Soy mano

Recordar: volver a pasar por el corazón

Por Graciela Labale
sábado, 8 de agosto de 2020 · 08:28

El texto que sigue, de 2017, fue publicado por entonces en esta columna y forma parte de la Antología del Taller de Escritura Creativa de IntegrArte Pilar, coordinado por la profe Palermo. Y hoy lo quiero recordar. ¿Por qué? Porque tuve el honor de que fuera elegido para formar parte de la antología “No + Violencia” de la editorial mendocina Equinoxio de la que participan personas de todas las provincias y otros países de Latinoamérica. Una violencia, la de Género, que en este tiempo de pandemia y cuarentena se ha visto incrementada de forma irracional. Vaya entonces esta repetición a modo de homenaje a cada una de esas mujeres víctimas de la violencia patriarcal. Justicia para ellas y prisión perpetua para los femicidas. 
*“La Debo y el Jhonny vivían a dos casillas de distancia. De esas en las que adentro, la lluvia es más lluvia y las goteras, como lágrimas ruidosas, caen y saltan en el fuentón de lata. Sólo la pestilencia de un pasillo de barro los separaba, tan cercanas eran sus casas, que podía oírse bien clarito el llanto del pibe hasta que se quedaba dormido, al recibir los tortazos de su padre cuando volvía borracho.
Fueron juntos a la escuela del barrio, muchas veces solo por la taza de cascarilla caliente. 
La Debo tenía un cuaderno impecable como su guardapolvo de apurado lavado diario para ir a clase de “punta en blanco” como decía la Rosa, su mamá. Le gustaba hacer las tareas en esa única mesa acostumbrada a todos los quehaceres, leer los cuentos con finales felices y pegar las figuritas de brillante en el álbum que con esfuerzo le habían comprado.
El Jhonny siempre llegaba tarde a clase, casi dormido, es que en su casa las noches eran interminables. La Seño renegaba mucho con él, a veces se sentía avergonzado si la reprimenda era mayor, otras se enojaba tanto, casi como su papá, y terminaba golpeando al que tenía al lado. Le costaba aprender, nunca pudo superar la tabla del 2 y leía como en la vida, confundiendo o evitando el orden de las letras.
Pasaron los años y la Primaria llegó a su fin para Debo; Jhonny la había dejado tiempo atrás cuando lo mandaron a rebuscárselas para la diaria, después que su padre cayera preso por acertarle una cuchillada fatal a un vecino en pleno superclásico con vino pendenciero.
Un día, mientras la piba, saltando charcos, apurada para trepar al único colectivo que la dejaba en la Secundaria, Jhonny volvía de gira, juntando la moneda, mientras su destino, de Paco y alcohol, estaba señalado. Nunca dejaron de saludarse y sonreír al paso pero ese día, zarpado de tanta noche se puso cargoso, pretendió robarle un beso y meterle mano en los pechos turgentes y quinceañeros que asomaban por la camisa escolar. La Debo era su temprana obsesión, la espiaba, la vigilaba, sabía todo de ella.
En un frío amanecer de invierno, de esos que no dan tregua, cuando el barrio aún dormía, el Jhonny llegaba con los ojos inyectados. Esa noche, había debutado con la tumbera heredada de su padre y para tomar coraje en tal absurdo, no dudó en meterse lo que fuera por la nariz. Llegaba con esas zapatillas que miró tantos meses en la vidriera. Esta vez sí la Debo se iba a fijar en él.
Pero fue una mañana distinta, a la Debo la vino a buscar un chaboncito, cara de gil de escuela. Los dos salieron con los libros bajo el brazo y ni se dieron cuenta que tambaleante, el pibe había entrado a las apuradas a esconderse, en uno de los rincones de esas construcciones arrinconadas.
-“Es mía o no es de nadie”-, pensó el Jhonny cuando disparaba la bala que atravesó el corazón de la piba y salía corriendo a acostarse en las vías.
-“Es mía o no es de nadie”-, repetía a los gritos hasta que el silbato del tren apagó para siempre su voz.”
*Texto: Los Arrinconados. Perdón por la poesía. Ediciones El Bodegón. 

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