Mitos y leyendas: La escuela fantasmal
Algunos sostienen que, para recibir la denominación de “mito”, es necesario que el relato sobre un suceso sobrenatural se haya trasmitido en forma oral a través de dos o más generaciones, ingresando de esta forma en la tradición de una comunidad.
El hecho que paso a narrar es reciente, pero tengo la posibilidad de fijarlo por escrito para que su entrada en la construcción mítica de nuestro pueblo se efectúe sin las múltiples versiones que se dan en las repeticiones orales aunque, por solicitud de quien me lo narró, trataré de no brindar indicios que sirvan para identificar a los protagonistas del suceso.
Todo acaeció en una escuela de Pilar, un modesto edificio que fue construido con el típico formato de los criaderos de pollos; es decir, un pasillo central bajo y sin ventilación al que se abren las puertas de las aulas sofocantes durante el verano y heladas en invierno. Como casi todos los establecimientos públicos del distrito, este también posee una numerosa matrícula en el turno mañana, al que generalmente concurren los alumnos más aplicados; un caudal de estudiantes algo más reducido en el turno de la tarde, y un bachillerato vespertino que comienza el año repleto de alumnos adultos, muchos de los cuales, desgraciadamente, desertan en banda cuando el frío se torna cruel en julio y agosto.
Fueron precisamente las porteras del tuno noche quienes informaron a la dirección del establecimiento que, cuando los docentes y alumnos ya se habían marchado y ellas barrían los salones, escuchaban que alguien movía las sillas en las aulas vacías.
Los directivos tomaron a broma la denuncia y el susto de las pobres mujeres, pero una nueva noticia los obligó a cambiar de actitud. Como era habitual, un portero del turno mañana, acompañado por una vicedirectora, concurrió a abrir el establecimiento a las siete, cuando aún no había amanecido. Al ingresar los sorprendió la espesa niebla que inundaba el pasillo central del edificio, pero su asombro llegó al máximo al comprobar que todas las sillas y mesas de las aulas aparecían inexplicablemente volcadas sobre el piso de cerámicas. Las puertas no habían sido forzadas, las rejas de las ventanas estaban intactas y los auxiliares del turno vespertino afirmaban haber dejado todo en orden cuando cerraron el edificio la noche anterior.
Para no alarmar al alumnado, directivos y porteros decidieron mantener en secreto lo acaecido hasta tanto le encontrasen una explicación racional, pero también acordaron cerrar el establecimiento cuando se marchaban los alumnos del turno noche, evitando dejar a alguien solo en el edificio vacío que, por especial acuerdo, se limpiaba a la mañana siguiente, antes de iniciarse la jornada escolar.
En apariencias, todo había vuelto a la normalidad y casi nadie recordaba los misteriosos sucesos, pero llegaron las Elecciones Primarias y, como en otras oportunidades, la escuela fue seleccionada para que en ella funcionasen mesas comiciales.
El viernes anterior al domingo de elecciones, un grupo de soldados, a las órdenes de un joven oficial, se hizo cargo del edificio. Dormirían allí esa noche y la siguiente.
Durante la mañana del sábado, un directivo de la escuela se acercó para ver si estaba todo en orden, pero se encontró con el oficial pálido y desconcertado. Con prudencia y algo de turbación le comentó que ni él ni sus hombres habían podido pegar un ojo en toda la noche a causa de los pasos que escuchaban en los salones vacíos y los ruidos “como si cayesen escobas” en el pasillo central. Le contó también que, armas en mano y en grupo, recorrieron las instalaciones comprobando que, pese a no haber entrado persona alguna, los muebles aparecían fuera de lugar. También se habían encendido y apagado varias veces las luces sin que nadie hubiese tocado los interruptores.
Con los ojos enrojecidos por la falta de descanso, los uniformados custodiaron los comicios ese domingo y, para alivio de todos, nada sucedió que pudiese ser considerado paranormal.
Sumamente preocupados, los directivos (católicos todos por tradición familiar) decidieron entrevistarse con un sacerdote a fin de relatarle los hechos y pedir su opinión. Para asombro de los docentes, el cura no se mostró sorprendido ante lo que le estaban narrando. Les preguntó si la escuela contaba con personal o alumnos que hubiesen fallecido en fechas recientes y les solicitó un listado con los nombres de los mismos.
Unos días después, el sacerdote convocó al personal que estaba al tanto de los sucesos para que se reuniesen en el establecimiento cuando hubiese terminado la jornada. Así lo hicieron y, tras encender algunas velas, acompañaron al cura en el recitado de plegarias aprendidas durante la infancia. Después lo escucharon leer algunos textos que, en opinión de una vicedirectora, forman parte del ritual del exorcismo que la iglesia romana practicaba con asiduidad en otras épocas.
A partir de esa noche no volvieron a escucharse ruidos en las aulas, pero la prueba de fuego llegó la noche previa a las elecciones generales, cuando el mismo personal militar volvió a hacerse cargo del edificio.
Al día siguiente, cuando los directivos llegaron en busca de información, el oficial les dijo que la velada había transcurrido con total normalidad, aunque también les confesó que, por las dudas, habían colocado cabezas de ajo en las ventanas y rociado los pisos con vinagre y agua bendita.
Como ya lo anticipé, no diré dónde sucedieron los hechos, pero si alguno logró identificar la escuela, puede preguntar al personal de portería o a los directivos si lo que hasta aquí narré es realidad o pura literatura.