Por Víctor Koprivsek
La guerra y la paz
En La Quebrada de Humahuaca las nubes bajan hasta el suelo y los ríos acunan sueños. Vamos andando los caminos del silencio.
¿Cuánto pueden mirar los ojos y cuánto podemos guardar bien apretado en el pecho?
Días rotos adentro de las noches mientras vamos aprendiendo. Tiempo verde en la altura de la tierra. Cordillera de los ríos secos.
Acá el viento dice cosas y siembran en la acequia al costado del sendero. El cielo despejado entre las cumbres mientras a ras de tierra la flor del cardo germina para regalarte su misterio.
Nuestro país es tan hermoso. Tan bello.
Soy de un pueblo que no entrega su cansancio. Somos esos que venimos de apagar incendios.
Y con manos chamuscadas escribimos.
Acá en Pilar, hace 202 años, se firmó un Tratado y hace unos días se celebró ese hecho. Con tantos años de distancia, el encuentro resaltó la historia local y la identidad, e impulsó aquel intento de paz que el Preámbulo de la Constitución de 1853 menciona como “el primer pacto interprovincial que reconoce el sistema federal de gobierno y da origen a una importante reforma institucional en la historia argentina bajo el principio de la nacionalidad”. Y que puso fin a una guerra.
Guerra.
Una palabra fuerte ¿no? Nuestra propia guerra. La de la humanidad contra sí misma.
Ucrania es Hiroshima. Camerún es Sarajevo. Israel es Palestina. Siria es Armenia, la del genocidio. Ni hablar de África y sus conflictos bélicos activos.
Ayer, hoy y mañana. Y la televisión como el nuevo soporte técnico de lo que acontecerá. Como la nueva diplomacia que administra el momento en que el dedo va a apretar el gatillo.
EE.UU. contra Rusia, Rusia contra el mundo, un remolino que sacude el mapa pero que ya pasó antes y pasará después.
Humanidad en conflicto latente.
No en La Quebrada de Humahuaca, donde en febrero la tristeza de vuelve alegría. Tampoco en El Mollar ni en Tafí del Valle, donde las praderas de un verde brillante se llenan de ovejas y cabras cuando la tarde arrima la fresca y suenan guitarras en sus boliches.
Ni hablar de Santiago del Estero, Deán Funes, Traslasierra, donde los buenos días son el pan nuestro y la sonrisa un reflejo natural al cruzarnos.
Hay burbujas tóxicas donde los poderosos del mundo se la miden y dejan el tendal de muertos. Mientras, un pibe, Santi Maratea, junta cien palos por internet para comprar camiones autombombas y ayudar en los incendios de Corrientes.