Mitos y leyendas: El enano peludo de Carabassa
por Celeste Lafourcade
“Petizo, más chico que un enano”, describen los testigos al protagonista de una curiosa historia que desde hace algo más de ocho años circula en el barrio Carabassa. Están los que aseguran haberlo visto, los que hablan por testimonios de conocidos y los que, en cambio, creen encontrarlo en cada una de sus supuestas víctimas.
A la hora de la siesta, entre las vías de los ferrocarriles San Marín y Urquiza en la entrada del barrio del castillo más famoso, una extraña criatura deambula, sigilosa, con un aspecto que deja sin aliento a los que tienen la mala fortuna de cruzarse en su camino.
Dueño de una figura que espanta, las descripciones coinciden en que se trata de un ser pequeño cuyo cuerpo está cubierto por pelos y sus brazos son exageradamente largos para sus diminutas dimensiones.
Varias son las versiones que intentan determinar su naturaleza. Si su andar erguido lo asemeja a un ser humano, la rareza de su rostro donde sobresale un hocico similar al de un cerdo, lleva a descartar incluso la teoría de un duende.
En busca de más datos que avalen la historia, los testimonios desembocaron en Cecilia, una vecina de toda la vida del barrio que vivió en su propia familia una experiencia con el “enano peludo”, como elige llamarlo.
“Mi hermano lo vio, sí. Iba en una moto con un amigo y se les cruzó. Dicen que era tan espantoso que no pudieron seguir mirando, se escaparon, como hace todo el mundo”, contó la mujer, que antes de que se lo pidiéramos ya estaba alimentando el mito con más historias que lo ratifican: “un amigo de mi papá iba en bicicleta a trabajar y lo vio. Es un hombre grande, pero del susto dejó tirada la bici y no dejó de correr hasta que llegó a su casa”. “Aparece a la siesta –continuó- entre las dos y las cinco de la tarde, por eso nadie quiere pasar a esa hora”.
¿Chupacabras?
Si bien no hay antecedentes de ataques a humanos, a la insólita criatura se le adjudican crueles asesinatos en la zona, y es en este punto en que la historia comienza a asemejarse a la del chupacabras, una suerte de monstruo salvaje depredador de animales –a quienes les chupa la sangre- y que según la creencia popular habita en los montes de varios países latinoamericanos, entre ellos en el norte argentino.
“Hay como un montecito cerca y ahí aparecieron un montón de animales muertos, vacas, caballos, perros y todos los cuerpos están desgarrados”, advirtió Cecilia en su relato, para agregar el pasaje más sorprendente, que tuvo lugar pocos meses atrás: “para el domingo de Ramos apareció estacado un chancho muerto, vacío, pelado y sin la trompa, nadie sabe de donde salió ni nadie se animó a sacarlo, estuvo colgado casi 20 días hasta que un día desapareció”.
Sin embargo, hay un dato localista en el supuesto origen de nuestro chupacabras que lo distancia de la leyenda por todos conocida y le da un sentido de pertenencia –y por qué no, de realismo- al asombroso ser.
Fue hace casi una década atrás cuando en el zoológico de Luján el descuido de uno de los guardias provocó que se escaparan varios animales, entre ellos una pantera y un leopardo que fueron encontrados más tarde en Carabassa y, curiosamente, desde ese entonces se reporta en el barrio la extraña presencia.
“Dicen que es un experimento que hicieron con un animal y eso es lo que quedó”, afirmó la vecina, bajando la voz, como quien viola un secreto. Y antes de despedirse, soltó la anécdota que venía reservando para el final: “hace cuatro meses un colectivo de la empresa Ruta Bus venía por la zona, pasó la primera vía y antes de llegar a la segunda, lo ve cruzando la calle. El chofer clavó los frenos y la gente no entendía qué pasaba, entonces el hombre se da vuelta y pregunta: ´¿ustedes ven lo que yo veo?´. Ahí se bajaron todos y lo vieron. Era el enano peludo”.