Santuarios al paso: un recorrido por los refugios del rezo popular

En rincones, rutas y veredas, altares urbanos contienen las plegarias de vecinos y transeúntes. Santos paganos y oficiales son venerados en la vía pública. Se multiplican las ofrendas y promesas.
12 de junio de 2011 - 00:00

 

Agua, flores y plegarias en el santuario de la Difunta Correa, en Villa Astolfi.

  

 

por Celeste Lafourcade

 

Los hay paganos y también dedicados a figuras reconocidas por la Iglesia Católica. Convocan a cientos de personas que llegan hasta ahí con sus pedidos, objetos y agradecimientos a cuestas, y también a aquellos que detienen su paso atraídos por la curiosidad.

Coloridos y desbordados, sus calladas imágenes, amuletos y ofrendas guardan historias y promesas. Son una expresión de la cultura popular que mezcla lo divino con lo mundano, sin cuestionamientos.

La Difunta Correa, el Gauchito Gil, San La Muerte , Tibor Gordon e incluso la Virgen María , son honrados en altares urbanos construidos a pulmón y cuya supervivencia está sujeta a la buena voluntad de los vecinos. 

 

Gauchito Antonio Gil

Sus altares, embanderados de color rojo, de distinto tamaño e igual mística, son moneda corriente en rutas, veredas y frentes de viviendas. Tocar bocina a su paso es signo de devoción y respeto, y acercarse los días 8 de cada mes, casi una obligación.

Entre todos los que se alzan con el esfuerzo de devotos anónimos y agradecidos, existe en Villa Rosa el que bien podría denominarse “santuario oficial” del Gauchito Gil.

Como tantas otras ciudades del interior, sobre la ruta 25, Pilar cuenta desde hace seis años con un gran oratorio organizado y sostenido por autoridades y vecinos, que según su cuidador, convoca diariamente entre 30 y 40 personas, un número que puede llegar a multiplicarse por diez cada 8 de enero.

Catorce velas rojas rodean la imagen del gaucho correntino, rebelde con las autoridades y cumplidor con los fieles, que encabeza el santuario donde también tienen lugar cruces rojas, rosarios y figuras de San La Muerte, el santo pagano a quien Antonio Gil evocaba para su protección y con el que, por ello, comparte seguidores.

“Desde que está el jefe no robaron más”, apunta don Mario, el cuidador, en referencia al santo esquelético envuelto en una parca cuya tétrica imagen no se condice con los milagros que se le adjudican.

Vasos de vino, cigarrillos y puñales son algunas de las ofrendas que resisten el paso del tiempo en el santuario del Gauchito Gil. Velas, cadenas de oro, ropa de bebés, placas y hasta patentes de autos son depositadas allí por aquellos que, tomando nota de su fama de vengativo para quienes dejan impagas sus promesas, le devuelven en forma de objetos los favores cumplidos.

 

La Difunta Correa

Cientos de botellas de diferentes tamaños apenas dejan ver las imágenes, ya deterioradas, de la mujer que se convirtió en leyenda allá por 1850. Emblema de las rutas norteñas argentinas, los altares de la Difunta Correa mantienen vivo un culto que comenzó en San Juan y que la tradición oral trajo hasta estas tierras, donde desde 1995 tiene su propio santuario, sobre la calle Las Piedras, camino a Villa Astolfi.

Cuenta la historia que Deolinda Correa murió de sed en el desierto sanjuanino por fidelidad a su marido, intentando escapar de los brazos de un comisario que quería poseerla. Quienes la encontraron advirtieron su primer milagro que dio paso a la creencia popular: su niño continuaba vivo, amamantándose del cuerpo de quien desde entonces sería “la Difunta Correa”.

En el santuario local, entre bidones y botellas, algunas decoradas y otras ya sin agua, cuatro imágenes de yeso de la venerada mujer, conviven con otras de la Virgen de Luján, rodeadas de estampitas, rosarios, chupetes y precarias notas de agradecimiento escritas a mano.

