Mitos y leyendas: El velorio escandaloso
Encontrar a doña Carmen –ella no desea que publique su apellido, e incluso ya me retó por difundir su nombre de pila- fue una suerte, no sólo porque la casi centenaria vecina de La Lonja conoce muchísimas historias sobre ese Pilar pueblerino que ya ha desaparecido, sino también porque las cuenta con tal gracia que me basta con desgrabar sus charlas.
“Lo que voy a referirle sucedió cuando aún no había llegado yo de España. Sería por el veintitantos y me lo contó la hermana mayor de mi madre. Ella llevaba aquí ya varios años.
Resulta que había fallecido en Pilar un señorón de aquellos, cuyo nombre no he de decirle a usted por respeto a la familia, y porque temo no recordar bien el apellido y meterme en camisa de once varas.
Pues, como se usaba entonces, antes de darle tierra al difunto, rezarían por él una misa de cuerpo presente en la iglesia que, dada la importancia del muerto, habían enjaezado como para Viernes Santo.
Delante del altar mayor izaron un cartel negro con el nombre y apellido del muerto en letras blancas. De él, ocultando los dorados del retablo, pendían largos cortinados de crespón negrísimo, recogidos en dos bandeaux que se sujetaban a los grandes candelabros de pie, de metal plateado. En ellos, despidiendo un rico aroma a cera, ardían gruesos velones. Los candeleros rodeaban, junto a enormes jarrones repletos de flores, el catafalco cubierto con terciopelo también negro sobre el que descansaba el ataúd cerrado conteniendo el cuerpo del señorón que ya le he dicho.
Las malas lenguas -y también las buenas- decían que el tal señor, por más misas de réquiem y bendiciones que le echasen, se iba de cabeza al infierno sin que hubiese santo que sirviera para frenar su caída, pues el muy padrillo tenía dos familias, además de las queridas ocasionales de las que mal presumía por entonces todo hombre que de tal se preciase.
La familia legal, como quien dice, la había formado con una niña de buena cuna, como se decía por aquellos años, cuyos padres tenían más campos que pelos en la cabeza y que, con el paso del tiempo, se había convertido en una enorme bola de sebo cubierta de sedas, moños y alhajas de oro.
La otra mujer, con quien ya tenía hijos y a la que había puesto casa antes de casarse, era una hermosa mulata a quien llamaban La Mora. Ella regenteaba una fonda que, si mal no recuerdo, se hallaba por donde hoy está la fábrica Aván; pero recuerde usted que entonces, ni la ruta 8 estaba hecha.
Pues resulta que la mujer legal, la gorda, prohibió terminantemente que su socia -de la que tenía conocimiento- o los hijos que esta había tenido con su marido, concurriesen al velorio del señorón que, como era costumbre, se realizó en el comedor de su propia casa, corriendo los muebles y cubriendo los espejos con sábanas blancas.
No se extrañe usted de que la esposa conociese los devaneos de su cónyugue. En aquella época era muy común que estuviesen al tanto y, como las mujeres de buena familia no sabían hacer otra cosa más que bordar, tejer y hacer confituras; debían aguantarse más adornos en la frente que un Miura de buena ganadería, pues si se separaban, quedaban en la calle, sin un centavo y señaladas como culpables de la ruptura. Así era por entonces y estaba mal, pero tampoco está muy bueno lo de hoy, que como las mujeres tienen su trabajo y su propio dinero, ni ellas ni sus maridos hacen esfuerzo alguno por mantenerse juntos y al menor chisporroteo ya está, cada cual por su lado, y los hijos tironeados al medio, como dos de mis nietas…
Bueno, no me deje ir usted por las ramas que yo soy de no terminar nunca mis cuentos, como dicen en casa. La cuestión es que La Mora envió emisarios pidiendo que al menos sus hijos fuesen admitidos para decir adiós a su difunto padre, pero la gorda –Dios la perdone- se mantuvo en sus trece sosteniendo que los únicos y auténticos hijos del muerto eran los que ella había parido.
Habiéndosele negado la entrada al velorio, la segunda mujer planeó despedirse del finado en el mismo templo, cuando rezasen la misa; y poniendo ideas en hechos cargó a su prole en el sulkey y partió a todo escape para la iglesia, pues se había encontrado con el caballo de tiro enfermo y se vio obligada a uncir al coche el que tenía para silla.
Dicen que el animal, arisco de por sí, se puso aún más nervioso cuando vio a tantos congéneres sujetos a los coches del acompañamiento sobre la calle Lorenzo López, y más aún cuando sintió el aroma de los padrillos color de azabache de la carroza fúnebre. Para colmo de males, también enloquecieron al caballo las campanas tocando a muerto.
No se sabe si fue por mala rienda de La Mora, por lo arisco de la bestia, o vaya a saber por qué causa, el endemoniado caballo no detuvo su carrera al llegar al templo, sino que enderezó por el arco central del atrio y con un estruendo de herraduras sobre baldosas y arneses sacudidos, entróse por la nave a todo escape, llevando tras sí el sulkey con la espantada mujer y sus aterrorizadas criaturas.
Huyeron del altar el cura y los monaguillos en el momento justo en que el bruto arrojaba por tierra el ataúd, cuya tapa saltó por los aires. El cuerpo del señorón, liberado del mortuorio sobretodo, cayó despatarrado al pie del túmulo y allí sus hijos, tantos los de la gorda como los otros, corrieron a reacomodarlo amorosamente; que aunque mal marido, siempre había sido un padre cariñoso.
Contaba también mi tía que semanas más tarde, llegado el momento de hacer la sucesión, aparecieron a reclamar su parte infinidad de hijos del señorón, que brotaban de los ranchos de la peonada como hongos tras la lluvia.
Dicen que cada uno de los muchachos y muchachas traía una nota escrita y firmada de puño y letra por su padre, quien se encargó de hacerles un reconocimiento póstumo, como dijo a todos el juez de Paz.
Tantos fueron los hijos que salieron a la luz, que la gran fortuna debió dividirse en fracciones muy pequeñas, de manera que a cada cual le tocó sólo una parte tan disminuida que apenas les bastó para edificar casa decente en Pilar, donde viven aun muchos de ellos o sus descendientes.