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Soy Mano: Quisiera viajar como el papel

por Víctor Koprivsek
5 de junio de 2010 - 00:00

 

Estación de trenes, llega el camión de caudales. El enorme y carísimo camión que recauda el dinero de la boletería. Bajan tres hombres uniformados, bien prolijos con su chaqueta y armados hasta los dientes, uno se queda al costado del vehículo fastuoso, los otros dos van a buscar las bolsas.

Mientras tanto, ahí nomás, a escasos metros, que digo metros, centímetros, rozando casi a los custodios, haciendo cola en la boletería, esperando en el andén el tren desvencijado; la multitud apretada, con frío y sonando los dientes, observa.

El mensaje es claro y lapidario, sí. Terminante e implacable, sí.

- La plata, el dinero, la moneda vale más que ustedes, miserables esclavos silenciosos.

Pareciera que dijera la voz del más allá, esa voz del hombre gordo y pervertido que se sienta en un sillón y hace números.

Para el billete un camión blindado, para ustedes un tren roto y lento. Para el vil metal custodios robotizados capaces de dar la vida y matar, para ustedes un gendarme fumador.

Salen los muchachos con las bolsas repletas, la gente mira y calla.

En la vereda el camión espera con su Itaka. En el andén la multitud deja su cuota y sigue. La imagen se repite en Derqui, Pilar, José C. Paz, San Miguel, estaciones del San Martín, junto al obrero, a la trabajadora sin descanso, esas y esos que hacen girar la manivela, que le dan de comer a los gusanos.

Mundo hostil. Enorme construcción sigilosa, escalera al cielo dorado de los mercaderes.

¿Quién está detrás de la cortina? ¿Quién maneja los hilos despiadados?

El camión ostenta y deslumbra a los cansados, deja su huella por años y años de repetición.

Ese camión de una empresa con gerentes sin nombres, los que esconden las monedas para la especulación de la mesita con alfajores.

- Monedas, monedas, repite el viejo sin dientes, ahí nomás, porque todo sucede en 10 metros a la redonda.

Ya saben, le das diez pesos en papel y te devuelve ocho y un alfajor de 0,25 centavos.

Esa es la ganancia miserable. La de todos los del andén, todos los que esperan, callados o puteándose entre sí, empujándose, maltratándose.

Mientras el camión se va y todo sigue.

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