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Mitos y leyendas: El viejo de los palitos en la nariz

21 de noviembre de 2010 - 00:00

 

Hace tres décadas, tan temido como el antiguo hombre de la bolsa, el “Viejo de los Palitos” (así, con mayúsculas, como si se tratase de un nombre y un bien ganado apellido) aterrorizó, sin proponérselo, los años infantiles de muchos pilarenses. La curiosa denominación con la que entró ya en la historia local se debe a dos delgados tallos secos que permanentemente llevaba insertos en sus fosas nasales.

Cuentan quienes lo conocieron que el pobre hombre era alcohólico. En su vicio invertía las monedas que le daban sin pedirlas, creyendo que las utilizaría para comer. Su sustento y el de los tres o cuatro perros que lo acompañaban lo obtenía por las noches, revolviendo en los tachos de basura.

Esmirriado, cubierto invierno y verano con piloto que conoció mejores épocas y tocado con un chambergo informe, el hombre recorría las calles céntricas mirando siempre hacia el piso, como si buscase algo perdido hacía ya mucho tiempo.

La insobornable fidelidad de sus canes quedó varias veces demostrada cuando algún agente policial intentó acercársele obedeciendo las demandas de algunos vecinos molestos por la sola presencia del vagabundo. Los esqueléticos y aparentemente mansos animales, se convertían entonces en feroces mastines defendiendo a dentelladas a un amo que parecía ignorar la existencia de cuanto lo rodeaba.

Muy pocos lo escucharon hablar. Algunos de los que tuvieron ese raro privilegio aseguran que poseía acento extranjero, si bien no coinciden en el momento de identificar la lengua en que se expresaba. Un vecino del barrio que por aquellos años era conocido como “El Laucha”, por haber tomado la denominación del bar cercano, me aseguró que el hombre era brasileño y que el uso de los palitos en su nariz provenía de una costumbre habitual entre los aborígenes amazónicos e incluso entre los guaraníes.

Otros afirman que era italiano, e incluso cuentan que alguna vez, cuando había bebido aún más que lo habitual, le oyeron narrar las atrocidades por él vividas en su pueblito cercano a Génova durante la Segunda Guerra Mundial.

Sólo muy de tarde en tarde, el Viejo de los Palitos parecía tener conciencia del entorno. En esas contadas oportunidades, sentado entre sus perros y apoyado en su enorme bolsa repleta de ropas y periódicos viejos, el hombre miraba detenidamente a su alrededor como si despertase de un sueño y no supiese dónde se encontraba. Entonces, una sonrisa beatífica se dibujaba entre su hirsuta barba hasta que algún niño, prendido a la mano de su madre y mirándolo con recelo, pasaba cerca. En ese momento, como asociado a los progenitores que con poco criterio pedagógico amenazaban con él a sus hijos, el viejo tosía o estornudaba ruidosamente provocando un terrible susto al pequeño que, invariablemente, rompía en llanto.

Tras esta ocasional picardía, el Viejo de los Palitos volvía a su mutismo e inexpresividad en medio de una comunidad que crecía al punto de ignorar cuándo y cómo dejó de vagar por sus calles.

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