Soy mano

General Rivas, croniquita apresurada

domingo, 8 de agosto de 2021 · 08:12


Por Graciela Labale 


Bastó un “¿vamos?”, un intercambio de WhatsApp con quien nos alquilaría una casita, un bolso con cuatro pilchas, libros, yerba con mate individual y por supuesto algunos vinitos, no sea cosa que al llegar tarde ya estuviera todo cerrado, para largarnos con responsabilidad y todos los protocolos, ya vacunados y con uno de nosotros más que inmunizado, porque también atravesó la enfermedad, para decidir que en una burbuja de amistad era momento de encontrarnos “después de un desencuentro no deseado”, al decir del Chino Méndez.

La búsqueda se inició días antes a través de la lectura, acostumbrada, de un grupo de Facebook muy interesante llamado algo así como Pueblos y Pueblitos de la Provincia de Buenos Aires sin siquiera pensar que esta vez uno de esos viajes imaginarios se haría realidad. Me encanta leer sobre esos lugares perdidos donde los habitantes no pasan los 500 y con una forma de vida tan diferente a la nuestra. Y a sólo 108 kilómetros del pago. Con escasa señal de celular, sin noticieros, ni bombardeo mediático, donde el tiempo “es tiempo sin tiempo”, llegamos después de disfrutar de un atardecer como hacía mucho no veía. Nos esperaba Omar llave en mano, una casa con el hogar prendido y toda la leña a disposición para no pasar nadita de frío. 

El fuego, la oscuridad de la noche y un silencio inacabable nos envolvieron por largo rato hasta que lo rompimos con un brindis de ojos humedecidos por ése y tantos otros momentos compartidos. Después llegaron las largas charlas, una rica comida, las confesiones de invierno, las risas atragantadas en tiempos de soledades pandémicas , sólo interrumpidos por la llegada del tren que es el mismo que para en Pilar camino a Junín.

Nos quedaban dos días más, días soleados y con esa brisa de libertad en naturaleza que tanta falta nos hacía. Varias recorridas por el pueblito, en búsqueda de bodegones y el inefable saludo de los vecinos que se esmeraban por hacernos sentir a cada paso mejor.

Un capítulo aparte los dueños de casa: Mariana y Omar un matrimonio jubilado que desde Sáenz Peña, habiendo sido parte de la revolución sandinista en Nicaragua, fueron a buscar un lugar donde pasar con distinta intensidad esta etapa de la vida. 

Desde  “Yerba Suelta”, su huerta orgánica y con proyectos socioculturales muy comprometidos, hicieron que nuestra estadía en Rivas tuviera un plus absolutamente interesante.

Sólo una palabra más “VOLVEREMOS”. No cabe ninguna duda.


 

Comentarios