras casi cinco horas de inspección, se retiraron, no sin antes aceptar el opíparo almuerzo que el damnificado les hizo servir en el hotel Centenario, ubicado en las actuales Independencia y Belgrano, donde había instalado a su familia ocupando la totalidad de las escasas comodidades.

Ya sobre el andén, antes de montar en el tren que los regresaría a la Capital, el que parecía el jefe de los inspectores estrechó la mano tendida del sr. X…, quien había insistido en llevarlos en su automóvil hasta la estación, y le dirigió un lacónico: “Ya tendrá noticias nuestras”.

Una semana más tarde, el potentado pilarense fue convocado a la casa central de la compañía aseguradora. Convencido de recibir la totalidad del monto por el que había asegurado su negocio y vivienda, el sr. X… viajó a Buenos Aires con un leguleyo al que llamaba “mi administrador” y dos “hombres de confianza”, es decir dos bestias dispuestas a propinar soberanas palizas a quienes no abonasen puntualmente el arrendamiento de sus campos o se retrasasen en saldar el crédito registrado en las famosas libretas.

Cuentan que llegó a las imponentes oficinas de la calle Florida -decoradas al mejor estilo británico- y debió hacer antesala por más de una hora antes que un ordenanza le franquease el paso a la oficina del director general de la Compañía. Los guardaespaldas debieron esperar afuera mientras él y su “administrador” eran recibidos fríamente por un quinteto de hombres diversamente trajeados.

“Señor -le dijo sin preámbulos el director- hemos analizado seriamente el informe brindado por nuestros peritos y lo hemos comparado con el listado de mercadería que usted nos proporcionó y que, casualmente, no se encontraba en el local siniestrado”.

-No, claro. Toda la papelería del negocio, facturas, recibos, todo, está siempre en casa de mi administrador aquí presente. -aclaró el sr. X… mientras trataba de sentirse cómodo en el sillón que le habían asignado.

-Bien. El tema es que en este listado se habla de diez barrilitos de aceitunas en salmuera procedentes de la finca El Paseo, de Mendoza.

- Sí. Siempre las traemos de allí. Son las mejores y nosotros tenemos clientes que…

-Pedimos especialmente a la finca que nos enviasen uno de esos barrilitos. ¿Eran como éste, verdad? -preguntó el director al tiempo que uno de los asistentes colocaba sobre el escritorio un pequeño tonel de madera vacío.

- En efecto. Las aceitunas estaban en barriles iguales a ese, pero no es eso lo de mayor valor que había en mi … -

-Y usted afirma que nadie removió entre los escombros del almacén hasta la llegada de nuestros inspectores -cortó el director.

-Sí. Ya se los he dicho.

-¿Podría entonces explicarnos a mí y estos caballeros que nos acompañan, todos oficiales de justicia y policías, dónde están los zunchos metálicos que rodeaban a los barrilitos? - Inquirió fríamente el director mientras deslizaba su dedo índice por una especie de cinturón de hierro que ceñía las tablas del pequeño tonel.

Nadie supo explicar cómo llegó a Pilar la noticia antes que el alicaído cortejo, pero dicen que cuando el sr. X… descendió del tren, el andén estaba desierto. Ninguno de los que había ido a despedir al acaudalado comerciante esa misma mañana, se encontraba ahora allí para darle la bienvenida.

Ya todos sabían que, para evitar ir a la cárcel por estafa, el sr. X… había aceptado firmar un documento en el que desistía de cobrar cualquier importe a la compañía aseguradora cuyos hábiles inspectores, al no encontrar los zunchos metálicos entre las cenizas, dedujeron que los barrilitos con aceitunas no estaban en el depósito durante el incendio, y con ello hicieron valer la presunción de que, durante el incendio, en el almacén, el depósito y la presuntuosa vivienda no había nada de los declarado en las listas de preexistencia.

Esa madrugada, mientras el silencio del reposo aún se adueñaba del pueblo, el estampido de un disparo resonó en el centro de Pilar y los vecinos no se sorprendieron al enterarse de que el sr. X…, ahora en la miseria, se había volado los sesos en medio de los escombros de su emporio destruido.

 

 

Si bien la familia había iniciado su fortuna trabajando la tierra, nadie ignoraba que el capital fue multiplicado infinitamente tras la instalación del almacén de ramos generales en el centro de Pilar y las famosísimas “libretas” en las que se apuntaban las deudas que los chacareros pobres iban contrayendo entre cosecha y cosecha. Algunos aseguran que, como muchos de los clientes eran analfabetos, en las citadas libretas se registraban mercaderías que nunca se habían retirado, pero que el pobre chacarero sujeto al crédito debía pagar religiosamente.

Tras varios años de excelente y poco ética administración, el sr. X… construyó el edificio más grande del pueblo, exceptuando la iglesia, e instaló en la planta baja su emporio comercial y, en los altos, la vivienda de la familia en salas casi palaciegas.

Profusión de mármoles y bronces de dudosa procedencia, pesados muebles de roble y de caoba, gruesas cortinas de pana y brocatel, cientos de adornos de porcelana y gruesas alfombras tejidas a mano constituían el ambiente en que, aislados del resto de los vecinos, vivían la enfermiza esposa y los hijos del próspero comerciante que, en una inusitada demostración de riqueza, llegó a adquirir un piano de cola que aporreaba su única hija sin poder extraer más que algún asmático y casi irreconocible vals de Chopin.

