Hace
20 años, Pilar atravesaba lo que las crónicas de la época dieron en llamar el
boom. Una explosión de inversión privada, con eje en el desarrollo inmobiliario
y comercial, que parecía destinada a transformar al distrito en un enclave del
primer mundo trasplantado al borde del conurbano. El Miami de la zona norte,
con todos sus atractivos y sus excesos, sin playas pero con shoppings.
Veinte años después, el boom dio paso al crac.
Un sinónimo de quiebra, según la real academia española.
La comparación es, claramente, extrema. Usada,
más que nada, a los efectos onomatopéyicos. Pero sin dudas, el resultado de
aquel boom es muy diferente del que se esperaba dos décadas atrás.
El distrito no se convirtió en ciudad satélite,
ni en el faro de innovación que nos habían prometido. Ni siquiera, en ese
tiempo y con los miles de millones de dólares invertidos, consiguió resolver
los problemas básicos de la mayoría de sus habitantes.
La inversión privada no tuvo su correlato en la
infraestructura pública. Ni siquiera en la planificación de qué distrito se
estaba desarrollando.
La idea que primó fue la falta de ideas y de
guía. Un abandonarse a la llegada de inversiones que, por sí solas, transformarían
la vida de los ciudadanos. Una versión urbana de la teoría del derrame, tan en
boga entonces como ahora.
El desquicio de la falta de un plan maestro se
ve hoy con crueldad patente. Pilar es símbolo de riqueza y miseria, al mismo
tiempo, un contraste acorde al país que se construía en los tiempos del boom.
El diagnóstico no busca originalidad. Una trama
vial interrumpida, con escasez de avenidas y accesos que unan las localidades
de manera rápida y segura. Mayoría de calles de tierra y un sistema de desagües
con zanjas a cielo abierto que dejó de ser moderno y saludable en tiempos de la
colonia. El agua corriente y las cloacas como un privilegio de pocos.
Si hasta el verde es escaso en el Pilar del
crac, donde las colectoras de la Panamericana -columna vertebral del boom- son el
parque que les falta a miles de familias cada fin de semana.
Veinte años, del boom al crac
Como se dijo más arriba, este diagnóstico no tiene pretensiones de originalidad. Por el contrario, es compartido con cada uno de los que, desde diferentes lugares, analizaron el fenómeno de Pilar, al que abrazaron con entusiasmo como un objeto de estudio que, luego, dejaron con decepción.
Es compartido, también, con el diagnóstico que traían en la mochila cada uno de los nuevos gobiernos que asumieron la conducción del destino del distrito en los últimos 20 años. Todos, invariablemente, llegaron con la firme intención de que su nombre quedara asociado al despegue definitivo, a la desaparición de las variables del crac. Todos se fueron sin lograrlo.
En el mejor de los casos, dejaron pequeños cambios, trazas de buenas intenciones. Algunos no pudieron, otros no supieron y hay, incluso, quienes no quisieron.
Pero como se dijo también en esta reflexión, el uso del concepto de crac no es taxativo. Pilar, afortunadamente, no está en quiebra, pese a los esfuerzos voluntarios o involuntarios de muchos que perecen empecinados en llevarlo a ese lugar.
Estos 20 años, que en la vida de una persona son definitorios –desmintiendo al tango- son nada en la historia del distrito. Un soplo, no mucho más.
La impericia pública y la avaricia privada de muchos de los que dejaron escapar las mieles de aquel boom, no pudieron con la potencialidad de esta tierra, que tiene en la gente que la habita su mayor riqueza.
Tal vez Pilar nunca sea la Miami de la zona norte, ni el Silicon Valley del conurbano. A lo mejor, la ciudad satélite autosustentada no sea lo que el futuro tiene deparado para este distrito. Y quizá sea mejor así.
El futuro de grandeza de Pilar, que no es otra cosa que el mejor futuro que pueda darle a sus habitantes, solo requiere de dirigentes capaces de poner los intereses públicos por encima –a la par, aunque más no sea- de los particulares. De generar el desarrollo sin esperar que vuelva un boom. Y, sobre todo, de amar esta tierra como a ninguna otra.