El ejercicio requiere de un esfuerzo mayúsculo donde el lagrimeo por un tiempo mejor, en estas líneas, no tiene cabida.
Embarullado recorrido en reversa
Cuesta verlo, creerlo pero, en estos últimos veinte años los habitantes de Pilar modificaron algo de su comportamiento… ¿Qué?... ¿Siguen desconfiando de la novedad?... ¿Siguen eligiendo lo malo conocido? ¿Se inunda la Rivadavia?
Rápido barrido hacia y por el pasado pisado. El entretenimiento sumó pantallas, pochoclo y le puso lucecitas de colores y ruletas al kilómetro fifty. A lo largo de la Panamericana, desde Del Viso hasta acá, los comerciantes vieron cómo la competencia pesada silenció árboles y se hizo presente en cómodas cuotas.
Nos tranquilizamos, pusimos más establecimientos double schoolaridad y más barrios en la tierra del pituto. En las rampas descansan los autos y en los pozos la evidencia de nuestro no sé qué, ¿viste?
Polo polarizado, la foto de la bienvenida.
La cultura, siempre relegada al mal sonido de un 12 de octubre cualquiera, apretó dientes y la peleó en todo ese y este tiempo.
Si reviso las artes plásticas, la rica y variada música que nace de nuestras calles y me siento a disfrutar del teatro veo que hemos crecido.
Desde mi lugar de teatrero saco una foto para contarles que de algo fui testigo. Hace unos años, el teatro en Pilar estaba representado por un par de grupos que hacían su trabajo con amor, compromiso, desparpajo y mucha pasión. A esas manifestaciones, por momentos esporádicas, se sumaba el retorno del viejo hijo pródigo, los arrebatos de aquel que se sube al escenario buscando solo el aplauso y los intentos del que prueba, no le gusta y se marcha silbando bajito.
Pero había hambre. Mucha. Y se podía olfatear. Las ganas de algunos, exponentes de una generación formada por "Titi” Villar, levantaron la vista, se hicieron preguntas y empezaron a contar su historia. Voracidad que iba de la mano de la prepotencia, esa que busca, indaga y no descuida al espectador. Hay que decirlo, con timidez y reservas, las puertas –las oficiales y las subterráneas- se abrieron.
Consensuado o no, aquellos grupos, con estéticas disímiles, comenzaron un camino que creció paso a paso. Texto a texto. Afortunadamente, los faros no se apagaron y los que siempre estuvieron continuaron.
Hasta ese momento, el público que se acercaba al Lope de Vega (el lugar donde había que mostrar la criatura) era el familiar, amigo o vecino que se divertía con… el familiar, amigo y vecino que estaba arriba del escenario.
Un espectador que se brindaba a las emociones… hasta ahí. Le costaba abrirse a lo desconocido. Al otro. Allí, profundizando en ese punto, comenzó un trabajo de hormiga que exigió más compromiso, crecimiento y respeto por el material a presentar. Hubo excepciones, claro. Pero, esos errores fueron creativos, lejos estuvieron del espíritu amateur de antaño. Los actores y directores se formaron, sumaron conocimientos para continuar teniendo preguntas.
¿Qué pasó con la sala? La sala se fue llenando, el público fue creciendo y se alimentó un hábito atípico en la idiosincrasia del local. Por un par de horas, se abandonó el sillón.
Paradójicamente, hoy, la democratización de la sala enfrío la inercia. La buena noticia es que esos grupos, aquellos que surgieron y se fortalecieron en todo este tiempo siguen vivos.
Por ahí andamos, presentándonos en Pilar, girando, jugando, golpeando puertas. Los músculos de quienes hacemos teatro se han acostumbrado a la gimnasia de contar historias más allá de las gestiones y las banderas.
*Actor y director de teatro, columnista de cine en El Diario y FM Plaza.