Mitos y leyendas: Lady Godiva a la pilarense
En los primeros años de la década de 1940 el Mayor N… fue destinado a la guarnición de la Fábrica Militar de Pilar y se instaló con su familia en un cómodo chalé del barrio de oficiales.
N… tenía una única hija de diecisiete años que, habiendo terminado recientemente sus estudios secundarios en un internado de Córdoba (de donde la familia era originaria), decidió pasar un año sabático en casa de su padre antes de iniciar sus estudios de Medicina en la UBA.
La chica era muy bien parecida y, para disgusto del padre, bastante liberal. Vestía como las protagonistas de las películas de Hollywood y el perpetuo maquillaje la hacía parecer mayor, hecho que acentuaba con una mirada siempre sugerente en presencia de varones de cualquier edad y con un marcado mohín que daba a sus labios la forma de corazón tan elogiada en las divas de los teléfonos blancos.
Por las mañanas, cuando salía a cabalgar en la yegua árabe que le había regalado su abuelo materno, pese a las recomendaciones del Mayor, Elenita se las ingeniaba para pasar cerca del lugar en que los soldados recibían instrucción militar. Disfrutaba sintiendo sus miradas recorriendo su cuerpo joven enfundado en la ligera blusa blanca y en los ceñidos pantalones de montar.
Fue la señora de N… quien sorprendió a Elenita besándose en el lavadero de la casa con el soldado que les habían asignado como chofer y, aunque no era su madre (el mayor era viudo y casado en segundas nupcias con un mujer varios años más joven) sintió la obligación de advertirle que a N… le desagradaría mucho saber que mantenía relaciones con un conscripto.
Como respuesta, la joven madrastra recibió, además de la advertencia de no meterse en lo que no le incumbía, la burla por “haberse casado con un viejo para salir de pobre”.
Aunque fue el último en enterarse, el Mayor no tardó más de quince días en saber de los amoríos de su hija. Montó en cólera y amenazó a la muchacha con anular sus proyectos de estudios universitarios y enviarla a Córdoba si no cortaba de inmediato una relación que calificó como comprometedora e inadecuada. “¡Yo no crié una hija para que la goce un don nadie!” le gritó abandonándola en su cuarto hecha un mar de lágrimas.
Al día siguiente, como Elenita manifestó su determinación de continuar viéndose con el soldado, N… tejió los hilos para que el muchacho fuese trasladado de inmediato a Campo de Mayo, pero hizo correr la voz de que lo habían destinado a una guarnición aislada, en Zapala.
Enfurecida por el accionar de su padre, Elenita permaneció dos días encerrada en su habitación sin hablar con nadie. Al anochecer del segundo día salió como si nada hubiese sucedido, cenó con la familia, se mostró distendida y hasta pidió que ensillasen su yegua para primera hora de la mañana pues había quedado en salir a cabalgar con los hijos adolescentes del Teniente Castro, su vecino.
Aunque recién eran las siete, el sol hacía presagiar un caluroso día de marzo y los soldados, formados en el playón al que llamaban pomposamente “plaza de armas”, rogaban que terminase pronto la ceremonia del izamiento de la Bandera para poder marchar cada cual a su puesto. Fue entonces que, al trote lento de su hermosa cabalgadura, Elenita ingresó al playón con el pelo suelto y totalmente desnuda.
Mientras desfilaba sonriendo ante los conscriptos que la miraban boquiabiertos, oía como su padre bramaba “¡Cierren los ojos! ¡Cierren los ojos!”, en lugar de ordenar un “media vuelta”, con el que hubiese conseguido su objetivo de no haber criado una hija para que, al menos visualmente, la gozase toda una guarnición de Don Nadies.
Elenita (claro que éste no es su verdadero nombre) vivió hasta no hace muchos años en una quinta de Del Viso, donde se instaló con su marido médico (ella jamás pisó la facultad) y sus dos hijas. La mayor, compañera de trabajo en algunos colegios, me refirió esta historia que su misma madre le había contado cuando egresó de la secundaria.