Opinión: Noviazgos violentos
Cuando se da una charla frente a un grupo de adolescentes sobre los noviazgos violentos, es habitual que varios de ellos escuchen atentos y preocupados. Casi como si los padecieran o dudaran de si son víctimas de violencia, o si, de algún modo, la ejercen.
La violencia no se da sólo en parejas de adultos, los adolescentes también establecen vínculos violentos con su novio o novia. Los jóvenes reproducen los modelos aprendidos. Muchos crecen creyendo que el varón ejerce una especie de propiedad sobre la mujer y actúan en consecuencia.
Al comenzar los noviazgos -las edades oscilan entre los 12 y los 20 años- lo primero que se destaca son los celos. Pero no me refiero a una sutil escena donde sólo se verbaliza el enojo si el otro miró o conversó con tal o cual. Me refiero a escenas de “celotipia”, esto es, celos persecutorios hacia la mujer. El varón se transforma en una especie de detective privado de la vida de la mujer. Revisa su teléfono, los mails, investiga con quién sale, adónde va y cómo se viste. Si se puso tal o cual prenda, dirá: “si conmigo no la usás, ¿por qué te la ponés hoy?”. Comienza a impedir que su novia mantenga salidas con amigas, con el pretexto de que la necesita porque a él le pasa algo importante. Las escenas van siendo cada vez más graves. Se pasa luego a aislar a su novia del entorno más cercano. Si ella está con alguien, el estará a su lado “acompañándola”. Cada vez se reducirán más los espacios donde podrá estar sola sin su novio. La vida social de la adolescente quedará reducida a la familia y a los amigos de el.
En este tipo de vínculos, en el que comienzan a manifestarse actitudes posesivas del varón hacia su novia, es de gran importancia la presencia de los padres o cuidadores. Ellos, si están dispuestos, se darán cuenta de que algo no anda bien en la relación de su hija. Muchos padres se preguntan: “¿debo entrometerme en su relación? ¿Y si se enoja?” La respuesta, en estos casos, siempre es: Sí, y es necesario que el adulto esté presente.
Los adultos advertidos de estas conductas en la relación de noviazgo de sus hijas deben intervenir. Es la única forma de prevenir, educar, cuidar y proteger a los jóvenes. Tanto a varones como a mujeres, ya que cuando se detecta esta situación, el varón también podrá recibir un tratamiento adecuado para modificar su estilo vincular con una mujer.
Los vínculos violentos sólo se pueden detener con la intervención de los adultos en las primeras etapas de esos vínculos. Las adolescentes no pueden hacerlo solas, por varios motivos: el primero, que ellas, las jóvenes, con el tiempo llegan a justificar el comportamiento violento de su novio; ellas se van convenciendo de que él tiene razón. El segundo es que cada actitud o comentario de él no será develado a nadie del entorno. Sólo ella sabrá lo que él dice, tal vez se lo cuente a alguna amiga con la seguridad y haciéndole prometer que no lo hablará con nadie.
Cuando la joven comience a rebelarse contra tanto control por parte de su novio, es posible que éste se llene de ira, y esa ira será descargada en forma violenta contra la mujer. Comienza la etapa de los maltratos físicos: tirones del pelo, empujones que producen caídas, oprimir el cuello (ahorcamiento), patadas, trompadas, amenazas. La vida de la joven se transforma en un calvario.
Tal vez ella intente dejarlo, pero, en ese momento de la relación, no podrá hacerlo. Él está convencido de que ella es de su propiedad. La frase que se repite es: “si no sos mía, no serás de nadie”. Los desenlaces más trágicos terminan en la muerte de la mujer o el suicidio del varón.
Aprender a detectar los primeros indicios de la violencia de género en la adolescencia es una tarea preventiva y necesaria, que servirá a los jóvenes y adultos para que no haya más muertes evitables.
*Psicóloga-U.B.A.
andreajcarpaneto@gmail.com
