Mitos y leyendas: Aldabonazos en la noche
El caserón donde vivía doña Ana abría su destartalada puerta sobre la calle Independencia, arbolada entonces con añosos plátanos.
Por causas que no vienen al caso comentar, la octogenaria era la única mujer en esa casa netamente masculina, donde la radio transmitía continuamente fútbol o boxeo, donde las paredes aparecían decoradas con tapas de El Gráfico y donde el pudor de la abuela quemaba en el brasero revistas con mujeres desnudas cada vez que las encontraba.
Cuando los nietos que ella crió desde niños se hicieron hombres, doña Ana pudo demostrar cabalmente que aún era hábil para almidonar camisas impecables y para dibujar con la plancha la raya milimétrica en un pantalón de vestir; pero esos nietos ya no la acompañaban como antes. Sabía que habían crecido, que tenían amigos en el club y chicas bonitas que los esperaban en algún zaguán, sin embargo añoraba las noches de invierno cuando, al calor de la estufa a gas de querosene, los chicos hacían sus tareas escolares sobre la mesa de la cocina mientras ella, que aún no tenía todo el pelo blanco, les preparaba la cena y alistaba los guardapolvos para el día siguiente.
Ahora, la abuela quedaba sola hasta muy entrada la noche, esperando que todos regresasen. La casa entonces permanecía silenciosa y sólo la luz de una vela votiva delante de una imagen de la Virgen iluminaba el comedor.
En una de esas solitarias e interminables noches, el llamador de bronce con forma de mano femenina golpeó tres veces sobre la puerta de calle. La anciana, cubierta con una bata descolorida, fue a ver quién llamaba a esas horas impensadas, pero nadie estaba esperando cuando abrió la puerta.
Media hora más tarde, mientras preparaba el té de tilo con que lograba conciliar el sueño cada vez más esquivo, otros tres aldabonazos resonaron en el zaguán. Con mayor precaución, doña Ana acudió al llamado entornando apenas la puerta. Nadie había en la vereda. Con más curiosidad que prudencia, salió a la vereda mal iluminada deseando descubrir al autor de los golpes, pero toda la calle Independencia se mostraba desierta desde el Correo hasta la casa de Martínez, en el cruce con 11 de Septiembre.
Esa noche, los muchachos encontraron a la abuela acurrucada en un rincón de la cocina, aterrorizada y musitando plegarias. Nunca se había comportado así. Ella jamás había creído en aparecidos ni en fantasmas, pero ahora afirmaba con vehemencia que alguien del más allá llamaba a su puerta durante las noches.
La llevaron a la consulta del doctor Capello, en su casa de la calle Ituzaingó. El médico, además de tranquilizarla, le recetó unas gotas para que pudiese dormir.
La noche siguiente, cuando los nietos salieron rumbo al club, doña Ana se refugió en la cocina armada con un crucifijo de bronce y una botella repleta de agua bendita. Poco después de las doce, los tres aldabonazos hicieron vibrar la casa. Confiando en sus armamentos espirituales, la abuela enderezó hacia el zaguán y, alzando el crucifijo en su mano derecha, abrió con la izquierda la puerta de par en par. Nadie.
Al otro día después de contar a sus nietos lo sucedido, la abuela permaneció en silencio, sin hacer caso a las bromas ni a los mimos de los muchachos. Por la noche, no se animó a pedirles que no la dejasen sola y, como siempre, salió a despedirlos hasta la puerta de calle. Los vio alejarse y cerró luego con llave. Se estaba preparando el tilo cuando vio que sus nietos entraban en la cocina después de haber rodeado la manzana y saltado el cerco posterior de la vivienda. Le indicaron que guardase silencio y, sin decir palabra, compartieron con ella la infusión hasta que la aldaba dio sus tres golpes sobre la puerta.
En puntas de pie llegaron los muchachos hasta el zaguán y abrieron de golpe. Nadie, pero uno de ellos descubrió un delgado hilo sujeto a la aldaba. Siguieron el cordel que cruzaba la calle y se perdía en la frondosa copa del plátano frontero. Allí, abrazados a las ramas y temblando de miedo, los dos chicos de los vecinos de enfrente, de unos nueve y diez años, trataban de ocultarse y ponerse a salvo.
Procurando no asustarlos para que no perdiesen pie y cayesen desde el árbol, los nietos de doña Ana los hicieron bajar. Cuando estuvieron en tierra firme, lograron explicar entre sollozos que su intención había sido divertirse un poco y que nunca habían pensado que la abuela iba a asustarse tanto. Entonces, los dos muchachones los alzaron en vilo y con sendos y formidables puntapiés en el trasero les explicaron que con su abuela nadie se metía, aclarándoles que, por esa vez, no iban a delatarlos con sus padres pues la chancleta de doña Violeta y el cinturón de don Esteban eran famosos en todo el barrio.