Percepciones

Percepciones

Por Esteban Eliaszevich

Editor El Viajero

 

 

Noté que en Colombia hay cantidad de cuerpos y rostros que lucen cirugías estéticas de lolas, bocas, párpados, narices y colas, consumados por cirujanos de manos maestras. Hay para todos los sexos y edades, y es un rasgo notorio.

También despertó mi curiosidad cuando llaman a alguien por su nombre: Sandra Patricia, Juan David, Jairo Andrés, Sileidi Johana o Eugenia Divina son algunos de los que apunté. Madres y padres clamaban por ellos en las playas de Taganga y El Rodadero.

Y esos nombres compuestos, de la manera en que suenan, cargan novelesca personalidad a quién lo porta.

En esos días felices observé ancianos, adultos, jóvenes y niños portando la camiseta de la Selección Argentina, y creo que debe ser la nación donde más se luce, después de la nuestra. Digo todo esto, porque me quedó la sensación de que allí muchos viven pendientes de lo externo, sufriendo cierto complejo de inferioridad.

Y cuando pensaba en su dificultad para valorar lo propio, la magia de Santa Marta se humanizó con quien me acompaña en la foto en uno de mis viajes por aquellas tierras: Carlos “El Pibe” Valderrama, ícono futbolístico de nuestro continente, y oriundo de este lugar.

Su presencia fue un regalo inolvidable que me traje, excluyendo el amigable litoral costero, y se suscitó en Taganga coronando un viaje perfecto.

Para los que no lo vieron, o no les gusta el fútbol, quiero decirles que se diferenció por su aspecto y un juego exquisito, fresco, alegre, sencillo, provisto de gambeta, pases cortos, cambios de frente, lujos, improvisación; en pocas palabras: un fuera de serie.

Conocido su talento, y su lugar natal, me quedó claro que durante su carrera, expresó la belleza de su tierra con los pies.

Se lo transmití, y agradecido por los conceptos, replicó, igual de rápido que lo hacía en la cancha, que los argentinos sabemos mucho de esa vaina de la pelota, y que valoraba los dichos sobre su persona, dando muestras de humildad, afecto y generosidad, lo cual realzó aún más a una figura de su talla.

Nos fundimos en un abrazo y su rubia cabellera ensortijada se perdió entre la respetuosa multitud que esperaba recibir un autógrafo, una foto, un beso o una sonrisa.

Mientras tanto se iba, reflexionaba sobre el fortuito encuentro -cosas que pasan cuando se viaja-, y pensaba que El Pibe Valderrama era fiel exponente de su lugar de origen: una genialiidad.  Como todos los lugares que me gusta compartir con ustedes en cada edición.

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