Lo vi subirse al tren, apresurado como para no acortar la despedida, con su traje impecable, amorosamente planchado por doña Ema.
Vi su rostro estampado en la ventanilla, con lágrimas en los ojos pero henchido de orgullo.
Vi a su madre tomando una última foto, a su único hijo, con la vieja Kodak Fiesta.
Iba a defender a la Patria, repetía, iba a recuperar aquel lejano territorio que sólo conocía por la Srta. Irma, su maestra de toda la primaria en la escuelita rural del paraje Cazadores Correntinos a la que llegaba cada mañana mientras su mamá trabajaba en el campo. Ella se las hacía dibujar junto a la leyenda “Las Malvinas son argentinas”.
Junto a Darío, viajaba otro montón de muchachos clase 63, algunos de su Curuzú natal, otros vaya a saber de dónde.
Solamente lo preocupaba no tener el uniforme completo como le hubiera gustado, en el cuartel le dijeron que llevara sus zapatillas, no había presupuesto para borceguíes.
Y así partió de su tierra aquel hombre joven, casi niño, hacia el sur de todos los sures.
Una sola vez en meses, su mamá y los vecinos, que no la dejábamos sola ni un minuto, supimos algo de él a través de una cartita breve que alguien le hizo llegar:
“Estoy bien ma, quedate tranquila. Cuando puedas mandame un par de medias de lana de esas tan lindas que sabés tejer. Hace mucho frío acá. Te quiero.”
Después nunca más. A sangre y fuego se impuso el silencio oficial. Tiempo después, un monumento en la plaza de la ciudad recordaba a Darío y a todos los caídos. En su placa nunca faltaban las flores frescas del jardín de doña Ema.
Años, muchos años pasaron para el último acto. Una notificación con sellos oficiales llegaba a manos de su madre, en ella le informaban que unos restos mortales enterrados como soldado sin nombre en el cementerio de Darwin, pertenecían a su hijo. Buscó mi compañía para el duro viaje a Puerto Argentino. Ema encorvada por los años y la tristeza, apoyada en su bastón, enderezó su cuerpo, se plantó una escarapela en el pecho, tomó un rosario entre sus manos y el viejo retrato con la foto final. La llegada a las islas fue de emociones encontradas, dolor y paz a la vez. Al fin Ema sabría dónde estaba su hijo y tendría un lugar para llorarlo.
Ya en el cementerio, entre esas tumbas sin gloria, todo fue silencio y ritual. Llanto desconsolado, abrazada a la cruz, su cruz.
Antes de volver al avión para emprender el regreso, la esperaba un recorrido por el campo de batalla. Trincheras y objetos abandonados de una guerra tan cruel como desigual. De pronto un único rayo de luz iluminó una fosa, ahí en la profundidad más oscura, una solitaria zapatilla Flecha de un azul desteñido, la sorprendió. Sólo alcanzó a soltar un beso al viento helado, levantar un puñado de esa tierra que bebió la sangre de tantos y repetir como un mantra: Amén…Amén
Tumbas sin gloria
Por Graciela Labale
(Dedicado a María Martiarena que inspiró esta historia)