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Mitos y leyendas: Los ravioles de Doña María

por Manuel Vázquez  
29 de enero de 2011 - 00:00

 

Tal vez en estos momentos no existan en Pilar comercios cuyos productos sean tan emblemáticos como sí los había hace poco más de medio siglo.

Las tortitas negras y las galletas marineras de la panadería “El Molino”, de la familia Marconcini en la esquina de San Martín e Yrigoyen; las cremas heladas de “Bom Que Bom”, de la familia Moreno, en su original ubicación de Rivadavia y Bolívar; las pizzas que amasaban Elvira y Casimiro en el pequeño local frente a la Plaza 12 de Octubre y que luego se convirtió en la pizzería y restaurante “La Gringa”; los trajes a medida de Silvio Bértola en lo que por aquel entonces era el local más elegante de la calle Rivadavia; el delicioso café exprés del bar “La alambra”; la calidad irreemplazable en las composiciones fotográficas de Nora y Kurt Skiendziel y tantos otros.

Según los entendidos y memoriosos, había un producto que había transpuesto las fronteras pilarenses, siendo reconocida su calidad en varias localidades atravesadas por la antigua Ruta 8. Nos referimos a los famosísimos ravioles con tucco y posterior pollo al horno con papas que elaboraba Doña María de Lagomarsino en su bar, restaurante y pensión “El Descanso” ubicado en la intercesión de la citada Ruta con la actual calle Sanguinetti.

El negocio era conducido por Don Atilio Lagomarsino, conversando siempre con los clientes acodado en el estaño del mostrador en cuya pileta goteaba incansablemente una altísima canilla “cuello de cisne”; pero la cocina era el reino indiscutible de Doña María.

Cada sábado, las largas mesas del comedor se iban cubriendo de ravioles de seso y acelga recién fabricados con enormes hojas de masa estirada con palote, y el domingo, temprano en la mañana, comenzaba la carrera para ver quién llegaba primero a llevarse a casa los ravioles aún sin cocinar.

“Yo amaso siempre cinco hojas” decía Doña María. “Primero separo los que se necesitan para los que comen acá. Los que quedan pueden llevarlos las que no quieren amasar en sus casas”.

Algunas personalidades de la política, como Alfredo Palacios, y de la farándula, como Hugo del Carril, Enrique Muiño y Olinda Bozán  supieron llegarse hasta “El Descanso” para probar los elogiados ravioles.

Cuentan que la actriz Malvina Pastorino, siendo aún soltera, fue contratada por un elenco vocacional pilarense para cubrir el papel protagónico en una comedia, ya que no era fácil en esos años que los padres autorizasen a sus hijas a hacer teatro, “una actividad mal vista en una señorita de familia”.

La joven actriz, tras la función, pernoctó en Pilar y al día siguiente, domingo, sus anfitriones la llevaron a probar los ravioles de Doña María.

Tan encantada quedó la muchacha con la pasta que se atrevió a solicitar a la cocinera su secreto mejor guardado: la receta del relleno y del tucco, receta que sólo era transmitida a los miembros de la familia. Según dicen, esta vez la simpatía logró lo que no habían podido conseguir los ruegos y Doña María, a solas y a puertas cerradas en el dormitorio en que también curaba a los vecinos del empacho, la culebrilla, la insolación y otros males; le pasó a la actriz su famosa receta.

Años después, un domingo, ya esposa de Luis Sandrini, Malvina volvió a “El Descanso” con intención de que su marido probase los famosos ravioles; pero el restaurante ya no existía y, aconsejados por un vecino, almorzaron en la también desaparecida hostería Los Ranchos, ubicada en Ruta 8 y la actual calle Las Magnolias.

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