Una noche de invierno, cuando la minúscula población dormía envuelta en la niebla, el estrépito del incendio reventando latas y botellas despertó a los vecinos. Las llamas, surgiendo incontenibles desde las vidrieras estalladas por el calor, iluminaron a giorno a la multitud asombrada que contemplaba el espectáculo dantesco en el que desaparecía el próspero comercio y la rica vivienda, cuyos habitantes, curiosamente, pernoctaban en la Capital después de haber asistido a la ópera.

Inútiles fueron los esfuerzos de todos por intentar sofocar el fuego con baldes de agua y de arena. En pocos minutos nada quedaba de aquella cueva de Alí Babá repleta de mercaderías de todo tipo, y una acre humareda ascendía desde los rescoldos hacia el pálido cielo del amanecer.

A la mañana siguiente, cuando el sr. X… llegó en tren con su familia, los notables del pueblo lo esperaban sobre el andén para ofrecerle sus condolencias como si se tratase de saludos de pésame por la muerte de un ser querido, pero el rico comerciante les informó escuetamente que no debían preocuparse, que su fortuna no corría riesgo porque todo estaba asegurado en una importantísima compañía internacional.

Los empleados del almacén -algunos luciendo con orgullo las cicatrices recientes recibidas en su lucha por defender los bienes del patrón contra el atropello del fuego- colocaron rápidamente una cerca para que nada se moviese en el solar incendiado hasta que llegasen los inspectores de la aseguradora, quienes arribaron tres días después de la tragedia.

A la vista de un nutrido público de curiosos, cuatro hombres de trajes grises peinaron minuciosamente los tiznados restos cotejando todo con las listas de existencias que el sr. X… les había proporcionado y, tras casi cinco horas de inspección, se retiraron, no sin antes aceptar el opíparo almuerzo que el damnificado les hizo servir en el hotel Centenario, ubicado en las actuales Independencia y Belgrano, donde había instalado a su familia ocupando la totalidad de las escasas comodidades.

Ya sobre el andén, antes de montar en el tren que los regresaría a la Capital, el que parecía el jefe de los inspectores estrechó la mano tendida del sr. X…, quien había insistido en llevarlos en su automóvil hasta la estación, y le dirigió un lacónico: “Ya tendrá noticias nuestras”.

Una semana más tarde, el potentado pilarense fue convocado a la casa central de la compañía aseguradora. Convencido de recibir la totalidad del monto por el que había asegurado su negocio y vivienda, el sr. X… viajó a Buenos Aires con un leguleyo al que llamaba “mi administrador” y dos “hombres de confianza”, es decir dos bestias dispuestas a propinar soberanas palizas a quienes no abonasen puntualmente el arrendamiento de sus campos o se retrasasen en saldar el crédito registrado en las famosas libretas.

Cuentan que llegó a las imponentes oficinas de la calle Florida -decoradas al mejor estilo británico- y debió hacer antesala por más de una hora antes que un ordenanza le franquease el paso a la oficina del director general de la Compañía. Los guardaespaldas debieron esperar afuera mientras él y su “administrador” eran recibidos fríamente por un quinteto de hombres diversamente trajeados.

“Señor -le dijo sin preámbulos el director- hemos analizado seriamente el informe brindado por nuestros peritos y lo hemos comparado con el listado de mercadería que usted nos proporcionó y que, casualmente, no se encontraba en el local siniestrado”.

-No, claro. Toda la papelería del negocio, facturas, recibos, todo, está siempre en casa de mi administrador aquí presente. -aclaró el sr. X… mientras trataba de sentirse cómodo en el sillón que le habían asignado.

-Bien. El tema es que en este listado se habla de diez barrilitos de aceitunas en salmuera procedentes de la finca El Paseo, de Mendoza.

- Sí. Siempre las traemos de allí. Son las mejores y nosotros tenemos clientes que…

-Pedimos especialmente a la finca que nos enviasen uno de esos barrilitos. ¿Eran como éste, verdad? -preguntó el director al tiempo que uno de los asistentes colocaba sobre el escritorio un pequeño tonel de madera vacío.

- En efecto. Las aceitunas estaban en barriles iguales a ese, pero no es eso lo de mayor valor que había en mi … -

-Y usted afirma que nadie removió entre los escombros del almacén hasta la llegada de nuestros inspectores -cortó el director.

-Sí. Ya se los he dicho.

-¿Podría entonces explicarnos a mí y estos caballeros que nos acompañan, todos oficiales de justicia y policías, dónde están los zunchos metálicos que rodeaban a los barrilitos? - Inquirió fríamente el director mientras deslizaba su dedo índice por una especie de cinturón de hierro que ceñía las tablas del pequeño tonel.

Nadie supo explicar cómo llegó a Pilar la noticia antes que el alicaído cortejo, pero dicen que cuando el sr. X… descendió del tren, el andén estaba desierto. Ninguno de los que había ido a despedir al acaudalado comerciante esa misma mañana, se encontraba ahora allí para darle la bienvenida.

Ya todos sabían que, para evitar ir a la cárcel por estafa, el sr. X… había aceptado firmar un documento en el que desistía de cobrar cualquier importe a la compañía aseguradora cuyos hábiles inspectores, al no encontrar los zunchos metálicos entre las cenizas, dedujeron que los barrilitos con aceitunas no estaban en el depósito durante el incendio, y con ello hicieron valer la presunción de que, durante el incendio, en el almacén, el depósito y la presuntuosa vivienda no había nada de los declarado en las listas de preexistencia.

Esa madrugada, mientras el silencio del reposo aún se adueñaba del pueblo, el estampido de un disparo resonó en el centro de Pilar y los vecinos no se sorprendieron al enterarse de que el sr. X…, ahora en la miseria, se había volado los sesos en medio de los escombros de su emporio destruido. n

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