En la cuadra de las colas interminables y las veredas rotas, ahí, estoico, permanece el buzón rojo, depositario durante décadas de la correspondencia de los pilarenses.
El misterioso buzón rojo de los años 30
Resiste estoico en la vereda del Correo Argentino. Cuando el mail tiene contra las cuerdas a los sobres, se niega a desaparecer.
Hoy, cuando el correo electrónico mantiene contra las cuerdas a su hermano mayor, el de las estampillas y los sobres cerrados, cada tanto, vuelve a revivir con alguna confesión, con alguna noticia o con algún saludo en forma de carta.
En su parte superior puede leerse “Bash Hermanos & Cía” y “Talleres del Fénix”, el nombre de una fábrica centenaria especializada en la fabricación de productos destinados a resguardar bienes, tales como cajas fuertes o ficheros.
La existencia del taller se remonta al año 1890 y fue en la década de 1930 cuando revolucionaron el mercado a través de la fabricación de buzones “tipo hongo” cuando, como ellos mismos explican, “recién se comenzaban a plegar y cilindrar las chapas de acero, dado que entonces las cajas eran de cantos vivos y remachaban entre sí”. La partida fue de unos escasos 300, la mitad de los cuales –se estima- fueron colocados en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pero uno de ellos todavía puede verse sobre la calle Pedro Lagrave entre Ituzaingó y Fermín Gamboa, en la puerta del Correo Argentino.
A mano del cartero
Menos visible pero igual de efectivo en sus funciones, el buzón de hierro de la esquina de Rivadavia y Tucumán que aún conserva algo de su fachada original es otra de las reliquias para las miradas atentas. Amurada a la pared, la caja metálica color amarillo despintado lleva en relieve la leyenda “correo”.
Inadvertido por la mayoría de los miles de peatones que circulan a diario por esa zona, en una de las esquinas más transitadas permanece el buzón que hoy se alimenta de papeles viejos y basura.