Heredé de mis viejos el deseo de vacacionar. Fuimos siempre una familia de laburantes sin los sobresaltos actuales que tienen que ver con la creciente desocupación, el miedo a perder el trabajo o con sueldos que no alcancen para pagar lo básico. Madre maestra y padre bancario, llegábamos a fin de mes no sin esfuerzo y por sobre todo teníamos una cobertura social tan fuerte que hacía que con el aguinaldo, pudiéramos ir a hoteles sindicales en lugares bonitos, con traslados en transporte público. Conocimos buena parte del país. No existían la prepagas ni nada por el estilo. Con el carnet solamente teníamos a mano salud de primera calidad y descanso anual asegurados.
Pero después vino el después. Vaciaron las obras sociales con la intención de ofrecer la medicina prepaga y que así se generara esa necesidad que, hoy por hoy, para muchos es imprescindible, y los hoteles sindicales se privatizaron. Chau salud, chau vacaciones económicas, chau a muchas cosas. En su lugar, la invasión del consumo indiscriminado y alienante de cientos de objetos: el último modelo de auto, de celular, de aparato de TV, de tantas cosas, en muchos casos inútiles, que para adquirirlas o sostenerlas se deba renunciar al placer, por ejemplo, de los muy buenos momentos compartidos. Aunque digamos que a nosotros, jubiladas y jubilados, ese consumo no nos alcanza ya que la lucha de cada día es llegar a cubrir lo básico para sobrevivir.
Una sociedad que como dice Noam Chomsky creó más consumidores que ciudadanos y bueno…
En medio de esto, el verano aparece inexorable y con él, y la costumbre de vacacionar resulta ser un deseo al que no me gusta renunciar. Pero este año, la cosa vino brava. Gastos que tienen que ver con el cuidado de la salud que debo cubrir de forma particular por la ineficiencia del PAMI, me habían hecho desistir y eso que soy una jubilada que se las rebusca laburando en lo que dé. Pero llegó una amiga querida, la Gautter, con una invitación: disfrutar de una semana junto al mar. Ni lerda ni perezosa, armé una valijita y allá fui sin saber muy bien a dónde iba. Fue una experiencia maravillosa, no sólo por la gente piola que conocí y con la que compartí unos días inusitados, sino por el sitio elegido. Balneario Marisol, me hizo acordar a aquellas vacaciones con mis viejos, en playas que en las décadas del 50/60 eran similares a éstas. Nada de infraestructura, nada de asfalto, por horas sin señal de celular ni wi-fi, sin shoppings ni corredores gastronómicos, sin cajeros, sin espectáculos organizados. Arena, mar, sol y el mejor espectáculo, ver el amanecer o el atardecer en la playa, algún fogón y el tiempo sin tiempo para mirar y mirarnos hacia adentro y hasta reflexionar hacia dónde queremos ir como sociedad.
Me quedé con lo de Chomsky: qué pretendemos ser… consumidores o ciudadanos?
Vacacionar
Por Graciela Labale