Por Dr. Adrián Maciel
El tránsito en Pilar: entre el colapso y la falta de planificación
Como cada año, enero nos reconforta con una tregua en materia de tránsito. Por primera y única vez en lo que resta del calendario, es posible llegar a tiempo a las citas, desintoxicarse de los bocinazos y conseguir que la experiencia de manejar sea no ya confortable sino –al menos- tolerable.
Pero este paréntesis demasiado breve no es suficiente para alejarnos de la realidad cada vez más caótica que nos propone el tránsito en Pilar. Puentes colapsados, colectoras abarrotadas y los centros urbanos donde confluyen dos ingredientes explosivos: el crecimiento del parque automotor y la dificultad para estacionar.
Paradigma del caos vehicular, la bajada de Ruta 25 y Panamericana es quizás la expresión más ilustrativa de la anarquía del tránsito en Pilar. Acceso necesario para llegar a los dos colegios más concurridos del distrito, es la principal vía para ingresar a Pilar Centro desde la autopista y viceversa, y para tomar la ruta 25 o salir en dirección a ella.
Y como si fuera poco, cuenta con dos condimentos nada menores como una estación de servicio y un local de comida rápida a su alrededor. Un cóctel explosivo para el que ya ni siquiera se ensayan soluciones.
La escena se repite en el puente de la calle Guido, que conecta Panamericana con Ruta 8 y que en hora pico la circulación se enlentece a paso de hormiga. También en el de la calle Chacabuco, que une Panamericana con la Ruta 25 a la altura de Villa Rosa, donde en horarios de ingreso y egreso escolar la fila para acceder al puente puede llegar hasta la autopista y triplicar los tiempos esperables para atravesarlo.
Misma postal –o incluso algo peor- es la que nos devuelve el puente de la calle Mateo Gelves (ex El Petrel), principal acceso al Parque Industrial para el tránsito liviano. El crecimiento del parque automotor sumado a la expansión del predio fabril en el que, se estima, trabajan unas 15 mil personas, confluye en un cuello de botella muy por debajo de la capacidad que debería tener la arteria para soportar tanto tráfico vehicular.
Atravesar la calle Caamaño –recientemente acondicionada- sigue siendo un dolor de cabeza para los conductores en horarios de ingreso y egreso laboral y escolar.
Problemas de estacionamiento, calles que se vuelven intransitables en horas pico, maniobras peligrosas y accidentes son algunos de los daños colaterales de un crecimiento explosivo y caótico que, todo indica, irán a peor conforme avancen las inversiones –y bienvenidas sean- sin un ordenamiento adecuado.
Convertido en la tierra prometida para muchos que decidieron alejarse del agobio de la ciudad durante la pandemia en busca de una mejor calidad de vida, Pilar tiene por delante el desafío de trazar nuevos planes para ordenar el tránsito y empezar así a transformarse en el distrito que quiere ser.
Con un crecimiento sin previsión y desordenado, hoy nos encontramos con la posibilidad de tomar solo dos medidas, que sin ser la solución definitiva, producirían un impacto paliativo significativo.
Por un lado exigir a través del Gobierno Nacional, a la concesionaria AUSOL la pavimentación de las colectoras de Panamericana que atraviesan nuestro distrito, es decir, el cumplimiento del plan de inversión y comenzar las tratativas para la construcción -o readecuación- de los puentes Panamericana y Caamaño, y puente Panamericana y Ruta 25, como ya lo hicieron con el puente de Km. 50.
La otra medida sería la reformulación de un cuerpo de transito con más agentes, mayor capacitación, equipos y recursos, cumpliendo presencia estable en los mencionados puntos críticos.
Y si se quiere, una tercera que podría ser denominada “sintonía fina” o “sentido común”. Esto es, a modo de ejemplo; reducir los tiempos del semáforo del Petrel o colocar un cartel con “giro libre a la derecha con precaución” sobre Las Magnolias hacia Panamericana (esquina Jumbo). Pequeñas soluciones para grandes y conocidos problemas, que llevan años de reclamos pero ninguna solución.
*Concejal de Pilar