El papa León XIV envió su primera carta oficial a la Argentina. El mensaje fue leído en la apertura de la 31° Conferencia Industrial, organizada por la Unión Industrial Argentina (UIA), que se realizó este jueves en el Centro de Convenciones de Buenos Aires bajo el lema “El futuro de produce hoy” con la presencia de numerosos empresarios y la participación de disertantes como el ministro de Economía, Luis Caputo.
León XIV llamó a los empresarios argentinos a poner la economía al servicio del bien común
En una carta enviada a la UIA, el Papa León XIV destacó el rol social de los empresarios argentinos y señaló a Enrique Shaw como modelo de empresario. Detalles.
En su texto de cinco páginas, León XIV exhorta a los empresarios a trabajar en una economía en favor del bien común siguiendo el ejemplo del empresario argentino Enrique Shaw, que el pasado 17 de junio quedó un paso más cerca de la beatificación luego de que el milagro atribuido a su intercesión tuviera la aprobación de la comisión teológica: "Es un modelo actual para todos los que conforman el mundo laboral. Su vida muestra que se puede ser empresario y santo".
“Este espacio nos ofrece, en el marco del Jubileo de la Esperanza, una entrañable ocasión para reconocer que la economía y la empresa, cuando se orientan al bien común, pueden y deben ser motores de futuro, de inclusión y de justicia”, expresa el Papa.
LA RERUM NOVARUM
A continuación, exalta la vigencia de la encíclica Rerum Novarum, de León XIII, fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia en su forma actual, en la que se denunciaban "las condiciones injustas de muchos trabajadores”
y, en ese sentido, “se subrayaba el derecho a un salario justo, a formar asociaciones y a vivir con dignidad”.
“Estas palabras resuenan como un desafío constante, porque nos invitan a no medir el éxito de la empresa únicamente en términos económicos, sino también en su capacidad de generar desarrollo humano, cohesión social y cuidado de la creación”, sostiene.
Así, la industria no debe verse solo como un motor económico, sino como un instrumento al servicio de la dignidad humana. Promover fábricas, empleo y producción local, afirmó, responde a una vocación social que compromete a toda la comunidad cristiana.
Sobre el bien común, ha dicho el Papa que este “exige que la producción y el beneficio no se persigan de manera aislada, sino que se orienten a la promoción integral de cada hombre y de cada mujer”. Y subraya lo que apuntaba su predecesor León XIII: “si los trabajadores reciben un salario justo, ello les permite no sólo sostener a sus familias, sino también aspirar a una pequeña propiedad y amar más la tierra trabajada por sus propias manos, de la que esperan sustento y dignidad, y así, abrirse a más altas aspiraciones para su vida y la de los suyos”.
A la vez, el Pontífice advirtió sobre el riesgo de una visión meramente economicista del quehacer de la sociedad, que relega la centralidad de la dignidad humana, al señalar que “la Iglesia recuerda que la economía no es un fin en sí misma, sino un aspecto esencial, pero parcial, del tejido social, en el que se desarrolla el proyecto de amor que Dios tiene para cada ser humano”.
Finalmente, el Papa exhortó a los empresarios a que “trabajen en favor de una economía que esté al servicio del bien común. Que esta Conferencia Industrial sea un espacio para renovar el compromiso con una industria innovadora, competitiva y, sobre todo, humana, capaz de sostener el desarrollo de nuestros pueblos sin dejar a nadie atrás”, dijo.
QUIÉN FUE ENRIQUE SHAW, EL EMPRESARIO ARGENTINO QUE PODRÍA CONVERTIRSE EN SANTO
Siguiendo al Papa Francisco, León XIV presentó el “ejemplo luminoso” del siervo de Dios Enrique Shaw, empresario argentino “que entendió que la industria no era sólo un engranaje productivo ni un medio de acumulación de capital, sino una verdadera comunidad de personas llamadas a crecer juntas”.
Shaw fue un pionero que unió el mundo de los negocios con la justicia social y desafió los moldes de su época y dejó una huella indeleble en el empresariado argentino.
Miembro de la élite argentina, Enrique Shaw, el menor de dos hermanos, nació en hotel Ritz de París en 1921 y lo anotaron como argentino apenas el barco los devolvió de Europa. Había nacido en “cuna de oro”: era hijo de Alick Shaw y también de Sara Tornquist Altglet. Su padre, se había puesto al hombro el negocio financiero de su familia política y eso lo tendría viajando por el mundo constantemente.
Tras abandonar una prometedora carrera militar, se volcó al mundo empresarial con una mirada profundamente humana. Se casó con Cecilia Bunge, hija del fundador de Pinamar, con quien tuvo nueve hijos. Fue en Cristalería Rigolleau, empresa de su familia, donde comenzó a forjar un modelo de gestión centrado en el respeto y el bienestar de los trabajadores.
Influenciado por la carta encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII y por la Doctrina Social de la Iglesia, Shaw promovió condiciones laborales dignas, impulsó la ley de salario familiar y fundó la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa(ACDE).
En uno de los gestos más recordados de su vida, poco antes de morir a los 41 años, recibió una transfusión de sangre donada por los operarios de la cristalería. “Ahora soy feliz, ya que por mis venas corre sangre obrera”, dijo entonces.
Su causa de canonización fue impulsada por el Papa Francisco, quien lo declaró venerable en 2021. El proceso había comenzado en 1999 y hoy continúa avanzando, con la evaluación de una curación atribuida a su intercesión que no encuentra explicación científica.
“Su liderazgo se distinguió por la transparencia, por la capacidad de escucha y por el empeño para que cada trabajador pudiera sentirse parte de un proyecto compartido”, dijo el Papa.
Entre otras cosas, el argentino siervo de Dios, “promovió salarios justos, impulsó programas de formación, se preocupó por la salud de los obreros y acompañó a sus familias en sus necesidades más concretas. No concebía la rentabilidad como un absoluto, sino como un aspecto importante para sostener una empresa humana, justa y solidaria”.
“Pero la coherencia del Siervo de Dios no se limitó al ejercicio de su profesión. También conoció la incomprensión y la persecución profetizadas por Cristo para los que trabajan por la justicia (cf. Mt 5,10)”.