por Ricardo Tutuca Giménez
TRIBUNA DEL LECTOR
Oligarca revolucionario, presidente legalista y políticamente progresista”
En 1922, Hipólito Yrigoyen lo elige como candidato a presidente de la República y acompañado por Elpidio González, triunfa rotundamente en las elecciones generales. Fue el segundo presidente radical y asumió el 12 de octubre de 1922 hasta terminar su mandato el 12 de octubre de 1928, año en que garantizó una elección transparente que consagró a Yrigoyen como presidente por amplia mayoría.
Su presidencia duró exactamente seis años. Su gobierno estuvo marcado por el crecimiento económico, el avance automotor sobre la Argentina, la exitosa explotación petrolera y la absoluta ausencia de conflictos.
Permítanme recordar solo algunos actos de gobierno de Alvear: reorganización del Banco Hipotecario Nacional; protección a los colonos y chacareros frente a los terratenientes; creación de la Marina Mercante Nacional; realización del tren de las nubes, conectando Salta con el Océano Pacifico; finalizó las destilerías de petróleo en La Plata; se reactivó el flujo de la inmigración; se reglamentó el trabajo de menores; se reglamentó el pago de salarios.
Sigo: se avanzó con la Ley 11.289 hacia la jubilación universal y obligatoria; creó el Ministerio de Salud Pública, el Instituto de Nutrición y el de Pedagogía; construcción de los ministerios de Hacienda, Obras Públicas, Guerra y Marina y del Banco Nación; Fábrica Militar de Aviones en Córdoba; impulsó el crecimiento de YPF y nombró a Enrique Mosconi como director.
Y concluyo: construyó la Casa del Teatro y el teatro Cervantes; creación de un gran frigorífico nacional para competir con los ingleses; llegan a la República las fábricas Ford y General Motors; obligatoriedad del contrato escrito y la duración de los mismos para arrendamientos; inauguró el Palacio del Correo; construye el subterráneo Lacroze.
Permítanme compartir un concepto de Marcelo T. de Alvear luego de terminar su mandato:“Puedo decirlo con jactancia y lo digo sin reparos: nunca, absolutamente nunca, en ningún momento de mi gobierno, he tomado una medida con el propósito de favorecer a mis amigos, lesionado siquiera sea indirectamente los legítimos intereses de nadie, así hayan sido mis más encarnizados adversarios. Por encima de todo está el concepto y el honor del gobernante, y debe estar su incansable afán de gobernar para su pueblo, para todos los argentinos, lo repito y no para un grupo de partidarios circunstanciales.