El circo Sathany tiene una tradición de 20 años. Compuesto por familias que fueron reclutadas en distintos puntos del país, intentan mantener bien firmes las raíces del circo de antaño. Aquel que entre equilibristas, payasos y malabaristas, hacía soñar a grandes y chicos por igual.
En la añoranza de los grandes y la fascinación de los chicos
Alambre en altura, globo de la muerte, péndulo, malabares y acrobacias son parte del espectáculo que estuvo exhibiendo el circo Sathany en Bianea el último mes. Aquel circo que se ve en películas o en series, donde un locutor presenta distintos números y, entre pochoclos y algodones de azúcar, los ojos de grandes y chicos se expanden para, con asombro y alegría, absorber todo lo que están viendo.
Y más allá del espectáculo en sí, lo atractivo del circo es la vida que hacen los protagonistas que viven en una especie de submundo de fantasía, y a bordo de sus casas rodantes y motorhomes, recorren el país y en cada pueblo que abandonan, dejan a sus habitantes con la esperanza de volver a verlos.
Estos ciudadanos nómades que, entre horas de ensayo, tiempo y dedicación, nacen y viven con el circo como motor persiguiendo un único objetivo: que el espectáculo que consideran "el más sano y puro de todos”, no muera nunca porque, tal y como sostienen "podrán venir 5, 100 o 1000 personas pero no lo vamos a dejar morir”.
Y en la añoranza de los grandes que sueñan con volver a su infancia y los chicos que descubren un mundo nuevo alejado de la tecnología, pasan los años, pero el circo sigue en pie, sin perder su vigencia.