Por Chino Méndez
Gallardo por un bostero
A mí me tocó ser bostero, por herencia familiar primero, después por soberana libertad. Escribo esta columna desde este lugar xeneixe, innegociable. Pero hoy ocurre que Marcelo Gallardo decidió dejar la dirección técnica de los primos gallinas y la verdad es que hasta los peces del Río de la Plata se han paralizado. Lo primero que hizo mi alma, azul y oro, fue suspirar. Como si llegara a mi vida de hincha el pitazo final de un partido que venía cuesta arriba. No voy a decir que festejé, pero tuve la sensación de un favorable cambio de ciclo histórico. Es que ese señor diminuto había logrado que en los clásicos, muchos hinchas de Boca estuviéramos pendientes, no sólo de enfrentar a River, sino que también nos desveláramos pensando con qué estrategia intentaría sorprender a los nuestros para derrotarnos.
Después de escuchar su despedida, todo se convirtió en admiración. Sí, admiro y reconozco a un contrario. Esto puede resultar extraño en un país al que grietas no le faltan, pero, lejos de vanagloriarme con mi conclusión, creo que sería absurdo no resaltar la grandeza de este rival que jamás tuvo miedo a ganar e ir por más. Ganó y perdió, pero rara vez se ha despegado de una caballerosidad que yo ensalzo. Insisto, esto no me hace menos bostero. River ha necesitado del mejor técnico de su historia para dejar atrás una página muy negra y hoy no me sale chicanear a mis amigos que se debaten entre la tristeza y la gratitud.
Los que sabemos un poquitito de fútbol entendemos que jugar bien no siempre significa lo mismo que jugar lindo. Lo verdaderamente lindo de este deporte es estar a la altura de las circunstancias para competir en el máximo nivel posible, y la versatilidad como estratega y la tenacidad de ir a buscar resultados de este hombre jamás dejó de sorprenderme. Porque es cierto que los de Núñez hacen gala de su paladar negro en cuanto al juego se refiere, pero éste no comía vidrio y siempre entendió que los centrales y el 5 tenían que raspar y que los carrileros debían correr como locos para recuperar la pelota y con esa premisa, todo dibujo táctico era posible. Nunca entendió un solo modo de ganar y jamás improvisó.
Es el final de una etapa inolvidable para el fútbol argentino, el mejor DT de la última década, el que más daño nos hizo a los de la Ribera, el que siempre nos obligó a ser mejores de lo que ya somos.
Catorce títulos, 42 jugadores de inferiores promovidos a primera. “Saber decir adiós es crecer” ¡Chau, Marcelo! Hasta la próxima puteada, hasta que la vida ruede como la pelota y te vuelvas a parar de frente y nos devuelvas el honor de ser nuestro rival.