Mitos y leyendas: Remanso de las tres hermanas
Ni la familia de Miryam ni la de Elías viven actualmente en Pilar, pero algunos recuerdan la desgraciada historia de estos adolescentes que una mañana de diciembre, allá por la década de 1960, se encontraron frente a la fábrica de tejas (ruta 25 y 9 de Julio) y comenzaron a caminar, tomados de la mano y mirándose a los ojos, hacia Villa Rosa.
Los Ertrunkenen eran entrerrianos y compraron en Pilar un criadero de pollos. En esa época, la avicultura estaba tomando un inusitado impulso en la zona, al punto que, poco tiempo después, se intentó denominar al distrito “Capital Nacional de la Avicultura”. Miryam, su única hija, de apenas catorce años, llegó para instalarse junto a ellos en el chalé que también adquirieron cerca de la hostería Los Ranchos.
Elías nunca conoció a su padre, pero su madre, aunque no pudo ponerle el apellido del joven patrón que la dejó embarazada en el yerbatal correntino, perpetuó su amor no correspondido dándole el nombre de pila del huidizo progenitor. Llegaron al pueblo en busca de mejor fortuna. Ella se empleó como ayudante de cocina de un restaurante de la ruta 8. El muchacho, un quinceañero desgarbado y de cabellos rubios como los de su familia desconocida, fue admitido como peón en el criadero de los Ertrunkenen.
Cuentan que allí, entre los galpones repletos de pollos, se conocieron y se enamoraron los adolescentes sin reparar en las consecuencias de sus relaciones. Dicen también que en uno de esos galpones los sorprendió besándose el padre de la muchacha y que, después de despedir a Elías, le propinó a su hija la primera paliza de su vida, razón por la cual muchos sospechan que no sólo se estaban besando los chiquilines.
De nada valieron los llantos de Myriam. Su familia, además de considerarla todavía muy joven para un noviazgo, quería para ella otro tipo de pretendiente, uno acorde a la respetable fortuna que ellos habían “amasado con mucho esfuerzo”, como constantemente le recordaban.
Los adolescentes, dispuestos a no renunciar al sentimiento que experimentaban por primera vez, comenzaron a verse a escondidas y ese día acordaron pasar unas horas solos a orillas del río Luján aprovechando que la madre de la chica había viajado a la Capital y el padre estaría ocupado en el criadero.
Caminando, tomaron por el callejón que separaba entonces al colegio Verbo Divino del barrio San Alejo. Avanzaron luego por el campo raso y más tarde por el bañado que se extendía hasta el río.
Descansaban a la sombra de los sauces disfrutando de su mutua compañía cuando Miryam divisó la camioneta de su padre que se acercaba levantando polvareda y saltando en el terreno irregular. Temiendo que el hombre descargase su furia contra Elías, la muchacha lo instó a escapar y él, experto nadador en su Paraná correntino, le propuso huir juntos cruzando el río. La chica argumentó que apenas sabía nadar, pero Elías le aseguró que podría ayudarla y, como la camioneta llegaba, la tomó de la mano invitándola a arrojarse al agua ignorando que estaban a orillas del tristemente famoso remanso de Las Tres Hermanas, donde varios imprudentes terminaron ahogados.
Los adolescentes se lanzaron al río y comenzaron a nadar hacia la otra orilla justo cuando Ertrunkenen estacionaba su vehículo al borde la breve barranca. Desesperado e impotente, pues ni siquiera sabía nadar, el hombre vio como las cabezas de los muchachos desaparecían bajo el agua turbia y no volvían a emerger. Corrió por la orilla dando tumbos y llamando a su hija hasta que, desolado, se desplomó entre las raíces de un árbol y, cubriéndose el rostro con las manos, comenzó un llanto profundo y desgarrador.
Durante los días posteriores los bomberos rastrillaron el fondo del río sin poder hallar los cuerpos de los jóvenes.
Los padres de la niña, poco tiempo después, malvendieron las propiedades de Pilar y regresaron a Entre Ríos.
La madre de Elías continuó viviendo en Villa Verde hasta no hace mucho. Allí logró rehacer su vida junto a un buen hombre con quien tuvo dos hijos. Cada diciembre se llegaba hasta la orilla del río y arrojaba jazmines al agua.
Acá culmina la historia y comienza el mito, o los mitos. Uno asegura que los muchachos alcanzaron la orilla opuesta y al amparo de la vegetación huyeron de la vista del padre de Miryam con rumbo desconocido. Otro afirma que algunas noches, sobre el remanso en que se ahogaron, surge cierta luminosidad que semeja dos cuerpos unidos en un abrazo eterno.