Tribuna del lector

Sobre la Orfandad Parental

Lic. Érica D’Elia M.P: 98691 Lic. Alejandra López Jascalevich M.N: 37322 Lic. Claudia Piccione M.P: 94728
domingo, 2 de febrero de 2020 · 00:00

En la privacidad del consultorio se hacen palabra los microsangrados de la orfandad parental en niños y adolescentes. Quizás, similar a la que padecemos como adultos, por parte de nuestros gobernantes, nuestro sistema de justicia, nuestros sistemas de seguridad. Todos atravesados por un discurso de lo inmediato. Del consumo. De la hiperexigencia productiva. Y la inconsistencia de los límites, los bordes, y los procedimientos éticos, en un “todo vale”. No podemos decirlo todo. Nadie puede decirlo todo. Sí podemos decir que todo efecto en un sujeto se desencadena por una multiplicidad de variables. Sin embargo... también existe lo cierto, lo indubitable. Todo indica que pensamos al otro con nuestra propia lógica. Entonces nos inunda el estupor, nos “patea la cabeza” que por ejemplo diez sujetos insertos en un tejido de convivencia social, golpeen hasta morir a un otro, desvalido en número e intención ante la agresividad. A un otro que se ubica ante los otros desde otra lógica. La lógica de la solidaridad, el reconocimiento, la empatía. El enamoramiento. Sí. Creemos que era así. Fernando era un chico enamorado. Sobran sus instantáneas besando, riendo, sonriendo, disfrutando. Sobran los relatos amorosos respecto del joven amoroso que fue Fernando. Y estalla la rivalidad “imaginaria”. Esa que se opone y se interpone a la supuesta inercia. Al despliegue de la agresividad. De esa violencia deportiva. De esa agitación hormonalmente comandada y desujetada de lo simbólico. ¿Y ahora? Ahora que la muerte insistió. Ahora que otro hijo que vivía ha muerto.  Ahora en repudio a los hechos de violencia recientemente acontecidos, los profesionales de la salud mental expresamos nuestra preocupación y reflexión al respecto. Ahora que otros diez jóvenes se consolidan en el ingreso a su adultez, como asesinos. Ahora que los Báez Sosa regresan a casa sin él. Amanecen sin él.  ¿Y ahora? ¿Sobre cuál de las variables podremos esta vez articular una revisión compleja? Ya lo hemos dicho: no se puede todo. Y también lo hemos dicho: está lo indubitable. Algo de lo indubitable es que hay sustancias que favorecen el descontrol de los impulsos. Otra, es que la impronta de la violencia se naturaliza. Entrevistado un ex combatiente de Vietnam, respecto de qué se siente al asesinar a otro ser humano, respondió literalmente: “Es como masturbarse... una vez que lo hacés, no querés dejar de hacerlo”. Así las cosas. Así, la toxicidad de lo ominoso, lo sórdido, lo horrible. Y la malla social permeable y desvitalizada. Y entonces surge otra verdad indubitable: algo se desencadenó. En este momento iniciático del pasaje de la adolescencia a la juventud, algo de lo no instalado se desencadenó. Como una falla estructural. Una falla estructural con su origen en la orfandad parental. 
 

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