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Mitos y leyendas: Un ignoto gran poeta

Por Manuel Vázquez
17 de diciembre de 2011 - 00:00

 

 

A Piero siempre le había gustado el vino, pero recién cuando murió su mujer trabó con él una peligrosa amistad. Por las noches, después de un día agotador trepado en andamio de albañilería, el hombre bajaba vaso tras vaso sin hacer caso del pequeño Carlitos, dormido a sus pies, sobre el piso de cemento alisado. A veces se acordaba de la criatura y le llevaba algún pan y un pedazo de carne que había sobrado en el asado de la obra, pero los más de los días el niño, de apenas cinco años, era alimentado por vecinos caritativos.

Cuando el vino no le permitió trabajar en forma correcta y lo convirtió en pendenciero, Piero perdió su empleo. Para solventar su vicio y pagar el alquiler de la pieza, de vez en vez, cargaba la pala sobre una carretilla y salía en busca de ligustrina. Volvía con una parva de plantas con las que armaba cercos a cambio de algunas monedas.

Carlitos, siempre silencioso, lo acompañaba en esas excursiones y se sentaba a pocos metros mientras el padre plantaba los ligustros.

El niño rondaba los diez años cuando llegó una carta desde Sicilia. Los hermanos de Piero, enterados de su viudez, le enviaban un pasaje hacia Italia, en barco, y una breve misiva: “Ora che tua moglie è morta, non ha senso rimanere lì. Vieni a casa. Qui c´e lavoro per te”*. Nada sabían ellos de la existencia del niño. Piero nunca se atrevió a confesarles que, además de casarse con una criolla de rasgos aindiados, había tenido un hijo con ella.

Aquella mañana Carlitos despertó solo en la pieza vacía. A su lado, sobre la carretilla, se apilaban los escasos bienes que su padre le dejó sin decir palabra antes de marcharse: la pala, un balde, una cuchara de albañil, un fratacho, dos mantas, un reloj de bolsillo y la fotografía de una pareja sonriente, rubio él, morena ella, tomada con una cámara de cajón frente a la basílica de Luján.

Casi siguiendo un mandato, el niño se crió haciendo cercos de ligustrina y viviendo por caridad en la misma pieza en que su madre lo había parido. A los catorce años comenzó a valerse como peón de albañil.

Doña Amalia, la vecina septuagenaria que de tarde en tarde le ofrecía un plato de sopa caliente, lo inició en los rudimentos de la lectura y, sin imaginarlo, le abrió la puerta al único mundo en el que Carlitos podría rozar la felicidad: la literatura.

El niño comenzó a leer cuanto caía en sus manos. Diarios y revistas viejas, libros destartalados -a veces sin principio ni fin- eran devorados con inigualable apetito a la luz de la vela que iluminaba sus noches solitarias.

Una tarde en que lo enviaron a hacer unas compras en el pueblo, Carlitos, ya adolescente, descubrió la Biblioteca Bartolomé Mitre, a media cuadra de la plaza de Pilar. Todos los días, durante más de una semana, el muchacho se apostó en la esquina, apoyado contra una pared del colegio de hermanas, observando a los pocos vecinos que entraban o salían del entonces reducido edificio. Un día se animó y traspasó la puerta de lo que él juzgó el Paraíso Terrenal.

La señora Edelma, la bibliotecaria, organizó entonces sus lecturas en forma metódica y Carlitos comenzó a degustar con fruición las obras de los clásicos españoles. Cervantes, Lope de Vega, Góngora y Quevedo hicieron a la vez de entrada y plato fuerte, sirviendo de postre Espronceda, Zorrilla, Bécquer y otros románticos de dulces versos. Luego llegaron Alas y Pérez Galdós, a los que siguieron Unamuno y los Machado. Se deslumbró Carlitos con García Lorca y sufrió hasta las lágrimas con Hernández antes de iniciar la lectura de los grandes poetas de la América Hispana.

La vida del muchacho se repartía entre el andamio y la biblioteca hasta que un día, tras leer un poema de Benedetti, pensó que él también podía transformar sus pensamientos en versos y comenzó a escribir. Los octosílabos y alejandrinos comenzaron a nacer incontenibles plasmando visiones y sentimientos con metáforas cada vez más arriesgadas y osadas imágenes sensoriales.

La memoria de Carlitos se esforzaba por retener la enorme catarata de versos que alumbraba durante el día, mientras levantaba paredes. Por las noches, en la pieza destartalada, volcaba en el papel sus creaciones. Primero con prolija caligrafía, luego, cuando pudo comprar una viejísima Remington, en varias copias mecanografiadas con papel carbónico que repartía entre sus contados amigos.

Carlitos se convirtió en Carlos. Había alcanzado los cuarenta años y su poesía hablaba de amor, un sentimiento que vanamente perseguía a diario. Conocía el calor pago de una mujer el día que cobraba la quincena, pero él soñaba con ese amor que hacía sufrir y daba vida, el que inspiraba a Neruda, el que calcinaba a Girondo, el que mataba a Alfonsina…

Tal vez como la última herencia de su padre, el muchacho encontró el borrascoso vino de la soledad y, como aquel italiano que un día desapareció sin dejar rastros, lo hizo primero su amigo y luego su verdugo.

Carlos no encontró el amor que buscaba, pero el alcohol le ofreció un mundo de sueños aún más febriles que los que asomaron en los incontables libros que leyó. En ese mundo de niebla y vértigo se perdió su mente cortándose para siempre la cuerda tensa de la cordura.

Guardo de él unos pocos versos que muestran un corazón en llagas y un talento que pocos supieron valorar.

“Prueba tu salvajismo crudo / tu orgía inesperada. / Haz con tus harapos flores verdes y amarillas / y con tus manos pilas de caricias y montañas. / Sabes bien que la esperanza es verde / y que se desliza hacia el otoño / y se desmaya…”

 

*Ahora que tu mujer ha muerto, no tiene sentido quedarte allí. Vuelve a casa. Aquí hay trabajo para vos.

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