Como extraído del barrio Los Troncos de Mar del Plata, el chalet Martínez -tal su denominación coloquial y la que perdura a través de los años- fue un estandarte de la arquitectura local de mediados del siglo XX y emblema, al mismo tiempo, del avance comercial que terminó por cambiar y en casos como este, hacer añicos, la estética del centro de Pilar.
La mansión de piedra que sobrevive en el recuerdo de los pilarenses
Construida entre 1955 y 1957, la enorme casona ubicada en la esquina de Ruta 8 e Ituzaingó, donde paradójicamente hoy funciona el único shopping del centro de Pilar, fue propiedad del próspero comerciante don Francisco José Martínez y de su mujer, María Luisa Ridella.
Revestido en piedra, el chalet estaba construido sobre una lomada y se accedía a él a través de una gran escalera que se divisaba desde el exterior, al igual que sus fantásticos jardines de especies exóticas, incluidas enormes palmeras, que cautivaban a todo aquel que pasaba por el lugar.
Tanta era la riqueza estética de aquella propiedad que fue durante décadas el sitio elegido por novias y quinceañeras para tomarse fotografías. El espacio era cedido generosamente por los dueños de casa, quienes también les abrían la puerta a todos los amigos que quisieran celebrar algún acontecimiento en el gran salón de la planta baja del inmueble.
Historia
Nacido en Empalme, actual localidad de Fátima, Francisco había llegado a Pilar con 21 años para dedicarse al comercio. Así es que en la esquina de Pedro Lagrave y Víctor Vergani abrió un almacén de ramos generales que poco a poco fue ampliándose hasta incorporar los rubros de ferretería y corralón. A los 23 años contrajo matrimonio con María Luisa y sus tres hijas, Doris, Lucy y Mirta, no tardaron en llegar.
Apasionada por el estilo arquitectónico que se imponía en Mar del Plata por aquellos años, fue su mujer la encargada de definir las características de la nueva casa familiar cuando la propiedad en la que residían hasta entonces comenzó a quedar pequeña.
De inmediato, Luisa le encomendó los planos de su nueva casa que iba a estar emplazada sobre cinco lotes y medio. Para transformar el relieve utilizó tierra donada por el Municipio que por entonces estaba realizando tareas de pavimentación en varias calles de Pilar.
La planta baja, construida debajo de la lomada y con características de subsuelo, contaba con tres habitaciones, una cocina, un baño y un gran garage utilizado con frecuencia como salón para fiestas familiares y de amigos por cuyo uso “mi papá nunca cobró ni un peso, al contrario, nosotras nos teníamos que quedar limpiando después de las fiestas”, recordó Lucy entre risas, para agregar que “era fresca en verano y cálida en invierno, eso le encantaba a mi mamá”.
En el primer piso, al que se accedía por las grandes escaleras exteriores, funcionaban otras tres habitaciones, dos livings, dos comedores, una cocina y un escritorio. En todos los ambientes predominaba el estilo afrancesado, con molduras en las paredes y gran predominio de la madera. Era allí donde transcurría la vida cotidiana de la familia.
Entre los elementos más valiosos desde el punto de vista arquitectónico, se destaca el revestimiento en piedras que le dio la identidad característica al chalet. Los bloques traídos especialmente desde Mar del Plata fueron tallados a mano por el picapedrero portugués José Basteiro, que también realizó trabajos internos en distintos ambientes de la vivienda, como en el frente del hogar a leña donde esculpió una flor de lis con el nombre de la dueña de casa.
El jardín, con piscina y quincho, era otro de los espacios preciados de la propiedad, con una frondosa arboleda exótica que María Luisa cuidaba con devoción. Un gran ombú coronaba el espacio verde, donde también había enormes palmeras.
El final
Hasta 1998 el chalet permaneció habitado por Lucy, su marido Julio Bourguet, sus tres hijas y Mirta, la menor de las hermanas Martínez. Meses antes -en la Navidad de 1997- había fallecido su madre, casi tres décadas después que su padre, quien murió de forma repentina en 1970 a los 60 años.
Una oferta de U$S 2.000.000 de la petrolera Shell para adquirir la esquina dividió opiniones en la familia. Finalmente, la propiedad terminó vendiéndose por U$S 1.760.000. “Tuve que ir al psicólogo, me parecía que le fallaba a mi mamá, todos queríamos ese chalet”, recuerda Lucy, que antes de dejarlo se llevó las piedras, aberturas y tejas que hoy subsisten en su casa actual.
“Los nuevos dueños me dijeron llévese todo menos las palmeras, así que me traje unas que son hijas de las de mi mamá”, explicó la mujer que hoy tiene 85 años y sigue recordando el chalet como el sitio donde pasó los mejores años de su vida.
La estación de servicio funcionó por menos de una década hasta que en 2008 el inmueble fue adquirido por los inversionistas que desarrollaron allí el shopping Pilar Point, inaugurado en 2009.
Con su demolición comenzó a desvanecerse parte del registro arquitectónico de una época de Pilar, de la que hoy sobreviven apenas un puñado de viviendas, muchas de ellas al borde de correr la misma suerte.
“Mi mamá era una enamorada de las casas marplatenses y un día paseando por Pacheco vio una casa sobre una lomada natural que le encantó así que le tocó el timbre al dueño y le preguntó quién se la había hecho”.
De novela
Por sus características de mansión, en 1981 el chalet ofició como locación de la novela “Laura Mía”. En la ficción se presentaba como la casa de Raúl Taibo, quien filmó varias escenas exteriores en la inolvidable escalera de piedra.