Fin de año a mordiscones
por Manuel Vázquez
En aquel Pilar de casas bajas y calles sin pavimentar, las fiestas de Navidad y fin de año se celebraban sin grandes alharacas, en un clima calmo y adormecido que casi no alteraba el ambiente bucólico de la población.
Con tiempo, las amas de casa se proveían en los almacenes de ramos generales de los manjares típicos de esos festejos. Turrones de maní o almendras duros como piedras, frutas secas, pasas de higos, peladillas, confites y castañas constituían las golosinas que se completaban con el tradicional pan dulce casero o adquirido en las pocas panaderías existentes.
El vino común, en botellas de litro, era considerado muy bueno (tal vez lo era) así que nadie consumía de otra calidad.
En muy pocas casas se brindaba con champagne. La sidra burbujeaba alegre en las anchas copas o en los vasos de vidrio grueso que reinaban en las mesas más humildes. En casa de los inmigrantes italianos aparecía la botella de Chianti en su cesto de paja y, si la economía familiar lo permitía, algún Nebiolo espumante o un Gamba di Pernice para la hora del brindis.
Esos mismos inmigrantes mantenían los ravioles y cappellettis como plato fuerte de la cena festiva, mientras que los españoles se inclinaban por la paella, aunque en estas latitudes resultase pobre en mariscos. Por su parte, los criollos trataban de imponer el lechón o el costillar al asador.
Los pilarenses de entonces no tenían costumbre de presentar pavo en la mesa navideña, pero todos los años, proveniente de una granja ubicada sobre el camino a Moreno, en noviembre llegaba a Pilar “el pavero” arriando un gran número de esas ruidosas aves que desfilaban por la avenida Tomás Márquez hasta llegar casi a la plaza central. En el trayecto, los vecinos se acercaban y elegían el animal que, por medio de un largo gancho de alambre, era separado de sus congéneres y entregado a quienes lo cebarían con semillas y nueces hasta el día del profano sacrificio.
Cuentan los memoriosos que, para despedir el año 1929 y recibir dignamente la nueva década, don Piero Aquaforte, un napolitano adinerado con chacra respetable y buena casa en el pueblo, decidió dar un gran banquete para familiares y amigos.
Anita y Gina, sus ya señoritas, confeccionaron farolitos de papel y guirnaldas para adornar la galería bajo la cual ubicaron las largas mesas, y doña Celestina, su opulenta esposa, se lució en las hornallas con decenas de platos a cual más exquisito.
Promediada la cena copiosamente regada, y cuando faltaban pocos minutos para la llegada del nuevo año, don Piero se retiró disimuladamente con la intención de sorprender a todos vistiendo el disfraz de “Año Viejo” que su esposa había cosido a escondidas del resto de la familia.
En el galponcito del fondo, donde dormían los gatos que mantenían la casa a salvo de roedores, y bastante achispado por el Chianti, el itálico anfitrión se enfundó una larga túnica blanca que en su pechera llevaba pintado el número 1929. Olió en la prenda el rancio olor al orín de los felinos, pero decidió que el desagradable aroma no le impediría brindar la sorpresa que había planificado para sus invitados. Se calzó luego unas pantuflas con cascabeles y cubrió su calva con una rústica peluca blanca que doña Celestina había fabricado con dos colas de caballo. Para mejorar aún más el disfraz, el ocurrente tano se pegó cejas y larga barba de algodón.
Para que su entrada fuese triunfal, decidió hacerla apareciendo sobre la tapia medianera llevando un reloj de arena en una mano y un candil en la otra. Con esa intención, saltó hacia el patio vecino, olvidando que los De Curtis no estaban en casa e ignorando que habían dejado suelto al enorme perro guardián que a duras penas lograba dominar su propio dueño.
Verlo el can, desconocerlo, olfatear el tufo gatuno y echársele encima fue todo uno.
-¡Quieto, diábolo! ¡Non ti muovere, maledetto cane!- gritaba don Piero mientras trataba de atajar con el reloj y el candil las feroces dentelladas.
Los huéspedes, disfrutando aún de la buena mesa y de las rancheras y valsesitos interpretados por la orquesta de guitarra, violín y acordeón especialmente contratada, no escuchaban al pobre hombre que aullaba desesperado sintiendo cada vez más próximos a sus carnes los afilados colmillos.
Como un último intento de salvación, el tano decidió saltar limpiamente la tapia y refugiarse en su casa pero, al bajar la guardia y abrir sus piernas para iniciar la carrera, el perro se lanzó a fondo y cerró sus mandíbulas poderosas atrapando entre ellas los atributos que le habían permitido a don Piero engendrar a Gina y Anita.
Si bien el doctor Reyes acudió con urgencia para brindar sus auxilios médicos, el desgraciado chacarero debió ser trasladado al Hospital Italiano de Buenos Aires donde le salvaron la vida pero no lograron reconstituir los órganos masticados por el feroz mastín.
Un bisnieto de don Piero Acuaforte, al contarme esta historia, me reveló también que su bisabuelo, ya muy anciano, ni bien se despertaba por las mañanas recordaba el episodio e invariablemente mascullaba : - ¡Maledetto cane!
Con esta entrega, quiero desear a todos los lectores un feliz y próspero 2012 e informarles que, tras un breve receso, pronto volveremos con estos mitos y leyendas de nuestro querido Pilar. Manuel.