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Tribuna del lector: Hasta siempre, Pepa

1 de noviembre de 2015 - 00:00

 El último 31 de agosto, a los 93 años, falleció Josefina Pepa de Noia, una de las 14 Madres que la tarde del 30 de abril de 1977 se juntaron en la Plaza de Mayo con el objetivo de organizarse y ver qué podían hacer para recuperar a sus hijos secuestrados.

Esa tarde, Pepa, atravesada por la esperanza y la impaciencia, se confundió en el horario y llegó dos horas antes. No podía imaginarse que era la primera de las primeras de un movimiento que perduraría por los años y se transformaría en una insignia, para el mundo entero, de la lucha por la memoria, la verdad y la justicia. Tampoco podía imaginarse que esa tarde de abril nacía una lucha que perdura casi 40 años después. Ni que iba a seguir buscando a su hija Lourdes hasta el último día de su vida.
Conocí personalmente a Pepa hace relativamente poco, en 2009, cuando el Municipio de Morón organizó un homenaje a las Madres que vivían en el Partido. Se trataba de un conjunto de obras de teatro. Tiempo después comenzamos a invitarla a las actividades relacionadas con los Derechos Humanos que organizábamos en la Biblioteca Palabras del Alma, del barrio de Peruzzotti de Pilar.
Para esa misma época compartí varias rondas de los jueves en la Plaza de Mayo. A Pepa, con noventa años, le costaba mucho caminar, pero iba a la Plaza, daba vueltas hasta que sus piernas resistían y después se sentaba en un banco, a fumar un pucho, contar la historia de las Madres a algún curioso interesado y acompañar desde allí a sus compañeras, las otras Madres de la Línea Fundadora.
Me gustaría compartir algunos rasgos de Pepa, que dicen mucho de esta Madre imposible de olvidar:
• La búsqueda infatigable, sin descanso ni distracción alguna, de su hija Lourdes, de la que no supo nada hasta el día de su muerte. Ni cómo murió, ni cuándo, ni en qué centro de detención estuvo, ni dónde están sus restos. Hasta el último día de su vida, Pepa fue una fumadora compulsiva. Un día en que visitó la biblioteca para ver y debatir la película documental “Madres”, yo la noté inquieta y le pregunté si quería tomar algo o ir al baño: “No, nene –me contestó- lo que quiero es salir a fumarme un pucho”, y me guiñó un ojo. El cigarrillo en Pepa era para mí la contracara de su ansiedad por llegar temprano aquel 30 de abril histórico. Las dos caras de una misma moneda: una ansiedad sin fin por saber algo de Lourdes, aunque sea “un poquito así”, como Pepa solía decir acercando su dedo índice al pulgar, hasta casi unirlos. ¿Cuántas veces habrá mirado su reloj aquella tarde de abril en que las otras madres no aparecían? ¿Cuántos puchos habrá consumido a la espera de alguna noticia sobre Lourdes, que pudiera aliviar aunque sea “un poquito así” el desasosiego por esa vida hermosa y querida, robada por los militares?
• También llamaba la atención en Pepa cómo se combinaban, en su forma de ser, la tristeza y la picardía. Nunca vi una mirada tan triste como la de Pepa, una mirada cargada del pesar de quienes han perdido lo más valioso… y son concientes de que no podrán recobrarlo. Una mirada de una tristeza serena pero definitiva. Y al mismo tiempo tenía una picardía y un humor que la hacían doblemente adorable. De la misma manera, se dolía por la poca asistencia al velatorio de una compañera y simultáneamente intentaba averiguar su edad exacta para jugarla a la quiniela al día siguiente. Y se le dibujaba en su rostro –lleno de arrugas y de luchas- una sonrisa siempre medida, como esos días en que el sol aparece un poco apagado por las nubes. Y guiñaba el ojo. Con complicidad y picardía.
• Pepa de Noia fue una Madre de una sencillez enorme. Como sus madres más amigas (Norita Cortiñas, Mirta Baravalle, Elia Espén), Pepa viajaba en colectivo para ir a la plaza cada jueves. Y cuando ya no pudo peleaba con los remiseros por el precio del viaje. Se atendía en el Hospital Posadas, un hospital público, como corresponde a una mujer del pueblo. Como ya dijimos, jugaba a la quiniela… y cuando ganaba escondía la plata para no gastarla y comprar caramelos para los chicos de Peruzzotti. Chicos que percibían esta ternura porque jamás, desde la primera vez en que Pepa visitó Palabras del Alma, dejaron de preguntar por ella, de preocuparse por su salud, de preguntar cuándo nos volvía a visitar.
• Finalmente, Pepa fue una enorme luchadora, que siempre estuvo donde había que estar. Recorrió cuarteles, iglesias, comisarías, juzgados y cuanto lugar fuera necesario para reclamar por Lourdes, y por los otros hijos e hijas desparecidas por el Terrorismo de Estado. Pero también estuvo, siempre, al lado de los estudiantes, de los trabajadores despedidos, de los pueblos originarios, de los excluidos. A Pepa nunca hubo que rogarle. Siempre fue donde había que ir. Ella decía que no sabía “hablar”. “Para hablar está Norita”, repetía. Pero sabía que su pañuelo blanco y su presencia sencilla y hermosa eran capaces de dar mucha más fuerza a todas las luchas. Y allí estaba Pepita, sin hacerse esperar.
Con la muerte de Pepa se ha ido una de las indispensables, una de esas mujeres necesarias porque luchan toda la vida, porque no tienen agachadas, porque hacen lo que se debe. Siempre. Y sin buscar aplausos ni recompensa. La noche del 31 de agosto la velaron en la Magistratura Porteña, porque era ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando pasadas las diez de la noche, se cerró la Magistratura, ofrecí a las Madres Nora Cortiñas y Mirta Baravalle, sus grandes compañeras, acercarlas hasta sus casas. Nos fuimos en mi auto, escapando del frío de la noche y del frío del corazón. Tratando de hacer más soportable la tristeza.
Cuando nos acercábamos a la casa de Mirta, me atreví a preguntarle si ella creía en Dios. Me dijo que sí. Entonces le confesé que yo creía que en ese momento tan triste para nosotros, nuestra querida Pepa estaba por fin apretando a Lourdes en un abrazo interminable. Un abrazo que venía preparando desde hace 38 años. Y entonces Mirta, que tiene 90 años, me respondió: “Yo creo que sí, que ya va siendo hora de reencontrarnos con los nuestros. Lo que pasa es que todavía queda mucho por hacer acá”.
Y es cierto: mientras haya un nieto apropiado, una injusticia, una causa justa por la que pelear, va a quedar mucho por hacer a nuestras queridas Madres. Pero también es indiscutible que lo que han hecho y logrado es impresionante. Que son titanes de la lucha, el dolor y la esperanza. Que le enseñaron al mundo entero el valor de la organización y la coherencia. Y que en esta Argentina somos muchos los que estamos dispuestos a tomar esa antorcha encendida. Y no permitir que se apague. Para que Pepa pueda descansar en paz. Para que sepa que tiene las espaldas bien cubiertas. Para que desde donde esté pueda guiñarnos un ojo una vez más, mientras tira su inagotable pucho. Porque necesita tener sus dos brazos libres para estrechar a su hermosa Lourdes en un abrazo que va a durar toda la eternidad. 
 


 
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