Mitos y leyendas: El lobizón de Villa Verde
por Celeste Lafourcade
La vejez lo había dejado ciego. Los años, los achaques y alguna paliza lo redujeron a un guardián a medias, destinatario de bromas y provocaciones de los chicos que disfrutaban de sus torpezas a la hora de defenderse. Pero algo hizo que “Toto”, un cuzco blanco y bastante poco agraciado, no pasara al olvido como el resto de los de su condición. Fue la valentía que nunca perdió, la que logró que hasta hoy permanezca en los relatos de los vecinos más memoriosos de Villa Verde. La misma que lo convierte en protagonista de esta historia.
Era en las noches de luna llena en las que las agallas del “Toto” quedaban en evidencia. Entonces, cuando todos los perros del barrio aullaban como lobos, él salía al ataque, a perseguir esa presencia incómoda de la que todos hablaban pero nadie conocía.
La del lobizón es quizás la leyenda urbana más popular de América que también encuentra su correlato en Europa con su versión de “el hombre lobo”. Y Pilar no escapa a la generalidad de tantos rincones del planeta que ostentan de su propio ejemplar.
En este caso es el barrio Villa Verde donde circuló con fuerza hace 25 años la historia de un lobizón que merodeaba las calles del barrio, principalmente en las inmediaciones de la sala de primeros auxilios ubicada en la intersección de las calles Fragata Sarmiento y Hércules.
Los vecinos lo describen como un ser extraño, similar a un ternero, de color negro y cuerpo cubierto por pelos, que merodeaba las calles desplazándose de forma extraña, entre agachado y erguido, aunque también podía hacerlo en cuatro patas con la misma facilidad.
En lo que no hay discrepancias es que en todos, completamente todos los casos, nadie se atreve a afirmar que se tratara de un animal. Algo -algunos hablarán de intuición, otros de sugestión- había en la criatura que la volvía inclasificable.
Aullidos en la noche
Su relato tan nítido, tan lleno de detalles, no parece estar situado más de dos décadas atrás. Susana creció, formó una familia y educó a sus hijos en Villa Verde, y lo sucedido en torno a esta historia la involucra en primera persona.
A ella acudió este medio para darle forma a un relato callejero y algo misterioso construido en base a datos sueltos.
“Enfrente de mi casa había un perro que era ciego. Las noches de luna llena empezaban a llorar todos los perros del barrio menos él”, arranca Susana. Y sigue: “para el lado que iba el “Toto” siempre salía corriendo una especie de animal negro que no corría como un animal común, por momentos lo hacía en dos patas”.
Si bien no hay testimonios de ataques por parte de la criatura, que rondaba los pastizales y se escondía en los jardines de las viviendas, la vecina aseguró que “mucha gente contaba que en su puertas y ventanas al otro día se encontraban rasguños”.
Y fue el padre de sus hijos, el que vivió una de las experiencias más cercanas con el lobizón: “el perro empezó a llorar, él escuchó un ruido medio raro entonces salió con un arma y lo vio en el patio de la casa, le disparó pero no le salió el tiro y el bicho pudo escapar, se le vino encima pero no para atacarlo sino para escapar, le pasó por al lado, era raro, era como una persona”.
Hombre lobo paraguayo
Como una persona. Así lo describen y en alguna medida, las especulaciones sobre su origen también contribuyen a la causa.
Por entonces vivía en el barrio una numerosa familia paraguaya, cuyo jefe era el séptimo hijo varón entre 15 hermanos, característica que de acuerdo con el saber popular ya lo convierte en un lobizón.
“Creer o reventar”, afirman los vecinos, y lo cierto es que hasta su propia mujer sospechaba de la condición sobrenatural del hombre con el que compartía la cama.
“Había una vecina que creía que era el marido. De día era un tipo común pero las características coincidían porque era séptimo hijo varón seguido y porque en esas ocasiones él desaparecía y después ella lo encontraba en el fondo de la casa tirado, lastimado”, asegura Susana, mientras comenta que desde hace algunos años el matrimonio abandonó el barrio.
“Esa vecina me llamó un día para que me fuera a quedar con ella. Yo ni loca”, recuerda y con un gesto de estremecimiento insiste en que “lo increíble es que vos sentís llorar a todos los perros”.
Con el correr de los años, la mudanza de la familia señalada y el cambio en la composición vecinal del lugar derivaron en que poco a poco la historia comenzara a diluirse. Pero como si el propio lobizón se resistiera a que lo olvidaran, cada tanto una nueva experiencia llega para revivir la leyenda.
Y dicen que todos los años, sin excepción, cierta noche de luna llena, los aullidos de los perros vuelven a encenderse. Y ya sin el “Toto” que lo enfrente, el lobizón vuelve a merodear las calles de Villa Verde.