El paso del tiempo y algo de descuido dejaron su huella en el precario santuario rodeado de baldíos y pastizales. Sin embargo, prescindiendo de centinelas, el altar continúa en pie y a la espera de una nueva botella por parte de quienes detienen su marcha en la recóndita curva para rendir tributo a la santa pagana.

 

Tibor Gordon

Las plantas naturales que decoran el exterior de la bóveda delatan el impecable mantenimiento que impide adivinar que ya son 25 los años que transcurrieron desde que los restos del hermano Tibor Gordon descansan en el lugar.

Placas de bronce, de cerámica, flores y agradecimientos adornan la tumba quizás más concurrida del cementerio de Pilar, que ya tiene carácter de santuario.
Hasta allí peregrinan anualmente centenares de seguidores que, incluso sin haberlo conocido en persona, continúan invocándolo para conseguir favores espirituales. Tres dedos de la mano derecha colocados sobre la puerta de la bóveda emulando la peculiar forma de imponer las manos de Tibor Gordon Goldemberg, es el respetuoso saludo que se repite entre los fieles que llegan a su morada final.

Nacido en Checoslovaquia en 1918, Tibor Gordon llegó a la Argentina en 1944 y sus demostraciones de fuerza –aseguran que podía doblar barras de hierro o dejar pasar un camión sobre su abdomen- le valieron la captura de grandes masas de público. Diez años más tarde, ya instalado en Manzone, la convocatoria estaba dada por su habilidad para la sanación espiritual.

La historia narra que unas mil personas por día se acercaban a su vivienda a recibir los consejos del hombre que lucía un poncho con los colores del Arco Iris, nombre de la obra benéfica que fundaría con sus colaboradores.

Fue un día de 1986, mientras atendía a sus fieles, cuando murió repentinamente por un ataque de hipertensión. Desde entonces, su tumba se convirtió lugar de veneración de quienes siguen llamándolo hermano e incluso “padre espiritual”. Al igual que su propia vida, su lecho de muerte también recoge mitos e historias populares.
Cuentan que el mantenimiento del lugar no es otra cosa que obra de una misteriosa mujer que cada viernes se acerca al cementerio de la calle Lorenzo López a velar por la buena conservación de los restos de su maestro.

 

La Virgen de Luján

Metros antes de la entrada del precario santuario de barro reconocido por la Iglesia y difundido como atractivo turístico de la zona, otro menos promocionado y quizás más genuino acapara las plegarias de los devotos de la Virgen proveniente de Brasil que eligió quedarse en Pilar en 1630.

Las circunstancias históricas y hasta algún descuido quisieron que fuera Luján su lugar definitivo, aquel que le otorgaría verdadera popularidad a la que terminaría por convertirse en la Patrona de la Argentina.

Pero los traslados y hasta la construcción de una réplica de la capilla original no hicieron que Beba y Miguel perdieran de vista el lugar exacto donde se estacionó la carreta y asumieran la responsabilidad de mantenerlo en pie. Cumpliendo una promesa, hace largos años el matrimonio se ocupó de darle vida al entonces abandonado santuario. Mientras esperan contar con la ayuda de la Iglesia Católica y la presencia de algún sacerdote, estoicos, cada fin de semana, se instalan en el lugar prolijamente decorado con flores, ofrendas, rosarios y cartas de agradecimiento.

Hasta ese rincón de la localidad de Villa Rosa llegan fieles agradecidos, cumplidores de promesas y algunos turistas, atraídos por la curiosidad. Autos estacionados, pic nics y celebraciones sui-géneris, como la lectura de las intenciones colocadas por los visitantes, dan un colorido especial al lugar que eligió la Virgen para detener su paso.

 

 

 

La bóveda de Tibor Gordon, en el cementerio, un misterio que persiste.

 

 

 

El Gauchito Gil reúne multitudes cada 8 de enero en Villa Rosa.

 

 

 

El santuario “paralelo” de la Virgen de Luján, cerca del Lugar del Milagro.

 

 

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